CUENTOS COMPLETOS

 LA NOCHE EN CHACHARRAMENDI.

Chaharramendi es un pueblo argentino muy pequeño de la provincia de la Pampa. Ahí fue donde paramos luego de un trayecto por una ruta muy oscura y en condiciones muy precarias. Durante el día había hecho mucho calor; más de 40 grados; durante esos días se incendiaban los campos, que estaban totalmente secos, bastaba una pequeña chispa para que todo comience a prenderse fuego; era como una película de cine catástrofe ver como el fuego avanzaba como si fueran olas gigantes de un mar mucho más rojo que el verdadero Mar rojo. El fuego llegaba a la ruta, por momento nuestro auto pasaba por fragmentos de ramas y cortezas de árboles que seguían prendidas y sobre la misma ruta. Era como estar en una pesadilla; no sabíamos que podía pasar más adelante porque solo se veía humo negro, mucha gente paraba sus autos y se bajaban para llamar desesperadamente por sus teléfonos celulares pidiendo auxilio; pero la señal no era nada buena. Nosotros seguimos como pudimos; creíamos que en algún momento íbamos a dejar el fuego atrás. Ya había empezado a caer el sol y luego del día de intenso calor se podían ver en el horizonte nubes cada vez más bajas, más densas y más negras. Esas mismas nubes negras se confundían con el humo negro; toda la atmosfera era muy rara; algo que nunca había visto; todo se veía como si fuera un cuadro surrealista. Ya habíamos superado los lugares que se estaban quemando. De repente comenzó la lluvia intensa; luego eran como baldazos de agua, uno tras otro, el limpiaparabrisas no daba abasto. Por suerte llegamos a una vieja estación de Servicio abandonada, que coincidía con la entrada al pueblo de Chacharramendi. En ese lugar comenzaba la famosa "Ruta del desierto", que era conocida porque a lo largo de sus casi trescientos kilómetros

tiene muy pocas curvas, ser muy monótona y por las pocas cosas diferentes que se pueden ver a los costados de todo su trayecto; esto hace que las personas que manejan sean presas de una especie de hipnosis, que hace que los conductores padezcan un aburrimiento visual tan grande, que muchos llegan a dormirse, con la consecuencia de un accidente, que a la velocidad con la que se maneja es muy probable que no sobrevivan. Por eso, se pueden ver a los costados de la ruta los curiosos carteles que con signos de exclamación dicen "NO SE DUERMA". Es así que antes de emprender esa ruta, y teniendo en cuenta la violenta tormenta, paramos en la entrada de ese pequeño pueblo. Algunos camioneros también se detienen a dormir en esa vieja estación de Servicios "fantasma", que el único servicio que ofrece es un lugar en dónde descansar antes de enfrentar esa ruta que conduce a la Patagonia, al sur del continente americano. Era un pueblo detenido en el tiempo, el silencio de la noche era impresionante, ni siquiera se podía escuchar "el silencio". Era la nada; habíamos pasado el calor extremo, el fuego, el aguacero. Y de repente se frenaba el mundo. La naturaleza ya no nos iba a enviar nada más que una pequeña brisa de verano. Mi amigo durmió en el auto; yo intenté, pero no pude. En mi cabeza todavía había imágenes de todo lo que había vivido ese día. Salí del auto y comencé a caminar por las pocas cuadras que formaban el pueblo. La última sorpresa de la noche fue ver que todas esas casas estaban totalmente destruidas; creí que estaba atrapado en un mal sueño, había huesos de seres humanos y animales esparcidos por el piso. Llegué a la pequeña plaza y solo había una niña hamacándose en una vieja hamaca, me acerque y le pregunte qué es lo que había pasado. Me miró con lástima y me dijo:

- Acá ya no queda nadie, todos ya no forman parte de este mundo, todos estamos muertos, y este es el lugar donde vienen los que se quedaron dormidos manejando por la ruta del desierto.

Ahí lo comprendí todo; nunca nos detuvimos a descansar en Chacharramendi.

EL DOBLE

Al Señor Octavio Alexis Rinogoberguer nunca le sucedía nada fuera de lo común, ese era uno de los pensamientos que lo atormentan al final del día, cuándo luego de acostarse y apagar su televisor, sin haberse enganchado con ningún programa, cerraba los ojos para intentar dormirse, antes de que esos pensamientos se apoderaran de su mente y lo mantengan en vigilia por un buen rato. En realidad, lo suyo era mas grave aún, hacía tiempo que creía que nunca le había sucedido nada importante en su vida; algunas veces, los días más optimistas, se consolaba pensando que sí le sucedían cosas importantes, si contaba el hecho de haber nacido, ya que se justificaba: "uno no anda naciendo todos los días", y también un día moriría, aunque en ese momento volvía a su pesimismo habitual, ya que si bien ese podía ser un hecho importante en su vida, ya no iba a estar presente como para tenerlo en cuenta. Luego de haber pasado su peor noche, y pensando que no solo nunca le pasaba nada importante y que peor que eso, nunca le sucedería; se resignó a su realidad, y salió rumbo a su trabajo, donde se desempeñaba como redactor de los avisos fúnebres, quizás el trabajo menos creativo que alguien realizaba en un periódico. Llegó temprano, había salido antes, ya que en su casa comenzó a sentir el vacío, necesitaba por lo menos ver gente moverse, escuchar

alguna conversación ajena cualquiera, algo que lo saque de sus pensamientos. No tenía familia, ni amigos, solo algunos conocidos, los cuales siempre se acercaban a él cuándo necesitaban algo. Así y todo por momentos pensaba que por lo menos alguien puede necesitar algo de él, con lo cual su vida no resultaba ser totalmente insignificante. A punto de salir sonó su teléfono, cuándo sucede esto, por un instante siente la emoción de que algo pueda llegar a cambiar en su rutina, quizás alguna amiga de cuándo era joven que le pidió el contacto a algún conocido en común, o algún familiar lejano que no conoce y lo llamaba para decirle que se había enterado que eran parientes y quería conocerlo, o del trabajo para decirle que tenía una reunión con su jefe, lo que podía significar que la pasaban a algún otro sector o quizás a la filial de algún otro lugar de la ciudad o del país, con la posible consecuencia de conocer gente nueva, y hasta algún amor. Pero no...cuándo atendió, una voz grabada, muy amable lo llamaban para contarle la propuesta de un partido político para la próxima elección. Cuando llego a su trabajo, fue directo a su escritorio y comenzó su trabajo. Leyó el informe del primer aviso que debía redactar y se comenzó a temblar, sentir palpitaciones, sudar frio, casi pierde el conocimiento; el informe pertenecía al deceso del Octavio Alexis Rinogoberguer, vio su mismo nombre y como si fuera poco, la misma fecha de nacimiento de él. Quedo unos instantes perplejos, no tenía reacción. Fue al velatorio, vio una cantidad muy grande personas, gente de varios países y hasta cámaras de televisión. Fue directamente a verlo, no supo distinguir si se le parecía o no. Quizás si se reconoció en la nula expresión de su cara, era la misma que veía todos los días en su espejo. Luego fue acercándose a los pequeños grupos de personas que dialogaban entre sí, no se preocupaba por llamar la atención ya que eso no le pasaba nunca. Escucho los siguientes comentarios

referidos al difunto: - Fue un gran padre de cinco hijos, su esposa lo amaba y lo admiraba -Era un ganador en todo lo que emprendía y siempre se lo veía feliz, hacía sentir bien a los que lo rodeaban y todos querían acercarse a él. - Viajó por todo el mundo, vivió aventuras de todo tipo, su vida fue emociante hasta su último minuto. Octavio, el vivo, se fue a su casa, tomo una pastilla y durmió 12 horas seguidas. Al otro día se levantó con una energía que desconocía, con entusiasmo, se miró al espejo y admiró su cara. Sonó su teléfono; era un mensaje de una compañera del secundario de la que más le gustaba; le decía que había conseguido su contacto y que quería saber de él. Salió a la calle con alegría, desayunó en un bar y entabló conversación con otras personas. Cuando llegó al trabajo le dijeron que se presente al director porque quería hablar con él. Le propusieron acompañar a un grupo de periodistas a otro país para realizar una investigación. Cuando salió de la oficina del director, estaba seguro de que no era ninguna casualidad, simplemente todo lo bueno de acá en mas lo iba a recibir él. Ya no tenía competencia.

LA GRAN PIEDRA

Haber dejado todo para emprender esta travesía fue la mejor decisión. Ya no era útil seguir corriendo detrás de objetivos tan mundanos y burgueses. Mis hijos me entendieron, es decir, lo aceptaron; no se si me dieron la razón, o simplemente sintieron lástima por mí, y no opusieron resistencia. Es verdad que ya no me

necesitan, al contrario, a medida que pasa el tiempo, soy yo el necesita mas de ellos.

Los primeros kilómetros por el estrecho sendero los disfruté de sobremanera; el cielo claro, el aire n que se iba tornando cada vez mas fresco y ese sonido que iba desde el profundo silencio hasta los mas sorprendentes sonidos que produce la naturaleza. Seguí caminando y vi venir a un lugareño que bajaba, seguramente era alguien que vivía en alguna de las pocas casas que hay en la montaña y se dirigía a trabajar o hacer alguna compra al pueblo; podría estar yendo o viniendo de muchos lugares, y con algún otro fín del que yo me aventuraba a suponer, pero como hombre de ciudad y moderno, con una mente inquieta y ansiosa que siempre necesita de respuestas rápidas, traté de resolver por mi mismo el porqué de su presencia en el sendero de la montaña. Y también como buen ejemplo de habitante de ciudad, no pude resistir la tentación de preguntarle, una vez que se cruzaba conmigo; si faltaba mucho por llegar a la Gran Piedra:

- ¿La gran piedra? – me preguntó como sorprendido, y luego de un instante de silencio continuó- en realidad no se sabe bien en dónde está esa Gran Piedra de las que todos hablan, dicen que de aca son unos quince quilómetros, pero ya muchos como usted intentaron llegar, y todos volvieron sin haberla visto.

- Pero existe esa Gran Piedra, yo lo he visto en muchos libros y fotos; según lo que dicen esa Gran Piedra es el lugar en dónde uno entiende muchas de las cosas que no puede llegar a comprender a lo largo de toda la vida.

- Si….. -el lugareño me miró con pena- si ustedes creen eso….

Lo saludé y continué caminando, a lo largo del camino mis pensamientos fueron calmándose, ya dejaban de atormentarme, simplemente venían y se iban sin dejar ninguna preocupación. Es verdad que me sentía mas cansado, pero solo era

cansancio físico; mentalmente mi energía iba inversamente proporcional a la fatiga física. No me preocupaba que ya hayan pasado mas de quince quilómetros y que no pueda llegar a ver la Gran Piedra. Por las imágenes que pude ver en fotos, era imposible no reconocerla. Vi bajar un niño con un burro; cuándo me encontré con el estuve a punto de preguntarle cuanto me faltaba para encontrarla, pero solo lo saludé y le sonreí. Ya no me molestaba que haya caminado tanto y no poder llegar a ella. Mi mente, que siempre fue mi principal enemiga y no hizo otra cosa que hostigarme durante toda la vida, estaba tranquila. Me ayudaba en mi caminata; me dejaba disfrutar del paisaje sin interrumpirme con sus planteos, sus miedos y esa culpa que siempre me hacía sentir.

Me detuve en un arroyo y me acordé que en mi mochila llevaba un sanguche, todavía tenía agua fresca en el termo; me senté en una piedra al lado del agua y solo me dedique a disfrutar de mi alimento. No me dí cuenta; a unos pocos metros había otro hombre, parecido a mi; sin duda no era un habitante de estas tierras; me miró y me sonrió. Me preguntaba que andaba haciendo por acá. Le conté que había dejado la ciudad, que no tenía ninguna intención de volver; ya me había jubilado de mi trabajo y mis hijos ya eran grandes; le conte muchas de las cosas que hicieron que haya dejado todo atrás. El hombre entendió todo y me dijo:

- No se preocupe por la Gran Piedra; en algún lugar debe estar; yo también vine en su búsqueda pero nunca la pude ver. De todas formas los dos ya la encontramos, ahora solo hay que dejarla, es todo lo que necesitamos para poder llegar libres al final del camino.

LA PROXIMA VIDA

Alejandro se levantaba metódicamente todos los días a las 8:15 horas, sin la necesidad de que suene su alarma a las 8:30, como la tenía programada. No dormía nunca mas de 6 horas, y dentro de ese lapso tampoco superaba las dos hora seguidas de sueño, o sea que indefectiblemente se despertaba por lo menos 3 veces durante la noche y aprovechaba para tomar agua, ir a orinar y prender la radio que estaba sobre su mesa de luz, solo para escuchar si había alguna noticia que lo sorprenda; luego la apagaba y trataba de seguir su sueño. Algunas veces no lograba volver a dormirse, entonces recurría a varias opciones, prender el velador y comenzar a leer alguno de sus libros, tenía varios libros empezados, salvo se haya interesado de una forma muy particular por alguno de ellos, iba alternando cualquiera de ellos, según la voluntad de lectura que tenga en ese momento. Otra opción era ver algo en televisión, pero para eso debía levantarse y dirigirse al living; no tenía ganas de realizar ese movimiento. Se sentía cansado, y hasta tenía sueños, pero lo que no tenía, aunque parezca contradictorio, eran ganas de dormir. Eso le venía pasando hace muchos años; consideraba el “dormir” como algo necesario, algo que debía realizar por una cuestión de supervivencia, como el comer y beber, pero no como algo que le sea placentero. Nunca tenía ganas de dormir; pero si se sentía cansado y hasta con sueño; lo que no podía aceptar era la idea de esa interrupción en el quehacer cotidiano. Es que tenía muy claro que el tiempo era un recurso limitado y cada vez mas escaso; dormir era malgastar ese recurso. Se decido por ver los mail, no estaba con la concentración necesaria para un libro. Abrió el que más le llamó su atención. El asunto decía: Reprogramacion. En el cuerpo del mensaje de leía lo siguiente:

"Estimado Alejandro: Nos ponemos en contacto con usted para informarle que debido a problema en nuestra logística nos vemos obligados a reprogramar su fecha de Fallecimiento para el día 30 de Junio de 2030. Esperamos que este inconveniente lo afecte lo menos posible, le pedimos disculpas por esta situación y estamos a su disposición para cualquier consulta que nos quiera realizar".

El mail no estaba suscrito por ningún nombre y apellido, al pie del mensaje, y como emisor figuraba: Dirección General de Defuncion

Alejandro volvió a leer el mail, se detuvo en la fecha, decía claramente 30 de junio de 2030, era exactamente 1 año más tarde de la fecha que habían acordado. Empezó a contestar el mail, pero no llegaba a completar la primer oración, no encontraba la forma adecuada de responder, primero le pareció muy agresivo, después muy pasivo, luego confuso, entonces cerró la computadora y decidió dejar la respuesta para cuando tenga más claro que es lo que tenia que responder.

Ya no podría seguir durmiendo, la noticia lo había impactado; se levanto para desayunar; puso la radio para escuchar algunas noticias, pero no podía retener ninguna información.

Se puso a mirar su agenda, tenía varios compromisos en la semana que comenzaba, consultas medicas, a las que iba para poder conseguir la medicación que le calmaban todos los dolores que fue acumulando a lo largo de sus 69 años, alguna reunión con los ex compañeros de trabajo, algún evento de cine o música que había agendado para ir a ver, aunque de estos eran muy pocos los que finalmente acudía. Y otra vez lo asalto esa melancolía y las pocas ganas de hacer cosas, por un instante se puso ansioso, volvió a abrir su computadora y se decidió a contestar el mail.

“Estimados: Ante el mail enviado por ustedes en donde se me anuncia que se reprograma mi fecha de fallecimiento, me veo en la obligación de informarles que esa decisión, me afecta y me perjudica de tal forma que no es posible que la pueda aceptar. He iniciado los tramites y procedido según las instrucciones y cumpliendo con los requisitos y plazos que ustedes me indicaron. Asimismo he planificado todo lo que resta de mi permanencia en esta vida teniendo en cuenta la fecha que habíamos convenido, por lo tanto solicito revean mi situación, y cumplan con lo que se lo que se había acordado. Atte. Alejandro Beltran”.

Quedó conforme y mas tranquilo con lo que había escrito, se sentía un poco mas liviano; por lo menos había podido expresar algo que lo había afectado. Hasta ayer anoche, su vida estaba bien, es decir, en ese fluctuar de estados en que cualquier ser humano se encuentra todo el tiempo; y en dónde por momentos las cosas parecen estar equilibradas; a las 23 horas del día de ayer; ese era el estado en que se encontraba la realidad de Alejandro. Equilibrio, tranquilidad, sensación de que todo estaba mas o menos bajo cierto control. Aunque la realidad mas objetiva nos demuestre todo el tiempo de la falsa ilusión que es lo que se llamamos “bajo control”. Alejandro, era consciente de que toda su vida quizo, en vano, tener el control de su vida, y pasaba momentos de mucha angustia cuándo caía en la cuenta de la imposibilidad de aquella misión. Es que tarde o temprano, siempre acababa por darse cuenta que ese control no solo dependía de sus acciones, sino de todos los seres que circundaban su vida, y los que no también. Todas las circunstancias, ya sean cercanas o alejadas a su ser podían de alguna manera influir sobre las cosas que le pasaban a él. Muchas veces en medio de algún dilema de los que se planteaba acerca de alguno de sus problemas terrenales; y del que trataba de resolver; para poder sentirse liberado de la

cuestión, se le venía el siguiente de pensamiento; “en este mismo instante la tierra por algún fenómeno físico, cósmico, podría detenerse de golpe, sin ningún tipo de aviso previo; con las consecuencias que todos sabemos acerca de lo que nos pasaría a todos los seres humanos si ellos llegara a pasar; también podría impactar un meteorito de esos tantos que andan dando vueltas sin control alguno por el universo; o los mares podrían revelarse y comenzar a inundar toda la esfera terrestre para que el mundo vuelva a ser solo una gran masa de agua; y yo tratando aquí de resolver mi insignificante problema”.

Pasó la mañana resolviendo algunos asuntos financieros, realizando operaciones desde su ordenador, y se dio cuenta que no tenia comida en su refrigerar para preparar para ese día; entonces se vistió y salió a la calle, si bien ya quedaban pocos locales que vendían sus productos en directamente a los consumidores que se acercaban, el prefería esa forma de comprar la mercadería; tener que ir, lo obligaba a salir y caminar algunas cuadras, podía intercambiar algunas palabras con los vendedores y no tenía que estar esperando que le trajeran lo que compraba a su domicilio. Salió de su casa y escucho que desde el piso de arriba también estaba saliendo uno de sus vecinos; también escucho que su vecino había empezado a caminar y detuvo su marcha, seguramente porque también escuchó la puerta de Alejandro; ya era una costumbre, que todos los vecinos se evitaban, entonces cuándo coincidían en la salida de sus departamentos, alguno de detenía y esperaba que el otro se adelante y salga del edificio para no tener que cruzarse, no era cuestión de llevarse mal; en los tiempo modernos se considera una molestia tener que estar saludando e intercambiando alguna palabra con alguien que no forma parte del circulo íntimo personal. Alejandro ya se había resignado a la indiferencia de sus vecinos.

Cuándo llegó a la esquina se encontró con la única persona que siempre estaba dispuesta a intercambiar algún tipo de diálogo, quizás por aburrimiento o tal vez para hacer catarsis sobre los vecinos del edificio en el que trabajaba, era uno de los últimos encargados de edificios que aún quedaban en la ciudad. Se llamaba Fermín, y a Alejandro le caía muy bien, desde que lo conoció, le tenía un poco de pena, un poco por la vida que llevaba y otro tanto porque su nombre era el del personaje del disco de su músico predilecto, aquel hombre triste, que como decía la canción, pronto ha de morir en el hospicio.

-Buen día Alejandro, - se adelantó a saludar Fermín, ya que el otro venía absorto en sus pensamientos

-Hola Fermín, no tan buen día….ya empezamos mal….

- ¿Que pasó? Déjame las quejas para mi….vos ya estas retirado de los problemas; la gente de acá si que tiene problemas, problemitas diría yo, pero todos recaen en mí, el agua que pierde por todos lados, los bichos, los cortes de luz, todos se quejan de todos y hasta les tengo que hacer de psicólogos, después me entero que en las reuniones de consorcio de consorcio de quejan de mi salario.

- me postergaron la fecha, ya tenia todo resuelto, tenia calculado el tiempo justo para dejar todo en orden; a partir de hoy solo quedaban 6 meses, y esta mañana me llegó un mail diciendo que por algún problema el chip que me insertaron se activaría un año mas tarde; o sea que mi último dia seria el 30 de junio de 2030.

- ¿Pero todavía seguis con eso?, yo creí que era uno de tus ataques de pesimismo y que se te iba a pasar, no me dijiste. Alejandro lo silencio y se le acerco: - shh, habla bajo que no lo sabe nadie, ¿no te había dicho?, hace como un año que firme fui uno de los primeros desde que se aprobó; pero no tiene nada

que ver con el pesimismo, yo estoy bien, pero cada vez mas lejos de todo, ya no entiendo a las nuevas generaciones, ni ellos me entienden a mi, y tampoco tengo ganas de entenderlos; no tengo familia, solo unos pocos amigos, como vos; no quiero hacer nada violento, quiero ir tranquilo al lugar que me indiquen y que hagan lo que tengan que hacer para poder irme en paz y sin dolor; es una forma prolija y legal de suicidarse.

- Pero no entiendo -replicaba el portero, mientras con su escoba barría algo que solo el veía-, ¿como podes ser tan frío como para poder vivir tranquilamente y hacer las cosas todos los días, no se, hacer las compras, cocinar, pagar los impuestos, ver una serie en televisión, un partido, sabiendo en un año vas a un lugar y dejas el mundo para siempre?

Alejandro lo miró con una mueca entre pena y risa, no sabía si contestarle honestamente, previendo el efecto doloroso que podía causar la respuesta en su amigo, o simplemente salir del paso con alguna respuesta fácil para terminar la conversación. Pero prefirió la verdad, quizás porque el mismo necesitaba escuchar de su propia boca la sentencia a tal cuestionamiento.

- Pero si es es solo cuestión de tiempo, la única diferencia es que yo se que va a ser exactamente en un año; bueno, ahora no se con esto que me acaban de anunciar, pero ya lo voy a arreglar. En tu caso y el de los demás, también esta el fin, y sin embargo hacen las cosas como si fueran eternos, es solo distraerse y tratar de no pensar en el sentido de la existencia; entonces nos llenamos la cabeza de ideas, conceptos, planes y sobre todo problemas y preocupaciones, asi no tenemos que pensar en la finitud de nuestras vidas; sino seria desesperante; no nos permitiría continuar.

El portero se quedó pensativo, paralizado, por un momento fue como si le hubieran dado la peor noticia de su vida, Alejandro se dio cuenta, entonces se le acercó y le habló en forma confidencial:

- Ademas, te voy a hacer una confesión pero me tenes que prometer que no se lo vas a decir a nadie; sino van a pensar que estoy loco; es algo que yo creo, tengo fe, una teoría que fui desarrollando; en realidad no existe el fin. No morimos nunca; es decir, nuestros cuerpos si mueren; no asi nuestra consciencia; esta es una energía muy fuerte, y como no es materia no hay forma de que se degrade, como los órganos; me seguis?

El portero se apoyaba sus dos manos cada vez mas fuertes sobre la punta de su escoba, miraba a Alejandro desde abajo hacia arriba, no solo porque era mas bajo, además tenia la sensación de que le estaba hablando un ser superior; estaba profundamente compenetrado en el discurso; no estaba cómodo, pero tampoco quería salir de ese lugar, se le estaba revelando algo que creía muy importante y valía la pena pasar ese momento incómodo.

– si si, te entiendo, continúa que se está poniendo bueno

- Bueno, el tema es que lo que llamamos consciencia es una energía, y esa energía, desde la religión algunos la llaman alma; lo que sea que no se ve, pero está, es propio de cada uno; hace que por ejemplo vos seas vos y yo sea yo. Entonces el corazón se para, el cuerpo deja de funcionar, ¿y esa energía a donde va?.

Se quedan en silencio, Alejandro lo mira fijo al portero esperando una respuesta de él, entonce éste piensa un instante y le contesta:

- No se, al cielo, o al infierno…

- Si, ese es el cuento de siempre, pero yo creo que queda por acá, por donde estamos; que esa consciencia, o alma, va a parar a otro cuerpo, pero reseteada, sin memoria, el tema es a que cuerpo; y claro, si todos los demas cuerpos ya están ocupados con sus respectivas consciencias, entonces tienen que buscar un cuerpo que no tenga ninguna; ¿y cuales serían esos cuerpos sin consciencia?.

- Los perros…. -dijo timidamente el hombre de la escoba.

- No! Humanos!, niños que recién nacen: ellos son los que vienen con sus cuerpos pero sin ninguna consciencia; entonces el mecanismo sería el siguiente: Si esa energía no puede morir una vez que muere el cuerpo; esta se desprende de ese cuerpo y va a parar al primer cuerpo que encuentra desocupado; ¿Cuál seria ese?, el primer bebe que nace apenas muere una persona; por ejemplo, yo me muero aca; ahora, en este preciso momento, y mi energía consciente va a ir al primer niño que nazca, apenas mi cuerpo deje de funcionar. Entonces mi vida es constante, no se detiene nunca; claro, sin memoria, yo no se quien fui antes de nacer, ni tampoco voy a saber cuando este en mi proximo cuerpo quien era, sin embargo, sigo siendo yo, seria algo asi como perder la memoria de un instante a otro.

Fermin respetaba mucho a Alejandro; se hubiera reido de cualquier otra persona que le confiese esa teoría de reencarnación; en vez de eso, solo le contestó que sería algo muy bueno si esa revelación era cierta; y como para romper ese clima de seriedad en el que habían quedado se animó a decirle:

- Solo espero que el ser en el que me convierta en mi próxima vida, tenga un trabajo mas tranquilo que el de ser el empelado de 45 dueños de estos departamentos.

Alejandro festejó la ocurrencia, lo saludó y siguió su camino, al doblar en la esquina se encontró con un Victor, era un vendedor de camperas de cueros, con el que hablaba cada vez que se encontraban. Las conversaciones siempre eran acerca de las penurias que este mercader le contaba sobre la mala y enfermiza relación que sufría con su pareja.

Como siempre lo encontro con cara de preocupado, y los ojos desorbitados, siempre parecia estar buscando alguna explicación; y seguramente nunca lograba encontrar esa respuesta; sus problemas de pareja eran un hábito en su vida. Alejandro lo sorprendió con un saludo alegre y entusiasta; como para aniamarlo a alguna conversación.

- Siempre con esa cara, y no me digas que es por las pocas camperas de cuero que se venden

- lo de siempre Alejandro - se produjo un silencio y Victor, con un poco de verguenza lo puso al día- está cada dia mas loca, ahora tambien me pide que tenga el gps del celular prendido para que ella sepa siempre donde estoy; ademas me lo revisa; yo a veces no borro mensajes; la útima vez me escribió una clienta, quería que le muestre algunas carteras, no sabes la escena que me hizo, se puso loca, la tuve qque frenar porque me empezó a pegar, pero como te decia, capaz que con esto nuevo ahora empieza a cambiar; y yo la tengo que aguantar, ahora si me tiene enganchando; ahora ya lo puedo decir, ella quería esperar a los trres mese para anunciarlo, decía que mucha gente le tiene envidia y que le iban a tirar toda la mala energía para que lo pierda; pero ya está, y ahora sos el primero que se lo cuento; en seis meses vamos a tener un hijo, espero que cambien las cosas; porque yo la quiero; ella en el fondo no es mala; lo que pasa es que la pasó mal en

la infancia; pero viste que dicen que los chicos vienen con un pan abajo del brazo; bueno quizas venga con algo de paz también.

Alejandro se quedó sin saber que decir, le costaba tener que decir palabras de felicitaciones y aliento, no las sentía. Era uno de esos momentos en donde uno no sabía si debía actuar con la necesaria hipocrecía convencional, o ser honesto, realista y decir lo que pensaba, aunque no se sabia bien como le iba a caer a la otra persona. Pero todos esos pensamientos se diluyeron en otro pensamiento que lo podría llegar a afectar a él mismo. Solo le salió hacerle una pregunta neutra, un mero dato del que podría cambiar el desenlace de su propia existencia y de su fututo.

-o sea que en seis meses nacería tu hijo?, seis meses aproximadamte a a partir de hoy? ¿que fecha sería probable?

- Si, justamente hoy faltarian seis meses, segun la fecha que nos dieron; pero no me vas a felicitar? quien te dice; en una de esas las cosas mejoran....

Alejandro se disculpo y le de deseo suerte; le dijo que si tenía pensado viajar, asi que quizas por un tiempo no se vuelvan a ver. Luego se apuró a llegar a su casa; lo primero que hizo fue prender su computadora; se sentó y volvió a escribir el mail:

"Estimados; les pido que desestimen el mail anterior; lo he pensado mejor y acepto la reprogramación de mi fecha de fallecimiento. Los saludo atentamente"

Cerró la computadora, se sintió aliviado y se fue a recostar para comenzar la lectura de una nueva novela.

LA CASA DE LAS HABITACIONES INFINITAS

Hacía poco tiempo que habitaba en aquel viejo caserón. Antes ocupaba un departamento pequeño que alquilaba en el centro de la ciudad. Un alquiler informal, y al no tener ningún tipo de contrato, tuve que dejarlo de manera inesperada, ya que el dueño tenía que pagar una deuda importante y necesitaba venderlo de manera urgente.

No tenía adonde ir a vivir; un amigo al que le conté mi situación, me ofreció ir a habitar aquella casa; la había heredado de sus padres, ya fallecidos. Su intención era venderla, pero como la casa estaba en muy mal estado, antes de ponerla a la venta debía refaccionarla para poder venderla bien; pero mi amigo no podía afrontar esos gastos en lo inmediato; es por eso que me permitió que viva ahí, haciéndome cargo de los gastos de los impuestos y servicios, hasta que consiga alquilar en otro lugar.

Cuando entre por primera vez tuve la impresión de que ya había estado en esa casa; como si la hubiese soñado, o como si fuese un dejavú, a medida que la descubría, la sensación era de haberla visto antes, con la misma disposición de los muebles y de los objetos que la ocupaban.

La entrada era un pequeño jardín, con la puerta de hierro en el medio, y una verja a los laterales; el piso cubierto de pasto seco y algunas masetas, muy descuidadas; un pequeño caminito empedrado llegaba hasta puerta doble de madera, que era la entrada al interior de la casa.

Los muebles eran antiguos, techos altos con arañas grandes, sin embargo la iluminación era tenue; llegué a la casa cuando ya anochecía, y a la mañana siguiente iba a saber con certeza como se vería con la luz del sol.

No llevé mis muebles, el dueño del departamento que alquilaba me permitió dejarlos ahí por algún tiempo, pero no mucho ya que le convenía mostrarlo vacío; asi que mi idea era vender algunos, y de a poco ir trayendo otros a esta casa.

Esa noche estaba muy cansado, durante el día había hecho muchas cosas, además había caminado bastante llevando una mochila y un bolso grande con la ropa y las cosas que necesitaba tener conmigo en lo inmediato.

La casa tenía una cocina grande, un living comedor y tres habitaciones, al menos son las que llegué a ver el día que llegué; al poco tiempo me di cuenta que me faltaban muchas cosas por descubrir.

Comí algo y me senté en un cómodo sillón de un solo cuerpo; uno de esos con respaldo alto, apoyabrazos esponjosos y en dónde uno se siente contenido y a salvo del mundo; no tenía ganas de ordenar la ropa ni de sacar las cosas de los bolsos. Todo era silencio; ya avanzaba la noche y lo único que se escuchaba era el tic-tac de un reloj de pared. Detuve mi mirada en un mueble lleno de libros; decidí levantarme para ver sus títulos; tomé uno cuya portada decía “Cuentos sobre el espacio infinito” me acomodé nuevamente en el sillón; dejé encendida solo la lámpara del velador de pie, de esta manera, toda la luz se concentraba en las hojas del libro y de mis manos; leí un rato hasta quedarme dormido con el libro abierto sobre mis rodillas.

Me desperté en medio de la noche y tarde un instante en darme cuenta en que lugar estaba. Miré mi reloj y solo habían pasado dos horas, sin embargo me pareció que había estado dormido mucho mas tiempo. Todavía no había amanecido, fui a la cocina y puse a calentar la pava, ya sabía que no me volvería a

dormir, así que decidí recorrer mas la casa mientras tomaba mate. La primera habitación a la que entré tenía muebles muy viejos y las paredes llenas de cuadros. Los motivos de los cuadros eran salones decorados; cada uno de ellos presentaba un estilo diferente, algunos oscuros y otros muy iluminados; seguramente habían sido lugares reales que algún artista los pintó de manera exacta, como si fueran fotografías. Otra de las habitaciones era un dormitorio, muy pocas cosas allí dentro; una cama muy grande y alta, dos mesas de luz, un espejo horizontal de pared y un escritorio pequeño con una máquina de escribir sobre ella. Frente al escritorio, una silla que parecía muy confortable, como invitando a cualquier persona que pasara frente a ella a sentarse a escribir en esa vieja máquina. La tercer habitación estaba llena de libros, ubicados en diferentes muebles, algunos instrumentos musicales, atriles con sus partituras apoyadas, algunos sillones antiguos, algunas lámparas de pie, y en el techo una grana araña con muchas luces, era sin duda el lugar mas luminoso de la casa. Todo estaba muy pulcro, ordenado y en muy buen estado; esto me sorprendió, ya que según mi amigo hacía mucho tiempo que nadie habitaba la casa. Sin embargo se notaba el deterioro de las paredes, los pisos y los techos. Me entretuve mirando las tapas de los libros; había de todos los géneros y épocas, estaban ubicados de forma aleatoria. Al lado de un clásico de literatura inglesa se podía encontrar un libro de historia de la Revolución Francesa, y a su lado alguno de cuentos tradicionales rusos. Muchos de ellos tenían sus páginas amarillas y ese aroma a libro viejo tan particular y tentador para mi olfato. Me quedé un rato entre los libros, algunos de ellos con contenidos muy desconocidos para mí.

Ya empezaba a salir el sol y me di cuenta que necesitaba desayunar y prepararme para ir a mi trabajo. Tenía un libro entre mis manos, cuándo intenté dejarlo en su

lugar cayó detrás del mueble; a correr ese mueble para recuperar el libro que había caído en el piso quedé asombrado al descubrir una puerta oculta detrás de la biblioteca; la intenté abrir pero estaba cerrada con llave, mire en los estantes para para ver si había alguna llave pero no hallé ninguna.

Decidí dejar todo como estaba y esperar hasta volver del trabajo para buscar la llave y ver hacia dónde conducía esa puerta escondida detrás del mueble.

En la oficina me costó concentrarme en las tareas diarias, pensaba en esa puerta; ¿porqué quedó detrás de un mueble?, pensé en llamar a mi amigo y preguntarle, pero temí incomodarlo, además si la puerta estaba cerrada, sería para que nadie pase, y yo no necesitaba acceder a ese misterioso lugar.

Sin embargo estaba ansioso, solo quería que pase la hora para llegar a la casa y descubrir que había detrás de ella.

A las 18 en punto salí de la oficina, ese día mis compañeros me habían propuesto ir por unos trago, pero yo puse cualquier excusa y me despedí de ellos. Cuándo llegué fui directamente a la última habitación, que después descubriría que estaba lejos de ser la última; puse la mano en el picaporte y la intenté abrir sin llave; me llevé una gran sorpresa al ver que la puerta se abría; estaba muy seguro que por la mañana estaba cerrada con llave. Lo primero que pensé fue en la posibilidad que haya entrado alguien, conocedor de la casa y con llaves para acceder. Al ver lo que había dentro de la habitación ese pensamiento se fue de mi mente; no dejaba de sorprenderme lo que veía. En la pared del fondo había una gran pantalla de cine, varios sillones frente a ella, y sobre una mesa alta un proyector de cine. Las paredes de los costados estaban repletas de latas con rollos de películas. Comencé a mirar las etiquetas en esos rollos; había de todo; neorealismo italiano, novel

vagué, expresionismo alemán; películas de todos los países y de todos los tiempos.

El proyector tenía una película cargada y lista para reproducir; me acerque y

lo encendí. Las imágenes que comenzaron a verse en la pantalla, eran de una casa deshabitada, cámara de desplazaba por toda la casa como una toma subjetiva, iba pasando por muchas habitaciones parecidas a las que ya había visto en esta casa. La película finalizaba con un plano general de la habitación en la que me encontraba en este momento; luego la cámara hacia un zoom hacia la pantalla; y se veía la misma imagen que yo estaba viendo directamente, como si fuera una emisión en directo.; luego la cámara giraba hacia la derecha y tomaba la imagen de una pequeña puerta que estaba al lado de la pantalla; el plano quedaba fijo en esa puerta. La puerta era real; y efectivamente estaba al lado de la pantalla. Seguramente detrás de esa puerta habría otra habitación; ya no podía volver atrás; tenía una irresistible tentación de abrir esa puerta; sentía una gran excitación, por un momento pensé que estaba viviendo uno de esos sueños lúcidos que tengo con frecuencia, pero ese pensamiento lo descarté enseguida porque la situación era muy real; no había posibilidad que esto sea un sueño. La casa parecía no tener fin.

Me acerque a la puerta; había un cartel colgado en ella; en el estaba escrito aquella frase de unos de los libros que marcó mi juventud. Se leía “TEATRO MÁGICO. SOLO PARA LOCOS. LA ENTRADA CUESTA LA RAZON”.

Comencé a pensar que todo esto me estaba pasando a mí por alguna razón; que yo era el destinatario de todo lo que iba sucediendo.

Abrí la puerta con mucha prudencia y con la emoción de ver que había detrás de ella. Por primera vez tuve la sensación que una vez dentro de esa habitación me

encontraría con algo que estuve esperando y deseando toda mi vida. Algo que desconocía pero que ansiaba conocer. Tenía miedo, pero esa clase de temor que no paraliza, sino que hace que avancemos. Al entrar al lugar me encontré con un lujoso salón antiguo, propio de algún aristócrata de mediados del siglo XIX. En el medio del salón había una gran mesa; sentado en la cabecera se encontraba un hombre de aproximadamente 50 años. En la otra punta de la mesa estaba sentada una hermosa y joven mujer, de pelo negro y ondulado. Sus labios eran carnosos; sus ojos grandes y bien abiertos; tenía una sonrisa burlona en su hermosa cara. Disfrutaba de este momento; tomaba vino y miraba al hombre que estaba frente a ella. Este, contrariamente tenía un gesto adusto; fumaba una pipa; me miraba con a mi y a luego a la mujer; estaba como esperando que ella me diera alguna indicación.

Me acerque a ellos con mucho cuidado; estaba viendo una escena propia de otro tiempo; había gente real en una casa supuestamente deshabitada. La mujer se presentó con estas palabras:

- Te estábamos esperando; hace muchos años; mas de un siglo en realidad; nos conoces a ambos; somos los protagonistas de tus placenteras noches de lecturas. Te parecerá raro este momento, pero es el mas real de toda tu vida. Mi nombre es Armanda y el de el hombre que está sentado frente a mí Harry.

Estaba frente a los personajes de la novela de Hesse; El lobo estepario. Entonces todo esto ahora sí comenzaba a tener sentido; yo mismo me sentí muchas veces un lobo estepario de la vida moderna; yo me reprimí tantas veces esos instintos de acabar con la cultura burguesa que me rodeaba; y tantas veces me sentí débil y enfermo como Harry deseando poner fin a mi vida, a la que nunca terminaba de encontrarle el sentido.

-Tranquilo -continuo Armanda- tenemos toda la eternidad para entender, siempre te asustó y te atrajo al mismo tiempo la idea del infinito; del tiempo; poco a poco iras descubriendo las respuestas; hay mucha puerta en esta casa; infinitas; tantas como las que quiera tu mente. Y podrás recorrerlas una tras otra. Otros personajes de tus novelas aparecerán en ellas; recorrerás todos los tiempos, podrás leer todos los libros y ver todas la películas; harás el amor con todas las mujeres, o quizás hombres que desees; fumaras tabaco del mejor y tomaras los vinos y licores que quieras. La casa tiene infinitas habitaciones; el mundo real es tan limitado como las mentes de los que habitan en él. Aunque en verdad, el mundo real para ti ya es éste. Sigue adelante con las habitaciones; no te preocupes por la gente que conoces; quizás algunos de ellos se encuentren en alguna habitación se así lo deseas; si al caminar notas que la casa va en descenso no te extrañes; ahí está el secreto; esta casa va girando en forma circular y descendente; quizás llegue al centro de la tierra; aún no lo sabemos. Camina haca la otra habitación; no te preocupes por Harry. El está bien; solo que habla poco; todavía le falta aprender algunas cosas.

Yo ya no estaba asustado; Armanda me había convencido; solo me quedaba seguir recorriendo la casa.

LAS ISLAS QUE DESCUBRIMOS

La mañana había amanecido fresca, caminamos esas siete cuadras al colegio pisando las primeras hojas secas color ocre de otoño, mientras disfrutábamos del crujido que hacían al deshacerse.

Ya en el aula, aún sin despertar del todo, vimos entrar al maestro mas temido del colegio. Aquel hombre de enorme cuerpo y de cabeza chiquita, que fumaba sin parar, ya a estaba punto de jubilarse. Igual le teníamos miedo, aunque nos decían que ya no era el mismo que sabía infundir terror entre sus alumnos.

Pero esta vez entró al aula con una energía diferente, el día lo había sorprendido, ¿cuántos acontecimientos importantes le habrá tocado vivir?; seguro aquel día del 45 cuándo el pueblo llenó la plaza para pedir por su líder, o el 55 cuándo ese mismo pueblo fue atacado con bombas por su propia fuerza aérea, y dos o tres sucesos más de una historia que siempre se debatía entre la libertad y la opresión.

-Recuperamos las Malvinas- nos dijo con un tono entre sorpresa y emoción; por primera vez en nuestros años escolares vimos prenderse aquel viejo televisor blanco y negro durante una mañana en la escuela. Esa televisión era como un mueble mas, solo parte de la decoración del aula; estaba ahí, siempre apagado y solo lo utilizaban para apoyar algún libro, registro de aula o papeles sobre su techo. Las islas, para nosotros, solo representaban los últimos trazos del mapa que hacíamos en hoja de calcar, o que pintábamos en los que ya venían impresos. Como si fueran un par de zapatos sueltos, ahí abajo a la derecha del gran territorio; la sensación era que estaban como perdidas, sueltas y sin conexión; pero ahí estaban; nadie preguntaba que hacían allí, quién viviría, ni siquiera sabíamos si nos pertenecían, pero estaban en el mapa, en silencio.

El día ya sería atípico, los maestros no daban clases, entusiasmados y sorprendidos hablaban entre ellos, nosotros nos aprovechábamos de la situación y nos comportábamos como si fuera un día de fiesta; pero la historia nos demuestra que nada de eso era para festejar. La Plaza de mayo se llenaba otra vez, y a pesar de que quienes nos conducían eran los mismos que nos oprimían, que nos mataban y nos desaparecían, el pueblo los vivaba; pero las masas no piensan, actúan por impulso. Solo mi madre, con su habitual pesimismo, nos decía que era toda una locura, nos aguaba la fiesta, pero con su instinto de madre era la única de la familia que tenía razón.

Eran años de confusión, cuándo parecía que la noche terminaba, unos pocos oportunistas vieron la posibilidad de perpetuarse en el poder y seguir violentando a su pueblo. “Mamá, la libertad, siempre la llevaras de dentro del corazón, te pueden corromper, te puedes olvidar, pero ella siempre está”. La canción estaba saliendo, y solo un año después una maestra de música desafiaba a las viejas imposiciones culturales y nos hacía cantar lo que no nos contaban.

A partir de ese día todo fue una larga mentira; porque no eran “los chicos de la guerra” eran los hijos de sus madres, hermanos de sus hermanos e hijos de la vida, esa vida que se les iba a acabar en poco tiempo. Ellos si fueron héroes, pero hay otros que se disfrazaban de héroes con un disfraz de villano, que se vestían de militares y justificaban la guerra, pero ya habían torturado y matado a sus propios compatriotas. Mataban por matar, no por la libertad ni por un justo derecho. Para llenarse el pecho de medallas, para mostrar que son fuertes y ganadores. Pero en una guerra nadie gana. ¿Vamos ganando?, eso nos decía la tapa de la revista de que chorreaba grasa de las capitales (Gente); pero veníamos perdiendo, como desde hace muchos años, solo que esta vez, a los que les tocaba morir era a los

pobres chicos, arrancados de sus hogares cuándo apenas se asomaban a su vida adulta. Ya habíamos perdido la libertad, ahora íbamos a perder a los chicos. “Y luego vendrá una premier de cine, dónde cuenta los flagelos de la guerra, y los hombres se emocionarán y aplaudirán su buen final, pero madre; ¿Qué esta pasando acá, son igual a mi, y aman este lugar”. No solo se lo preguntaban los ingleses a su reina madre. Nosotros también le preguntamos a nuestras madres, a las que ya no tenemos, a las de los pañuelos, a las que siempre tienen razón.

¿NO HAY MAL QUE POR BIEN….?

Cuando Daniel Caldas se volvió a ver en el espejo tuvo la sensación de que habían pasado diez años en un cuarto de hora. “En qué momento deje de ser yo para convertirme en otro” pensó; en ese instante lo primero que vino a su mente fue aquella noche diez años atrás, en la que tomó la decisión de no ver más a Paula. Pensó también en como seria su vida si ahora estuviera junto a ella; ¿tendrían hijos?, ¿Cuántos? Se imagino viviendo en una gran casa, pero vieja, en algún pueblo del interior. Su vida

hubiera sido mucho más tranquila, quizás ahora mismo el espejo no le estaría devolviendo esa pálida imagen, inexpresiva, como la que acababa de ver.

Salió del baño y se sentó en la punta de su cama; el domingo avanzaba y todavía no había hecho nada.

Había dormido, siempre dormía mal, poco, interrumpido con sueños tan absurdos que le molestaba recordar ¿Cómo puede haber tanta mezcla de gente, de tiempos, lugares y situaciones en unos pocos minutos? Era como si en una licuadora pusieran personas, lugares y momentos relacionados con y se hiciera un buen batido con esos ingredientes, para que de ahí salgan sus sueños, completamente sin sentido. A veces trataba de buscarle una explicación y coincidía en que sus sueños eran una mezcla de lo que le había pasado en el día y de todos sus traumas y complejos que lo venia siguiendo desde hace mucho tiempo. Lo peor es que padecía de “sueños Lúcidos”, así los llama la Ciencia. Consiste en que en algún momento del sueño el soñante es consciente de que esta dentro de un sueño; es decir, sigue dormido pero por alguna razón se da cuenta de que esto no está pasando en la realidad, sino que el mismo esta dormido y soñando. Por ejemplo, a Daniel se le presenta la figura de su padre, fallecido hace 20 años, y entonces se da cuenta de que no puede ser real ya que su padre no existe, entonces de desespera porque se siente “atrapado” en ese sueño, y hace un terrible esfuerzo por despertar, a veces le cuesta bastante volver y la desesperación se incrementa, porque piensa que ya no volverá a despertar y vivirá eternamente en ese mundo inconsciente de los sueños en donde nada parece ser estable. Despierta sobresaltado, cansado, pero con la sensación de alivio de haber podido regresar al plano de la realidad y de la razón, aunque cuando reflexiona un poco, se da cuenta de que el mundo real también es absurdo y lleno de sin sentidos.

Para el, los días podían ser buenos o malos; no había intermedios. Aunque si podían empezar bien y terminar mal, o viceversa. Sobre el mueble, junto libros tenían un dado; todas las mañanas, cuando se acordaba lo lanzaba al piso y de acuerdo al número que salía sabia como iba a ser su día; de esta forma si salía seis, su día seria excelente y si salía uno, pésimo. Rara vez se cumplía su teoría del dado, pero para él era una forma de sacarse presión; ya que su destino no dependía de sus acciones, sino de la cantidad de puntitos negros que mostraban la cara del dado. Quizás levantarse tarde ya era una forma de no empezar bien. No puso televisión, ni radio, ni prendió su computadora ni miró el celular. Eso ya era revelador, hoy no tenía ganas de enterarse de nada. Llamó a su hijo por teléfono, eso siempre le levantaba el ánimo, pero nadie contestó. Desde que se separó, hace diez años, cada vez tenía menos comunicación con su ex mujer, lo que significaba que la relación con ella cada vez mejoraba más.

Hace veinte años Daniel había empezado a escribir sus primeros artículos periodísticos para un diario del interior del país. Se había contactado con gente de ese diario en uno de sus viajes que hacía frecuentemente a diferencias provincias del país. En sus artículos hablaba acerca de diferentes temas cotidianos, pero siempre contextualizando en el presente social y político de ese momento. Cuando recordaba aquellas épocas no podía evitar sentir que esa persona que había sido ya estaba muerta, e imposible de resucitar. Era un joven ingenuo, idealista, sensible, pero lo que más extrañaba de esa persona que fue hace tantos años era que no era nada prejuicioso. El prejuicio, pensaba, debe ser el mayor vicio de la adultez y a medida que pasa el tiempo y conocemos más personas, más nos sentimos tentados a esa intolerable necesidad de prejuzgarla. Esa es una de las cosas que más repulsión le daban de su personalidad actual, y cada vez que actuaba de esta forma frente a la gente, no podía evitar un sentimiento de culpa y decepción consigo mismo. Ya hacia un tiempo que esa idea lo empezó a atormentar; ¿en qué

momento dejó de ser el para convertirse en otro? Había decidido que el momento clave en su vida en dónde comenzó a forjar su personalidad actual había sucedido hace diez años, pero este cambio había empezado muchos años atrás, más precisamente, cuando empezaba su etapa adulta. Además de sus publicaciones trabaja en una dependencia pública del Ministerio de Educación; ahí realizaba un trabajo administrativo, rutinario, aburrido, rodeado de gente gris, que se inmolaban para conseguir un mejor cargo o la aceptación de su jefe; con el que se peleaban para chuparle no solo las medias; sino algo más que eso con tal de trepar algún escalón. Le faltaban seis años para jubilarse; y solo tenía dos motivaciones para continuar en ese trabajo; una era el salario; que le permitía vivir y ayudar a su hijo, aunque no le quedaba nada en su cuenta el último día del mes. El otro incentivo era Luciana. Era la coordinadora de Arte, planificaba la materia Educación Artística en colegios secundarios; era actriz, inteligente, y su vida proyectaba colores para el que sabía mirarla; era la mujer más hermosa que conocía, y solo le encontraba un solo defecto; era casada y por lo que se veía feliz con su matrimonio.

El trabajo de Daniel en esa oficina era puramente administrativo; se pasaba horas sentado frente a su computadora ingresando datos en diferentes plataformas de docentes que tomaban horas de clases o cargos en distinta escuelas de la ciudad; su trabajo, era aburrido pero importante, de su labor dependía el cobro de sueldo de los empleados; también realizaba tareas que tenían que ver con el presentismo y licencias del personal; por un lado debía lidiar con el sistema, que muchas veces castigaba a justos por culpables, o mejor dicho a personas que cumplían responsablemente su trabajo con vagos que lo único que les importaba era cobrar a fin de mes; aprovechándose de todas los beneficios que se le permitían y legal e ilegalmente. De todas formas, él trataba de ayudar a todos sin preguntarse si se lo merecían o no; sabía que detrás de esas personas había familias que dependían de esos magros salarios, y además era muy consciente de

los verdaderos corruptos y abusadores del estado no eras esas personas que apenas ganaban para comer, sino eran financistas, amigos del poder y muchos de los que se movían en las altas esferas de la sociedad. Por momentos sentía tanta pena de estos pequeños empleados como de sí mismo; y reflexionaba acerca del poco sentido que tenía estar trabajando una tercera parte de su tiempo de vida, durmiendo otro tercio y malgastando lo poco que le quedaba ocio. Por eso, había momentos en que sentía cierta repugnancia por el ámbito laboral. Trataba de llevarse bien con todos; pero siempre terminaba por sentirse defraudado por la mayoría de los que habitaban ese espacio; y se compadecía viendo a sus compañeros como seres mezquinos luchando entre ellos para comerse las migajas. En sus momentos más pesimistas Daniel creía que, no solo en el ámbito laboral, tarde o temprano todos terminan decepcionándonos, que es solo cuestión de tiempo.

Daniel, se vistió, tomo las llaves y salió de su casa. Cuando estaba cerrando volvió a abrir la puerta, fue hasta el mueble en donde estaba el dado, lo tomo y lo arrojo al piso; la cara de este mostraba cuatro puntos negros.

Comenzó a caminar, por las calles más despobladas que podía encontrar, tratándose de un domingo a las dos de la tarde no le costó mucho encontrar este vacío en las calles. El día se presentaba frio y húmedo propio de la época; la calle estaba desierta salvo por una pareja que se venía venir frente a él. La mujer caminaba mirando hacia abajo, el hombre la miraba y le hablaba en tono de reproche, como gritándole, pero sin elevar el tono de voz. Cuando Daniel se cruzó con la pareja, el hombre dejó de hablarle. La mujer fijo la vista en Daniel, este la miro, pero solo un instante. En la mirada de la mujer había miedo y angustia. Siguió caminando unos metros, se dio vuelta al escuchar gritar a la mujer:

-Soltame! –grito la mujer- me estas lastimando.

El hombre la estaba tomando del brazo, se habían detenido frente a la casa de ellos. La mujer entro a la casa y detrás entro el hombre. Daniel siguió caminando, tratando de asimilar la escena que acababa de ver.

Daniel últimamente se sentía peor que mal, o mejor dicho no se sentía. Las palabras que lo definían podían ser muchas, sin embargo, siempre se consideró carente de una personalidad definida.

Mientras caminaba sin rumbo, se planteaba su futuro, y si realmente tenía un futuro. Tenía un pasado, eso es cierto, nadie puede dejar de tener un pasado, pero su pasado estaba lleno de huecos, idas y venidas e indecisiones; en los momentos que le toco decidir cosas trascendentales de su vida, las pensó demasiado y generalmente termino arrepintiéndose de lo que había decidido. Aunque el tiempo después le daba la razón, pero los momentos de angustia que había vivido ya se habían grabado como huellas en su interior.

Su sentimiento actual era fastidio, tedio, desilusión, desesperanza, baja autoestima, por momentos tranquilidad, pero esa tranquilidad del que ya no espera que nada excepcional suceda en su vida.

Después de caminar un rato comenzó a sentir hambre, se sentó en el primer bar que encontró en la avenida Callao, junto a una de esas ventanas guillotina, no estaba como para un gran almuerzo, como esos de los que ahora estarían comiendo muchas familias de esas que se juntaban los domingos en la casa del integrante que contaba con mayor lugar o del que todavía podía darse el lujo de invitar. Los domingos siempre recordaba que cuándo era chico, con su familia era una rutina ir a pasarlo a la casa de uno de sus

abuelos; un domingo a la casa de sus abuelos paternos y el otro a la de los abuelos por parte de la madre, así alternando siempre, y eso duró hasta la muerte de ellos, en plena etapa de su adolescencia. Ahora, hacía tiempo que los domingos los pasaba solo, salvo cuándo se encontraba con su hijo, Martín de 19 años, caí un hombre que empezaba a hacer su vida y a depender cada vez menos de su padre, compartían alguna cena, un partido, algún recital, y Daniel aprovechaba para saber cómo iba su vida, sus estudios o la relación con la madre o alguna pareja actual.

Se decidió por un tostado de jamón y queso y una gaseosa, ese menú nunca fallaba; mientras esperaba que le traigan la comida, sacó un pequeño libro de bolsillo de esas colecciones de aventuras para jóvenes, pero de otra época, ya casi no salían más de esas ediciones, los jóvenes de ahora estaban permanentemente enredados, enmarañados, perdidos en las redes sociales y difícilmente iban a ocupar su tiempo en la lectura de alguno de esos textos, mucho menos en formato papel. Hacía tiempo que había vuelto a leer novelas de aventuras, era su forma de sentir que todavía podían pasar cosas más emocionantes que las de su vida cotidiana. Esta vez, estaba con la historia de Huck Finn; había leído, en su juventud a Tom Sawyer, y ahora le tocaba conocer la historia del personaje que era cómplice de sus aventuras. Le costaba leer sin distraerse durante un tiempo largo, en realidad, padecía uno de los males de las épocas actuales; la capacidad de estar durante un tiempo constante realizando una única actividad; era difícil que no se interpusiera algún pensamiento que lo desconcentre, o que sienta la necesidad de revisar si le había llegado algún mensaje a su celular, o a mirar el estado de WhatsApp de sus contactos; que a esta hora subían fotos de asados, guisos, o alguna otra comida que estén preparando, aunque nunca nadie invitaba a nadie, solo era una forma de vanagloriarse con sus habilidades culinarias. Compartir ya parecía cosa del pasado, la gente cada vez se aislaba más, a pesar de creer estar comunicada todo el

tiempo con los demás. Todo se volvía más impersonal, más frío y se vivía el monopolio del individualismo.

Continúo leyendo, mientras pensaba que no estaría mal poder vivir alguna de esas situaciones que vivían los personajes de esas novelas de aventuras. Siempre le escapó al riesgo, aunque también pensaba, que era un riesgo mayor vivir una vida con pocas emociones. Huck Finn se había escapado de la sociedad a vivir a una isla desierta, exponiéndose a los peligros que aquello representaba. Pero se sentía vivo, cada uno de sus días eran una aventura diferente en la que se principal ocupación era sobrevivir; pero a la noche podía sentarse en el tronco de un árbol a fumar su pipa y mirar las estrellas, con la satisfacción de sentirse que no había malgastado su tiempo.

Llegó su tostado, dejó el libro y mientras comenzaba a comer vio entrar a la mujer que había sido maltratada por un hombre en la calle.

La mujer, se sentó en la mesa que estaba a su lado y pidió un te solo; se la notaba nerviosa, su mirada se intercalaba entre la pantalla de su celular y la puerta de entrada al bar; parecía no registrar más que esas dos cosas. Se sacó los lentes negros, y por momento dejó sus ojos perdidos en algún punto fijo del lugar; seguramente no estaría viendo nada más que sus pensamientos.

Daniel sabía que iba a hacer algo de lo que después seguramente se iba a arrepentir; como le paso muchas veces en su vida; como si fuera un boxeador que se manda al ataque, con la certeza de que lo espera una buena piña como respuesta; pero que igual se manda porque hay un impulso que es mucho más fuerte que la razón; pero ese impulso se debía a una única y potente razón, la misma que lo llevó a cometer muchos errores en su vida, y de los cuales nunca se arrepiente del todo; la mujer era sumamente atractiva.

-Disculpa que meta en tus cosas –le dijo desde su mesa – hace un rato nos cruzamos y te vi en una situación un poco violenta, me iba a meter, pero entraste al edificio enseguida.

- Esta bien, no te preocupes, estoy bien, ya es común que me pasen esto, gracias por preocuparte.

Quedaron un instante en silencio, Daniel ya no sabía cómo seguir la conversación; la mujer le iba contestado de una forma en que no tenía sentido la continuidad del diálogo; “Estoy bien” significaba que no necesitaba nada en ese momento, y menos de un extraño sentado en una mesa contigua a la suya de algún bar. “Bueno, al menos intenté algo; creo que el que necesita ayuda soy yo”, pensó Daniel; su soledad lo había llevado a iniciar esta conversación que parecía haber llegado a su fin.

- Es un idiota- dijo la mujer casi sin mirarlo- siempre quería tener razón en todo.

Lo confundió esa frase, usó primero un tiempo presente, “es un idiota”, y luego dijo “siempre quería tener razón en todo”. Pero dejó de lado esa duda, para poder seguir avanzando en la conversación. ¿habría que cambiar de tema?, tenía que decidirlo en un solo instante; lo que más caracterizaba a Daniel era su falta de decisión, pero ahora tenía que tratar de actuar de manera espontánea, casi siempre le pasaba sentirse decepcionado ante estas situaciones, la sensación que le quedaba era que podía haber dicho algo mejor. Lo que le salió fue preguntarle si necesitaba algo; era la mejor manera de ganar tiempo, aunque corría el tiempo de que la mujer desprecie su intromisión, ¿Qué le podría ofrecer un extraño que solo está sentado por casualidad en una mesa cercano a ella

- Necesito un poco de paz, de aire, igual la culpa es mía, nadie me obligó a méteteme en esta relación, nadie nos obliga nunca a nada, somos nosotros los que nos metemos en problemas, por caprichos, por ingenuos o por estar aburridos; a vos también te habrá pasado alguna vez; aunque ahora se te ve bastante tranquilo.

Daniel no esperaba esa devolución, se sintió aliviado, primero porque la mujer no lo había rechazado, sino todo lo contrario, le había dado pie para continuar con la conversación. Se sentía un poco confundido y empezaba a ponerse ansioso, hacía mucho tiempo que no tenía una charla con una mujer. Por momentos pensaba que ya nunca más podría a llegar a entablar una relación afectiva. Por diversos motivos, se empezaba a sentir viejo; siempre había estado pensando en cómo serían los días en los que ya no se sienta atractivo para las mujeres; cuándo era más joven, desde la adolescencia salir a la calle tenía el incentivo adicional de sentir algunas mujeres podían sentirse atraídas por él, y también tenía la esperanza, aunque con el tiempo cada vez menos, de conocer alguna de ellas y empezar una relación o simplemente que pase algo interesante. Pero en los últimos tiempos se fue dando cuenta que ya no resultaba ser interesante para el sexo opuesto, que pasaba desapercibido. Como consuelo también creía que las mujeres que podrían a llegar a fijarse en él también ya sentían algo similar, y es por eso que actuaban con indiferencia ante los hombres; tanto ellos como ellas ya habían pasado esa etapa en dónde se pensaban en esas cosas, más bien todos los pensamientos de la gente “madura” estaban absorbidos por las cuentas que tenían que pagar, los hijos, los padres que ya estarían grandes y eran motivo de preocupación, los problemas en el trabajo, el precio de los comestibles, los arreglos que hay que hacer en la casa y muchas otras cuestiones que poco tienen que ver con la pulsión sexual y el deseo.

Había algo de esa mujer que que le recordaba a Andrea; la madre de su hijo, él nunca la llamaba su ex mujer; la tenía tan presente en su vida que nunca podría llamarla ex; no seguía enamorado de ella, o quizás sí, siempre se preguntaba porque no podía cortar lazos con ella; ¿sería por lo maravilloso que era es sexo?, los primeros tiempos luego de la separación quiso creer eso, pero con el tiempo se dio cuenta que había algo más que eso. El decidió separarse, y ella no lo aceptaba. Los primeros tiempos fueron muy difíciles. Ella no podía entender que ella quería, pero que no soportaba su carácter extremo, sus formas violentas de decirle las cosas. Cuando se conocieran ella lo había estimulado de una manera que el sintió que nadie lo había hecho, y le gustó, se enamoró, pero no solo de ella, sino de esa parte que lo hacía sentir bien y de otra parte que él quería que fuera, pero que no tenía. Y luego de la separación trato de alejarse, la odió por momentos, pero siempre la tenía presente. Y aún hoy sigue esa obsesión; después de haber tenido parejas, de haberse alejado.

Andrea ya no era la misma; su físico ya no era el mismo, y sin embargo Daniel se seguía excitando con ella; llegó a al punto de no sentir estimulo por ninguna otra mujer.

Siempre se analizaba a el mismo, y no podía entender como no lograba cortar ese vínculo. El comienzo había sido muy fuerte; ella lo buscó a Daniel. Después de su gran decepción y con la autoestima por el piso; apareció en su vida; con la simple excusa de una consulta sobre su trabajo; y enseguida lo sedujo de una forma que el no tuvo otra opción que dejarse envolver por sus encantos.

Hacía tiempo que estaba solo; si no era por el trabajo, su vida se iba a acortando. Muchos amigos infelizmente casados; apenas podían salir solos cuándo sus mujeres los mandaban a comprar, o pasear a sus perros. Otros, sin ningún compromiso de pareja, ya

no tenían muchas ganas de salir; la excusa era siempre la plata o el cansancio; la realidad es que Daniel también estaba perdiendo las ganas de salir. El mundo moderno le resultaba cada vez más ajeno; y cuándo salía a la calle todo lo fastidiaba. A veces pensaba que, si tuviera la oportunidad de meterse en un asunto riesgoso, tendría alguna motivación, y aunque siempre le escapó a los riesgos, esta vez esperaba que su vida se exponga a alguno, del que, además pudiera sacar algún provecho.

Luego de caminar bastante; decidió volver a su casa; los domingos la soledad siempre se duplica; pero estaba cansado y tenía la certeza que llegaría, comería algo y se podría acostar a dormir, sabiendo que su cansancio lo vencería temprano.

Cuando llegó a la puerta de su edificio se encontró con la mujer del bar, parecía estar esperándolo. Sin embargo, ante la sorpresa de él, le dijo que ella vivía en uno de los departamentos; y que había salido a fumar, ya que no le gustaba que quede olor en el interior. Daniel, le pidió un cigarrillo, había fumado muy poco en su vida; y no lo hacía desde hace varios años, pero pensó que de esa forma tendría la excusa de conversar un poco más con ella. Hablar con ella no solo era una forma acercarse; de seducirá, la mujer le gustaba cada vez más; quería acostarse con ella; quería tocarla, pero además sentía intriga; también intuía que había algo de peligro en esta aventura; y Daniel descartaba todo lo que pueda llegar a tener una mínima posibilidad de peligro; hasta en las películas que miraba se sentía incómodo si el protagonista corría demasiados riesgos; por eso elegía mirar aquellos films en dónde todos los personajes estaban seguros de que nada grave les podía pasar. Pero en los últimos tiempos ya dejó de preocuparse de mantenerse siempre seguro; creía que por no haber corrido algunos riesgos su vida se había vuelto tan aburrida. No solo quería hablar con la mujer, necesitaba hablar con alguien. Poco a poco se fue dando cuenta que pasaba momentos

muy extensos en absoluta soledad. Sino fuera por el trabajo; podía pasar dos o tres días sin comunicación personal con alguna otra persona; salvo las palabras obligatorias que intercambiaba cuándo iba a hacer las compras con el vendedor de turno. Pasaba tanto tiempo solo que cada vez conversaba con el mismo; quizás era una forma inconsciente de sentirse acompañado; entendió que la gente que está totalmente sola como los que están fuera del sistema y excluidos de la sociedad comienzan a hablar solos porque esa es la forma de comunicarse con otro. No iba a llegar a ese extremo porque su vida social siempre fue muy amplia; pero con el correr de los años y los tiempos en que la comunicación personal está siendo sustituida por dispositivos electrónicos; sumado a no tener una familia con la que conviva, todo lo llevaba a estar solo con el mismo. Y la gente sola llega un momento que se desdobla; de una persona hacen dos; como una forma de estar con alguien; pero ese ser duplicado no es más que un “otro yo”, al que no se le puede mentir demasiado, al que se lo manipula según su conveniencia; lo que hace que ese vínculo de dos en uno no se vuelva una solución a la soledad; sino algo que al darse cuenta que sigue siendo uno solo; potencia ese sentimiento.

- No sabía que éramos vecinos –dijo Daniel mientras intentaba ocultar lo gratamente que le resulta ese encuentro

- Yo sí; te vi varias veces, es verdad que nunca nos cruzamos en el edificio, pero te vi entrar cuándo venía atrás tuyo. A veces aminoraba la marcha, no me gusta socializar con los vecinos; a veces hasta me cuesta tener que saludar; últimamente me molesta todo; ya se soy insoportable; antes no era así; debo estar envejeciendo. Además, tengo la idea de que todos los que viven acame consideran rara; las mujeres me miran con desconfianza; no sé porque genero esa sensación en la gente.

- A mí no me parece eso; quizás debe ser que cuándo no interactúas con los otros piensan que escondes algo, que Tenes miedo que descubran algún secreto tuyo; igual viste como es la gente de los edificios; de las ciudades modernas, todos desconfían de todos; algunos se sonríen, se saludan y hasta hablan con los demás, pero después se pasan sacándose el cuero unos a otros.

- Si, la típica de hipocresía. Pero bueno, no todos deben ser así; vos seguro que sos bastante diferente.

Daniel sintió el impacto de esta afirmación y no pudo contener su sonrisa; ella lo había alabado; no sabía muy bien como continuar la conversación; esto le sucedía muchas veces, cuándo alguna mujer le interesaba, creía que en algún momento iba a echar todo a perder; desconfiaba de su poder de seducción; nunca sabía se debía avanzar o esperar el momento indicado para demostrar su interés.

Hubiera preferido terminar la charla en ese momento, saludarse cálidamente y despedirse hasta un próximo encuentro. Esa postura era algo característico en su vida; ya había conseguido un logro importante; ¿para qué arriesgar más?, lo mejor ahora sería entrar a la seguridad de su departamento; descorchar una botella de vino; poner un disco de Miles Davis, relajarse y regodearse en lo ya conseguido; seguramente habrá nuevos encuentros con ella; y mientras tanto podía disfrutar de la ilusión de conquistarla. Podría soñar con ella; masturbarse con su imagen en la cabeza; seguramente era del tipo de mujer que se entregaba alocadamente en una relación sexual; de carácter dominante y disfrutando al máximo y exigiendo siempre más.

Pero la conversación continua, y ella dijo que sentía la necesidad de haberla contenido en un momento difícil; lo invitó a pasar a su departamento para beber un vino; no tuvo

ningún reparo en hacerlo; lo hizo muy segura de sí mismo; como teniendo la absoluta certeza de que él no se iba a negar; y así fue que su prudente plan de ir despacio y dejar la conquista para más adelante se desmoronó con solo una propuesta de ella.

Al otro día Daniel se sentía muy bien de ánimo; lo de la noche anterior fue un estímulo para realizar otras actividades que siempre posponía. Fue a jugar un partido de futbol con amigos, una actividad que siempre disfrutó y había dejado de hacerla durante más de 20 años; salvo algunos picaditos aislados, que ni siquiera cuentan ya que nunca logró la continuidad que tenía en su juventud. El futbol siempre fue una importante para Daniel; durante el comienzo de su adolescencia era lo único que le importaba; poco a poco empezó a interesarse por la música, luego los libros y el cine; y ya la pelota tenía que competir con otras atracciones. Pero los momentos en que más dejaba al futbol de lado era cuándo andaba con alguna novia; las mujeres pasaban a ser la prioridad número uno; y no siempre se trataba de disfrute; a veces era sufrimiento, y en esos casos, su mente era dominada por los problemas de pareja; y no había lugar para cualquier otro tipo de situaciones, eso es una de las cosas de las que se arrepiente cuándo rememora aquella parte de su vida. Él es el único lugar en que uno vuelve a ser un pibe de diez años; volver a ponerse los pantaloncitos cortos, la remera de tu equipo; correr atrás de una pelota; sería difícil que un adulto jugara con muñequitos playboy tirado en el piso, o a la escondida, o armar casas y coches con ratings, sin embargo, jugar a la pelota no da ninguna vergüenza, aunque las piernas no respondan, y la pelota pase cerca nuestro sin ni siquiera tener el reflejo de poder pararla; uno se siente que recuperó la dignidad que muchas veces nos robó el mundo adulto. Otros compañeros de oficina, casi siempre jefes o personal jerárquico no se permitían esas licencias; seguramente se levantaban a la mañana pensando en la forma que ese día podían demostrar su falso poder. Se creen que su lugar en el mundo es muy importante que para permitirse jugar a lo que sea,

como si de ellos dependiera el futuro de la humanidad, y sin ponerse a pensar que el cementerio estaba lleno de gente como ellos, totalmente reemplazables y prescindibles. Por eso Daniel nunca tuvo esa "ambición" de progreso; siempre creyó que esa palabra "ambición" estaba sobrevalorada; que era una mera excusa que ponían los mediocre para reforzar su ego. En todo caso su única ambición era estar en un estado de equilibrio, que sería lo más cercano a sentirse feliz. Equilibrio era lo que buscaba; lo había buscado en sus libros budistas cuándo era más joven, en la literatura de Hesse, nunca lo había conseguido, pero con el tiempo trataba de llevar a la práctica de su vida cotidiana lo que buscaba, es decir, no sentirse excesivamente extasiado cuándo algo le había salido bien, cuándo había conseguido algún logro o alcanzado un deseo que hacía tiempo buscaba; ni sentirse terriblemente mal cuándo se sucedía algo muy malo, un incidente que lo perjudicaba, que lo contrariaba o alejaba de sus deseos y objetivos, no debía dejar que un incidente de estos lo arruinen, lo dejen sin reacción. De esta norma exceptuaba los hechos "trágicos", de los cuales los tomaba como casos excepcionales y que se daba muy pocas veces en su vida; como lo fue la muerte sorpresiva de su padre cuándo Daniel salía de su adolescencia, en esas situaciones uno permitía derrumbarse, aunque sea por un período corto de su vida. Pero en todas los otros hechos desafortunados que se presentaban, lo primero que intentaba pensar, es si en ese suceso corría riesgo su vida. Es decir, si una novia lo dejaba, o le iba mal en un examen o había cometido un grave error en su trabajo, lo primero que hacía era medir las consecuencias desde lo más grave; entonces primero pensaba "¿esto que pasó es malo?, pero me puede llevar a la muerte"?, como la respuesta siempre era negativa, esa tranquilidad ya le daba un respiro y de ahí en más comenzaba su recuperación. Entonces el suceso desafortunado ya no parecía ser tan grave. Y luego iba un poco más lejos; no solo ese incidente lo puede llevar a la muerte, aunque no le hubiese pasado ese desacierto, de

todas formas, la muerte lo alcanzaría, como a todos, en algún momento; teniendo en claro estos conceptos podía dedicarse a enfrentar el problema con otra actitud; claro que no siempre le daba resultado, pero era una forma de transitar con más tranquilidad y "equilibrio" estos malos momentos.

Había pasado lo que él llamaba un día "verde", lo llamaba así porque la sensación de de esos días; que ocurrían con muy poca frecuencia; era que cada paso que daba, se le prendía delante de él una luz verde que le decía que había salido bien; que podía continuar con su siguiente tarea, y todos los incidentes o sucesos que le iban surgiendo en su jornada iban a salir bien. Todo cerraba, todo se acomodaba a su favor, la noche anterior había sentido algo que no experimentaba hace mucho tiempo. Se sintió querido; amado aunque sea por una noche. La mujer que lo había invitado a su departamento, y con la que se acostó aquella noche se llamaba Pamela; para él seguía siendo una mujer extraña, tal como la consideraban sus vecinos; la sentía superior a él, mucho más interesante y con propósitos y certezas que a él le faltaban. Quizás hasta le temía un poco, no estaba del todo seguro, cuál era su propósito con él, pero lo que sí estaba seguro es que ella había disfrutado tanto como él de aquella noche. Durante el día, en el trabajo había hablado bastante con Luciana. Encontró que ella lo miraba de otra forma, con más profundidad, como si ese día estuviese más interesado en él. Al mediodía coincidieron en el bar del trabajo y comieron juntos, hablaron bastante, ella siempre le contaba de sus actividades, ambos sabían que tenían cosas en común, y la charla siempre se hacía fácil. En un momento, ella le contó que su marido, estaba de viaje por trabajo desde hacía una semana. Daniel, la tenía como un objetivo imposible; pero ese día se sintió más seguro frente a ella; y luego del trabajo, ya de regreso a su casa una idea se le cruzó por su mente ¿y por qué no? La respuesta a esa pregunta era siempre la misma; ella estaba casada, y todo hacía suponer que seguía enamorada de su marido, lo

nombraba siempre, y contaba todo lo que compartían. Desde afuera parecía una pareja imposible de separarse. Las esperanzas de Daniel siempre terminaban luego de estas suposiciones.

A la noche cuándo llegaba a su casa, a unos cien metros ya podía ver las luces de los patrulleros; recién al acercarse al edificio, descubrió que se trataba de su entrada. También había una ambulancia y algunos reporteros de televisión. Algunos vecinos estaban afuera, preguntó a uno de ellos, que sin salir de su asombro le hizo un resumen de lo acontecido:

- La mujer rara, recién me entero que se llamaba Pamela; vivía sola, pero a veces la visitaba un hombre, y algunos dicen que peleaban bastante, el tipo era casado y parece que un poco agresivo, porque cuándo se la llevó la policía, ella gritaba que ya no le iba a pegar más a nadie, y que se lo lleven, así como lo encontraron a su esposa; mira que estaba loca la mina. Hacía una semana el portero vio que trajeron un frezzer, parece que lo tenía todo planeado, porque lo compro solo para meter el cuerpo adentro y tenerlo no sabemos hasta cuándo.

Daniel no dijo nada, subió a su departamento, lo primero en que pensó en aquella frase que ella había dicho cuándo se conocieron, hablando de ese hombre en pasado, como si ya no existiera; ¿podría ser que ella había cometido el homicidio hace varios días y que él y ella habían hecho el amor la noche anterior en el mismo departamento en dónde estaba su cadáver en el frezer?. No podía pensar bien. Luego comenzó a pensar hasta qué punto él podía llegar a estar comprometido, ya que había estado en el lugar del hecho y con la mujer asesina. ¿tomarían huellas digitales?, las de él estarían por todas partes.

Tenía el wiskie disponible siempre para estas ocasiones; mucho más eficiente que el clonazepam, además, la secuencia de sacar ese vaso especial para el escoces importado, ponerle hielo, abrir el aparador para sacar la botella, y servirse, lo hacían sentirse dentro de un film Noir en dónde el protagonista se ve en apuros, pero lejos de desesperarse, se toma ese instante para disfrutar el placer de un trago que le ordene las ideas, y lo haga pensar razonablemente. Entonces aplica su propio axioma: "que es lo peor que me puede pasar. Sin dudas la respuesta es la muerte; bien, no hay riesgos de eso. Yo estuve con la mujer asesina en su departamento y con muerto adentro; pero; ¿de qué se me puede acusar? yo no sabía nada? porque ella podría a llegar a involúcrame, si yo a ella no la perjudiqué en nada?".

Se sentó en su sillón de un cuerpo; en dónde se sentía más contenido por su amplio y alto respaldo y confortable y grandes apoyabrazos; con solo la luz tenue del velador d pie. En la radio sintonizó una emisora que solo pasa Jazz, con pocas intervenciones del locutor de turno; a un nivel de sonido bajo. Después del segundo vaso comenzó a sentirse más despreocupado. Tenía que ordenar sus ideas. La noche anterior había hecho el amor con una hermosa mujer; una mujer fatal, de esas de las que ningún hombre se le puede resistir. No se la podría juzgar como una mala mujer; se podría decir que fue fría, vengativa, violenta. Daniel no quería juzgarla; solo quería entender un poco más de que se trataba todo esto.

Se quedó dormido profundamente; luego de unas horas despertó y con una claridad y seguridad como muy pocas veces había tenido. Estaba decidido a ir a la comisaria y declarar todo lo que había vivido con esa mujer. Antes de salir de su departamento lanzó el dado y quedaron los 5 puntos expuestos frente a su cara, esgrimió una sonrisa y salió aún más decidido

Luego de declarar todo, le dijeron que no salga del país; que solo iba a prestar declaración en calidad de testigo. Las sorpresas no terminarían aún. Llegó a su trabajo, notó un clima raro; nadie trabajaba, pero todos rumoreaban entre sí en varios grupos diseminados por distintos lugares. En principio pensó que se trataba de lo que le había pasado a él; en realidad tenía relación con el caso, pero la afectada era Luciana. Se le acercó uno de sus compañeros más cercanos.

- Mataron al marido de Luciana; está en todas las noticias; vos debes saber mejor que todos, lo encontraron en un departamento que está en tu mismo edificio. ¿conocías a la mina?

Daniel, contestó lo justo y necesario para salir del paso, antes que lo interceptaran otros compañeros salió rápido a la calle; compró un cigarrillo suelto en el kiosco y volvió a fumar después de muchos años. No sabía bien que es lo que tenía que sentir; eran varias cosas en poco tiempo; miedo; incertidumbre ¿alegría? ¿una pequeña esperanza? ¿"mala" mujer era la que le estaba abriendo el camino? Pensó en el dado; pensó en el futuro.


LOS CUENTOS DE LA PELOTA.

LA VENGANZA DEL JUEZ DE LINEA.

-Ya sé que te parecerá raro que justo yo te venga a visitar; no sabes lo que me costó convencer a tu familia que me dejen entrar; pero tu hermano fue el que habló con tu esposa, claro, ella apenas me vio se puso como loca; me insultó de

arriba abajo, pero estuvo bien tu hermano, él se dio cuenta de que yo estaba arrepentido de lo que te hice.

Ramiro yacía en la cama del cuarto de aquel hospital hacía tres días, dos costillas rotas, hematomas por toda la cara y un diente menos; pero se le complicó porque hace tiempo venía sufriendo problemas respiratorios; trabajaba en dos escuelas, diez horas por día, era muy comprometido con su trabajo y nunca se tomaba un día para hacerse los estudios; su estado físico tenía 20 años más que sus cuarenta reales, hasta le costaba subir los escalones de la tribuna; es por eso que cada vez se ubicaba más abajo, hasta que se acostumbró a mirar el partido desde atrás del alambrado, en la platea lateral, siempre del lado del ataque de su equipo.

Entró la enfermera con el carrito en dónde venía la comida del paciente, lo dejó a un costado de la cama y salió. Ricardo, su inesperado visitante se hizo cargo de la situación, ayudó a Ramiro a incorporarse, levantando un poco la cabecera de la cama y se dispuso a ayudarlo con su comida; Ramiro le hizo un gesto de negación, lo seguía mirando con desconfianza; pero Ricardo, que notaba el miedo latente del yaciente, le aclaró:

-Mira Ramiro, Tenes que comer; cuando llegue algún familiar esto ya va a estar frío; y no creo que este “restaurant” tenga servicio de recalentado, así que confía en mí.

-Sabes Ramiro, siempre me gustó la pelota; y correr atrás de ella; cuándo era chico no pensaba en otra cosa; no me importaba la escuela, ni la familia, ni la tele; pero no podía era estar demasiado tiempo quieto; yo veía a mis hermanos y pensaba; “estos como hacen para estar ahí tan quietecitos durante horas”, yo no podía, entonces cuándo no aguantaba más, me levantaba de la silla, y como no me

dejaban salir a la calle cuándo ya empezaba a anochecer, me iba al patio, agarraba la pelota “pulpito” y empezaba a darle como un loco contra la pared; y después corría como podía por el poco espacio que había, tratando de dominar el balón y hacía de cuenta que estaba en medio de un partido de verdad, relataba mis jugadas imaginarias y siempre terminaba de rodillas gritando un golazo.

Ramiro escuchaba, pero no parecía muy entusiasmado con el relato, por momento lo miraba, y en sus ojos había algo de indignación, después miraba hacia el techo como preguntándole al cielo porque tenía que sufrir este doble castigo, el de haber recibido una paliza, y encima tener que aguantar que su verdugo le cuente cosas de su infancia. En su interior sentía la culpa de haber hostigado tanto al hombre que ahora estaba sentado frente a su “verdugo”.

-Me probé en varios clubes, y en no pasé ninguna de esas pruebas; todos los entrenadores me decían lo mismo: “Vos corres mucho; pero el futbol no es solo correr, la que tiene que correr es la pelota. Asi fue que empecé en el referato. Ricardo hizo una pausa porque sintió un gemido por parte de Ramiro; era de dolor, aunque lo más probable era que el paciente ya no soportaba más el relato; y con los ojos parecía pedirle que le siga pegando, y que cuándo haya saciado su instinto violento se vaya de una vez por todas. Pero Ramiro tenía un incontrolable deseo de contar su historia; nunca sabremos si su intención era lograr el perdón por parte de su víctima o si el mismo se iba se podía perdonar a través de sus propias palabras, como si fuera una sesión de terapia.

-no iba a llegar nunca a jugador profesional; pero iba a estar dentro de una cancha; corriendo por la raya; y admito que siempre es un poco frustrante correr por atrás de la raya, pero por momentos cuando corro junto a la par de los jugadores que atacan, me creo que soy parte del equipo; a veces hasta pido que me la pasen,

claro en voz bajita, yo solo me escucho, y si la jugada termina en gol, salgo corriendo hacia la mitad de la cancha y lo grito por dentro; si hacer ningún gesto, para que nadie piense que me puse contento y que soy hincha del equipo que acaba de hacer el gol, es un poco ingenuo lo mío, pero disfruto en el momento y hace que el partido sea más pasable; porque después hay que soportar todo lo demás; y no solo los jugadores que protestan, a esos se los tiene que aguantar más el árbitro principal; pero yo me tengo que soportar a los hinchas que están pegados al alambrados; pero la verdad que nunca me tocó uno como vos; todo el segundo tiempo; además de nombrar las partes íntimas de mi hermana y de mi vieja cada cinco minutos, me dijiste: Pelado, puto, gordo, ciego, rengo, ladrón, corrupto y cornudo.

Cuando Ricardo empezó a hablar de lo que había sucedido aquella tarde en la cancha, Ramiro lo empezó a escuchar con más atención. Lo miraba de otra forma; quizás empezó a entender que después de todo, un poco tenía merecido el estar en la cama de un hospital recuperándose de una feroz golpiza. Casi que quería hablar, pedirle perdón, pero entre los analgésicos que lo tenían un poco dopado y el dolor que todavía tenía en la boca no le hubieran salido las palabras; Ricardo también lo entendió así, lo adivinó en sus ojos; entonces se adelantó y antes de irse le dejó sus últimas palabras.

No, no digas nada; no vine a que me pidas perdón; soy yo el que te tiene que pedir perdón a vos. Yo nunca le pegue a nadie, pero cuando escuché tu voz no me pude contener; quien iba a decir que vos eras el maestro en el colegio dónde va mi hijo, y que justo vos seas el que pronuncie el discurso de despedida de los chicos de séptimo grado; y encima con esa voz grave y un poco ronca imposible de no reconocer. Por eso me saqué, yo no te conocía la cara; vos estabas atrás del

alambrado y yo nunca me doy vuelta para mirar a los que me insultan; como te dije antes juego mi propio partido, aunque sin la pelota. Cuándo te escuché hablar dando el discurso estaba casi seguro que era esa la voz que me había insultado tanto; para estar seguro fue que me acerque cuándo terminó el acto, me presenté y te hice todo el verso de que te había visto en la cancha aquella tarde e invente que yo era otro hincha; entonces vos me confirmaste que mirabas el partido atrás del alambrado, y cuándo te pregunté por el juez de línea, o sea por mí, me dijiste que lo volviste loco todo el segundo tiempo. Y bueno, ahí te empecé a insultar, vos me insultaste a mí y entonces y terminamos a las piñas, seguro no te acordes de nada porque quedaste inconsciente unos minutos. Te vuelvo a decir, perdóname y la próxima vez que discutas con tu mujer, o hayas pasado una semana mala en el trabajo, no te la agarres con un pobre tipo como yo; que alguna vez soñó ser el siete de la selección y terminó como un simple juez de línea.

POR PURO INSTINTO

La culpa fue del que me preguntó quién había hecho el gol, Si no me hubiera hecho esa pregunta, yo no hubiera dado esa estúpida respuesta que desembocó la tragedia. Hasta ese momento estaba saliendo todo bien, el plan iba a la perfección; no es la primera vez que lo hago; no voy a decir que soy un experto, pero uno aprende; va teniendo seguridad en cada movimiento, cada palabra que dice; la forma de interactuar con los demás. La actuación es la clave, para pasar desapercibido también es imprescindible dominar las artes dramáticas. No solo es no hacer nada, porque algunas cosas hay que mostrar para perpetuar el engaño. Es

importante la ropa; los colores del equipo hay que llevarlos; pero la remera, o el gorrito o la campera tiene que tener signos de uso; no puede estar impecable, alguna rotura, un poco zurcida, que se no note que esa ropa o accesorio lo venimos usando hace tiempo. Los anteojos negros solo si hay sol, o reflejo, pero llevarlo a un partido de noche o un dia muy nublado sería sospechoso. No hablar mucho, pero tampoco estar completamente callado; hablar mucho conlleva el riesgo de meter la pata; y no hablar nada podría ser un poco sospechoso. Entonces para eso hay que saber un poco; en la semana estudiar nombres, posiciones, goleadores o posibles cambios. Después observar el partido con total naturalidad; gritar los goles, los “uuuuuuu” putear un poco al referí; lo de siempre. Cara de sufrimiento; y todo tiene que salir bien. El partido ya se terminaba; un cero a cero de esos que no se mueven ni aunque el partido dure tres semanas. Partido malo; aburrido, no parecía que se jugara algo tan importante como quedar primero el que gane, faltando solo una fecha para que termine el campeonato. Y la última jugada pasó la catástrofe, un pelotazo como hubo tantos en el partido que justo le quedó en la cabeza del nueve de ellos; apenas movió el parietal para clavarla al ángulo. La tristeza y la decepción es mucho mas grave cuándo no se puede mostrar; y mucho peor cuándo en vez de eso hay que aparentar alegría. Ya lo había tenido que hacer en otros partidos; la actuación debía ser magistral, porque era el climax, en las películas es el momento crucial, el mas importante, aquel que el que esta mirando no puede ni moverse. Entonces el actor debe hacer el mayor esfuerzo para lograr una escena inolvidable. Entonces yo tenía que hacer la mia; gritar ese gol con todo, porque era la última jugada; porque significaba la punta del campeonato, si había emoción mucho mejor; total las lágrimas de alegría o de tristeza son iguales, así que me podía quedar tranquilo por ese lado.

Y si ahora estoy con cuatro costillas rotas; y en la cama de este hospital no es por haber actuado mal; porque la escena la hice a la perfección. Como la venía haciendo desde que el publico visitante no puede concurrir a ver a su equipo y hay que camuflarse para verlo con todos los contarios en su estadio. Hay que gritar sus goles; poner cara de tristes por los nuestros; y no dejar que nos traicione el instinto, como me pasó a mi cuándo el que estaba al lado me preguntó quién había hecho el gol y sin pensar y con esas lágrimas que simulaban ser de alegría le contesté :

–“Lo hizo Vidal; siempre nos caga ese hijo de puta”

CRACK DEMASIADO ANTIGUO.

“Cacho” Medina era el mejor jugador de la primera de Almagro; tenia 38 años y todavía mantenía la habilidad que tenía a los 20, es verdad, corria un poco menos, pero lo compensaba con su mayor experiencia, además lo suyo nunca fue correr, es de los que pensaba que la que tiene que terminar extenuada por haber es la pelota y no los jugadores. Es decir, los jugadores, tienen que regular siempre, no hace falta hacer recorridos largos, guardar energías para algún contragolpe, una jugada individual gambeteando rivales o una corrida de 20 o 30 metros hacia la valla contraria para enfrentar al arquero y coronar; el resto del partido, mas bien

hacer circular la pelota, que todos participen de la jugada y atacar sin que ello signifique un gasto de energía que luego será difícil de recuperar.

Le decían Cacho, porque era un fanático de Cacho Castaña; a los 10 años había llegado a sus manos, nunca supo de dónde, un cassette que era la banda de sonido de una película argentina de los años 80 llamada la Playa del amor, en ese compilado de canciones románticas que eran el hit de ese año había un tema de Cacho Castaña que se llamaba “Lo llaman el matador”; era el tema que mas le gustaba a Cacho, podía estar horas sentado en su cama con el radiograbador sobre su mesa de luz, escuchando esa canción, retrocediendo con ese botón de la casetera, y volviéndolo a escuchar una y mil veces.

A Cacho no le gustaba nada de lo que se ponía de moda. Ni la ropa, ni la música, ni las palabras nuevas; reconocía que había cosas novedosas que si realmente merecían salir a la luz, pero, no por eso tenían que ponerse de moda; es mas, creía que las cosas que realmente valían la pena nunca serían conocidas masivamente, contrariamente a esas cosas que se imponían, que aunque fueran de mala calidad, iban a ser reconocidas y adoptadas por las grandes mayorías. Por eso vivía en una lucha constante con sus compañeros mas jóvenes; que vivían a la moda.

-si…ahora se volvieron a usar los rulos; no viste las propagandas nuevas, como en los 70, pero yo no me rape nunca como se usa ahora, ni me lo deje largo como se usaba en los 90; siempre mantuve este nido en el bocho, como estos bigotes setentistas y peronistas, como los de Luque o Pernia; eso sí que le mareaban personalidad, no como los ustedes, que se depilan las piernas y pasan por el peluquero antes de salir a la cancha, están mas preocupados en que no se les despeine el jopo que en los piques del 7 contrario.

Cacho llegó a la práctica como todas las mañanas y le extrañó no ver a nadie, siempre era uno de los primeros en llegar, pero esta vez notaba muy poco movimiento en el club. Se cambió, entro a la cancha en donde entrenan y se puso a trotar. Ya habían pasado 15 minutos de la hora que empezaba la práctica y aún nadie había llegado.

Uno de los dirigentes del club pasó caminando y se detuvo al ver a Cacho que seguía trotando. Se acercó sorprendido y le preguntó

- ¿Cacho, que haces aca?

- Vengo a entrenar como todos los días..

- Pero, no te avisaron? Se suspendió la práctica por falta de agua, lo pusieron en el grupo de WhatsApp

- ¿Por qué no me llamaron? Yo no tengo Wasa o como se llame, ni tengo me pude llamar por teléfono? Lo que tengo es un lindo teléfono que funciona siempre, hasta cuando se corta la luz

- Pero Cacho, comprate un celular, asi te quedas afuera de todo; adaptate a los tiempos que corren.

- ¿un celular? Para que? Para estar con la cabeza siempre para abajo mirando una pantallita?....parecen zombis, todo el dia con el aparatito, a mi déjame asi que estoy mas tranquilo.

Cacho siguió corriendo, no iba a perder ese día por una falla que el atribuía a las innovaciones tecnológicas de la comunicación, que según su criterio, favorecían la incomunicación.

Cuándo se cansó, se fue al vestuario, se cambió y salió. Comenzó a caminar, no estaba seguro de volver a su casa. Le preguntó la hora a una persona que se cruzó

en la calle haciendo el gesto de llevarse la mano derecha a la muñeca izquierda; esta persona tardó un tiempo en sacar el celular de su bolsillo, prenderlo y decirle la hora. “que complicado que es todo”, pensó, y siguió caminando.

Se metio en unos de eso bares viejos que quedan en la ciudad, se sento en la mesa al lado de la ventana “guillotina”, se la llamaba asi porque bajaba en forma vertical y debido a du peso si a uno se le caía encima podía seccionarle la parte del cuerpo involucrada en el siniestro, compró el diario y se puso a leer mientras se tomaba un aperitivo. Se indignaba leyendo los artículos en los que los redactores utilizaban palabras de moda, extrañaba aquellos relatos en los que cada palabra era la correcta y nombraba de la mejor manera lo que ninguna otra podría hacerlo. Dejó el diario y sacó de su bolso una Revista “Humor” de 1981; cuándo anda por el centro, en la avenida Corrientes, cerca del obelisco, entra a las librerías que venden revistas viejas y se compra algunas, siempre que tengan mas de 30 años de antigüedad. Y siempre lleva a alguna en su bolso para tener en el momento que se cansa del mundo actual. Eso, para el era como un refugio, se escapaba del presente a un tiempo que ya pasó y ya nunca volverá, que para Cacho siempre era mejor.

No se sentía bién, hacía tiempo que le preocupaba esto de vivir siempre en el pasado; ser un eterno nostálgico. Sentía culpa porque sabía que con esa obsesión con el pasado no le permitía vivir plenamente el presente. “Y sí el momento actual, en el que no me siento a gusto, dentro de 10 años lo recordara con nostalgia, o lo extrañaría como ahora extraño los tiempos pasados”. Ese pensamiento lo atormentaba.

Mientras leía una crónica sobre las posibilidades de que Barcelona se lleve a Maradona; desde la calle, se paro frente a su ventana Robledo; el vicepresidente

del club; no fue casual el encuentro, el dirigente sabía las costumbres de Cacho y sabía donde y a que hora encontrarlo

-¡Cachito!, pero que casualidad, justo hoy andaba pensando en vos; ¿aprovechando el dia no? Esta bien, esta lindo, y yo también salí a caminar un poco; todo el dia con la familia es demasiado…

Cacho le adivinó la intención y antes que Robledo le pregunte si podía pasar, le hizo una seña para que entre y se siente. Cacho era un tipo sencillo que no tenía problemas con nadie y todos lo querían y lo respetaban asi como era, a pesar de su insistencia en vivir en el pasado.

Robledo se sentó enfrente, y se decidió a decirle la verdad de ese encuentro; que no era casual.

-Te conozco hace mucho Cacho; sabía que te podía encontrar acá, no quedan muchos bares viejos, como los que te gustan a vos. Ya me contaron que fuiste a entrenar, no te enteraste de la suspensión de la práctica de hoy, tenes que comprarte un celular Cachito, mira, mañana te llevo uno, te lo regalo yo, de corazón, no podemos estar incomunicados con vos, sos el líder del equipo.

Cacho sin mirarlo, tomo un sorbo del vaso, cerró la revista que estaba abierta en una página dónde había una nota que narraba, en forma de parodia, sobre el cajón que Hermino Iglesias había quemado en el cierre de campaña de las elecciones de 1983; y luego levanto la mirada y le dijo de manera concluyente, como para no darle lugar a que le insistiera:

- Yo no voy a usar nunca uno de esos aparatos malditos, si queres regalarme una radio portátil AM a pila; además incomunicado no estoy, pueden llamarme al fijo

- Pero Cacho, ya nadie usa el fijo, todos se manejan con los mensajes, es más práctico, sin necesidad de hablar; y además nadie tiene tu número.

- Lo podrían buscar en la guía, sino la quemaron para prender el asado….pero bueno, para eso viniste a verme; mirá Robledo, sos uno de los directivos que mas respeto, mejor dicho al único, pero no me vengas con todas estas cosas modernas, a mi déjame asi que soy feliz.

- No, no venía solo para decirte eso –Robledo se empezaba a poner incómodo, nervioso, no sabía como seguir, no lo podía mirar directamente a los ojos- mira Cacho, te venía a decir otra cosa que quizás no te guste mucho, pero te aprecio mucho y no quiero que te enteres de otra forma.

Robledo se quedó un instante en silencio y Cacho lo apuró.

- Dale, largá, decímelo de una que va a doler menos, ya me imagino….

- No…pará, no te hagas la cabeza, que estas pensando.

- Los pibes de las inferiores son mas rápidos, ahora hay que jugar a mil por ahora, como en la vida, no se piensa mas, solo se corre para adelante; asi nos va….¿pero que pasa’, me mandan al banco, no me renuevan…dale largá sin anestesia.

- No Cacho, no es con vos, bueno, te afecta, no te va a gustar, y no lo vas a aceptar, pero el mundo cambia y el futbol también cambió, no solo en la táctica y en el juego, ahora es todo negocio, sin plata no se consigue nada, y el club está bastante jodido; a veces hay que tomar decisiones que no son muy simpáticas para el hincha, pero a la larga nos va a convenir a todos….mirá se trata de la camiseta Cacho. Hay que sacar una raya de la camiseta.

- ¿una raya de la camiseta?

- En realidad no es que sacamos una, es decir, va a tener la misma cantidad, pero la del medio, la azul va a tener que ser blanca y con una publicidad en el medio.

- ¿Cómo blanca? Estan locos….a quien se le ocurre poner una raya blanca en medio de la camiseta con bastones azules y negros.

- Es que lo exige el nuevo Sponsor, ellos dicen que para que se vea bien la publicidad y resalte mas, necesitan que sea sobre blanco, igual las letras van a ser negras y azules asi que no se va a notar tanto.

- Pero nadie piensa en la tradición, en los colores, todo por plata, porque no se buscan un sponsor mas ubicado, con la publicidad en la espalda, ustedes aceptan cualquier imposición.

- Pero Cacho, es la modernidad, tampoco es para tanto, mira, ¿a vos te gustan las cosas que pasaron en los 80 no?, acordate en 1985, River; uno de los dos mas grandes del país, se sacó la banda roja de la espalda, asi se veía mejor la publicidad, ¿y que pasó? Nadie hizo ningún escándalo, después salió campeón del torneo argentino, de la Libertadores y del mundo; y todo el mundo contento, ya nadie se acuerda de la camiseta, no se murió nadie de tristeza por haber sacado esa banda roja, lo que importaba era el resultado; en poco tiempo te acostumbras al nuevo diseño, si lo único importante es ganar; olvidate!

- ¿Qué me olvide de que?

- No….olvidate es una forma de decir, como “no te hagas problema”, “ya paso”, “quédate tranquilo”

- Ves, ahí está el problema, estamos en la sociedad del “olvídate”, todos nos olvidamos de todo, de nuestras raíces, de las cosas buenas que nos pasaron, de las malas, de los que hicieron grande el país, el futbol, de los viejos –Cacho hizo una pausa, como tratando de acordarse de algo, y como si después largo ese verso, el único que sabe de memoria y que había aprendido de chico – “El olvido no es victoria sobre el mal ni sobre nada, y sí es la forma velada de burlarse de la

historia, para eso está la memoria, que se abre de par en par en par, en busca de algún lugar donde encontrar lo perdido; no olvida el que finge olvido, sino el que puede olvidar”

Robledo no podía creer lo que acaba de escuchar, no conocía esa faceta oculta de Cacho, lo hacía un gran jugador, pero nunca se imaginó que un jugador de futbol pudiera recitar una poesía entera de memoria; Cacho se dio cuenta de esto, y no se la dejó pasar:

- ¿No te la esperabas no?, claro, un jugador de futbol no lee un libro, no va al teatro, no mira documentales, solo escucha cumbia....y sí, en parte es verdad, pero a los dirigentes siempre les convino que no piensen mucho, igual ya cambió la cosa, los pibes de ahora llegan a primera y ya se hacen millonarios; que van a leer, si esta la play Station, feibuc, Instagram, los grupos de wasap…mirá si se les va a ocurrir andar con esas cosas con dos tapas que recubren unas 300 páginas escritas; viste yo leo todavía….soy antiguo.

Robledo se despidió con una sonrisa, cuándo se estaba levantando de la silla Cacho cambió se puso serio y le dijo en tono de confesión:

- A veces intento cambiar, mirar para adelante, pero me cuesta Robledo.

Robledo le dio un abrazo y salió del bar. Cacho se quedó un instante pensativo. Luego pidió la cuenta, pagó en efectivo y salió también.

Cuándo llegó a la casa le contó a su mujer lo que había hablado con Robledo. Le contó lo de la camiseta, y terminaron discutiendo como siempre.

- Yo esa camiseta con una raya en blanco no me la pongo; antes de eso dejo de jugar

- ¿Y a dónde vas a ir a jugar; o vas a a buscar otro trabajo?, tanto lio por una raya; el mundo avanza Cacho, hoy todo es plata; capaz que hasta les empiezan a pagar mejor cuándo tengan esa propaganda; deja de hacerte problema por esas cosas.

- Si, el mundo avanza pero cada vez hay mas miseria, menos cultura y mas individualismo. ¿De que sirve el progreso si cada vez estamos peor?.

Esa noche Cacho se sentó en la mesa, con su vaso de vino y su sifón frente a él, pero casi no comió ni habló. Cuándo la mujer levantó la mesa le dijo que le había conseguido un turno con un psicólogo. Cacho ni la miró, se levantó y se fue a la cama. Una vez acostado la mujer escuchó el grito que venía de la cama:

- ¡A mi no me van a cambiar, y no necesito ningún psicólogo!

Al otro día fue a la práctica, antes de empezar a entrenar ya les habían comentado a los jugadores lo de la nueva camiseta; nadie protestó, al contrario, todos creían que era una buena posibilidad de que les mejoren los contratos. Cacho ese día se sintió mas solo que nunca. Pidió permiso al técnico y se retiró un rato antes de la práctica. Cuándo llegó a la casa le preguntó a su mujer cuándo tenia que ir a la consulta con el psicólogo.

Cuándo Cacho entró al consultorio lo primero que buscó fue el diván en donde debía acostarse boca arriba para empezar la sesión. Solo vio un escritorio, un sillón cómodo en dónde estaba sentado el psicólogo, una silla del otro lado, no tan cómoda y la pared llena de cuadros con diplomas de seminarios y curso que llevaban el nombre de Santiago López Sacardi; su segundo apellido le caía bien ya que le recordaban al gran jugador del Ferro de los 80; era lo único que le agradaba de toda esta situación.

Luego que el Doctor le explicara que lo del diván ya había quedado en el pasado (lo que significó un primer duro golpe para Cacho), le propuso a su paciente que es lo que le sucedía y porque había decidido acudir a su ayuda.

-Problemas con el presente….todo el tiempo extraño el pasado

- Entonces quizás los problemas sean con el pasado; ¿porqué no se explaya un poco mas?

- Soy un nostálgico, no lo puedo evitar, luche mucho tiempo para apaciguar tanta nostalgia, pero me di cuenta que no podía, porque me gustaba, la necesitaba. No creo que todo tiempo pasado fuera mejor, pero yo extraño ese tiempo que ya pasó. Tienen que haber pasado unos veinte años para que me empiece a pasar esto de la nostalgia extrema, no era mejor ni peor, pero era otro tiempo, y yo también era otro, me veo desde afuera y eso me gusta.

Cacho hizo una pausa, esperaba que el hombre sentado enfrente le diga algo; pero al ver que este se concentraba en encender su pipa, perdió toda esperanza de algún breve comentario; solo le dijo una palabra: “Continúe”

- La cuestión es que me obsesioné con la década del 80; empecé escuchando recortes de programas de radio y de de esos años; leyendo revistas y diarios, yendo a las hemerotecas, porque tampoco me servía buscar archivos digitales en la web; necesitaba tocar esos diarios amarillentos, gastados por el tiempo, ver las fotos y las diagramaciones de las páginas de aquellos tabloides. Los avisos publicitarios, las grillas de los programas de televisión, la cartelera de cine y teatro, las historietas de la última página y la alineación de los equipos y la tabla de los equipos de futbol. Todos los partidos se jugaban los domingos y empezaban

todos a las 15:30; entonces uno en la radio podía escuchar su equipo y estará atento al llamado de otras canchas cuándo se producía un gol. Y los sábado los del ascenso….el mundo estaba muy bien así.

Lo miró al Psicólogo, esperando algún comentario; ya estaba perdiendo las esperanzas de que su exposición tenga algún tipo de repuesta, el hombre que estaba frente a él estaría pensando en que va a almorzar hoy al mediodía o en que tiene que llamar al servicio de cable para pedir un descuento; sin embargo Cacho siguió hablando, esta vez, pero esta vez sintió que se hablaba a el mismo; le empezó a gustar su monólogo; hasta metía algo gracioso en el medio. En un momento ya no existía una persona sentada enfrente, ni un consultorio ni una sesión de terapia; solo eran él y sus palabras.

En un momento, dejó de hablar, miró al Psicólogo, este estaba ocupado tratando de acomodar el portarretrato en el escritorio; se levantó de su silla y le dijo secamente.

- Usted que piensa?

- Por hoy está bién, continuamos la próxima.

Pero no hubo una próxima; Cacho no volvió nunca. También dejó el futbol. Comenzó a escribir primero acerca de todo lo que le molestaba de la modernidad. Su hijo se lo publicaba en las redes sociales; se ve que a alguien le gustó y le propuso la publicación de un libro. Nunca dejó de escribir; ya tiene 4 libros escritos y se lo conoce en el ambiente como el escritor nostálgico.

EL BAR Y LAS BOMBAS

Cuando nace la noche de un sábado, se crea un clima único, misterioso y romántico sobre las personas. Y así como los domingos al anochecer es común que nos gane una cierta nostalgia, combinado con una preocupación por volver a la vorágine de la semana, y en algún lugar de nuestro inconsciente se nos aparece la idea de la muerte, pensando que así como muere el domingo también nuestras vidas tienen un final; con los sábados al anochecer pasa lo inverso, flota sobre nuestro espirito un aire de nacimiento, de alegría y entusiasmo.

Dante con sus 10 años ya sentía algo especial por esas nochecitas de sábado. La tarde la había pasado en el parque, la pelota en el potrero durante toda la tarde, y luego la merienda, el baño, vestirse bien, sin saber y sin quererlo, porque a esa edad para los chicos del barrio la única indumentaria importante eran los pantaloncitos cortos, los botines y la camiseta de su equipo; en esa época a principio de los 80, esas camisetas de tela gruesa, resistente a todo tipo de tironeo; con los colores bien intensos; ya Dante sabia que esa banda roja, bien roja y bien ancha era la única ropa que le importaba, porque el blanco debía ser bien blanco y así podía brillar mas esa banda roja, bien roja. Y lo que la hacia única y que le daba todo el valor que no tenia ninguna otra prenda era ese escudo, que dibujaba en todos lados; si el escudo era el corazón expuesto sobre su pecho. Algo que lo enorgullecía mucho mas que la escarapela sobre el delantal en los actos patrios del colegio.

Y con la ropa de sábado a la noche, quizás un jean que usaba solo para los cumpleaños y una remera llamativa que le habría regalado una tía o una abuela

para el día del niño, salía con su padre cuando el sol del sábado ya se había ido a dormir y la luna se lustraba su platinado cuerpo.

Pero resulto ser que esta iba a ser una noche especial, se terminaba la década del 80 y Argentina venia teniendo un litigio con Chile por tres islas que estaban en el límite de ambos países. En los dos países ya hacia unos años que gobernaban dictaduras, militares nefastos, hombres para los cuales, la vida de los seres humanos, importaban muy poco, sino eran del tipo de individuos que ellos creían útiles a la sociedad, adiestrados a esa lógica servil, sumisa y adaptados a ese sistema inhumano en dónde los intereses de los poderosos eran mas importante que las necesidades básicas del resto del pueblo.

Dante, con su corta edad no entendía bien lo que pasaba, le llamaba la atención que cada vez que ese hombre con bigotes aparecía hablando por los cinco únicos canales que había en aquellos viejos televisores blanco y negro, su padre se enojaba puteaba, y su humor cambiaba por el resto del día.

A veces también había discusiones en alguna reunión familiar en la que uno de los abuelos le recriminaba a su padre, militante peronista, que estos militares habían venido a poner orden, y que la culpa de todos nuestros males la tenia un tal Perón.

Pero volviendo a esa noche de sábado, mientras su padre caminaba por las calles cada vez mas oscuras de parque Patricios, le contaba a Dante que esa noche las autoridades habían programado un simulacro de bombardeo, el mismo consistía en un apagón general de todas las luces de la ciudad, para dificultarle las cosas a los aviones chilenos en caso de un ataque aéreo sobre la ciudad de Buenos Aires.

Ya llegando al bar donde su padre iba a tomar su aperitivo con frecuencia, se escuchaba la voz ronca de aquel canillita de baja estatura; un hombre de mediana

edad que parecía mayor, de rulos y con una voz gastada, gritando: “La quinta de la Razón, Crónica, diarios.... "Y lo primero que hacia el padre de Dante era comprar la quinta de la Razón, ese diario tabloide de grandes páginas, que había que tener una buena técnica para doblarlo en varios pliegues para poder leer los artículos ahí escritos.

Dante entraba y se acomodaba en la mesa mas cercana a la barra, su padre, siempre se paraba en la barra pedía su aperitivo, casi siempre un Gancia puro, y para su hijo una coca que siempre venia acompañada de unos palitos salados. El diario quedaba en manos del niño, ya que el padre se ponía a conversar con la gente del bar sobre Futbol, tango, política y todos esos temas que se acostumbran a hablar en un cafetín porteño con gente que uno ya conoce u otras personas que uno ve por primera vez.

Dante, mientras tomaba su coca, empezaba a hojear el diario, siempre desde la última página; primero las pequeñas historietas de la contratapa, y luego lo mas importante; la formación de River para el partido del domingo , con los nombres que ya conocía de memoria, de tanto escuchar las transmisiones de los partidos por radio. Fillol, Saporiti, Pavoni, Pasarella, Hector Lopez; JJ Lopez, Merlo y Alonso; Pedro Gonzalez, Luque, Comiso. DT. Labruna. Entonces se quedaba tranquilo, era el equipo que mas conocía y estaban los 11 del póster que tenia pegado en su habitación, en la pared detrás de su cama.

Esa misma noche se jugaba el partido entre Huracán y Talleres; era el partido adelantado de la fecha, el partido se jugaba en la provincia de Córdoba. Si Huracán ganaba quedaba puntero faltando una fecha para que termine el campeonato. Dante ya había pasado de las historietas de la contratapa y de los deportes a lo que para el era el postre de ese tabloide de papel; el juego de los

siete errores; para eso su padre; le pedía una birome al mozo para que Dante comience lo que para el era el desafío intelectual mas importante de sus tiempo, inclusive mas importante que esos tediosos problemas de matemática que tanto le costaban y que además no disfrutaba de resolverlos. Pero ahora la cosa era mas simple; dos recuadros pegados uno al lado del otro con un dibujo cada uno que a simple vista parecían iguales, pero que tenían 7 pequeños detalles diferentes, los cuales el jugador debía marcarlos (Dante prefería encerrarlos en un pequeño circulo; aunque sabia de otros aficionados que se inclinaban por marcar con una cruz). Y al cabo de un tiempo, mientras ya redondeaba la quinta diferencia, se escucho la voz ronca del canillita que gritaba “ Diarios!!, La Razón, Crónica, …..último momento!!! Es inminente un ataque aéreo de Chile sobre Buenos Aires!!!!!.....

Todos los que estaban en el bar se comenzaron a inquietar. Dante escuchaba el diálogo de su padre con el mozo, mientras decidía si en el zapato del personaje del dibujo había una diferencia de color con respecto al otro dibujo o si solo era un tema de impresión del diario….

- Parece que se esta complicando- dijo el papa de Dante

- Entonces si bombardean hoy, ya no va a ser un simulacro sino algo real-contestó el mozo, mientras se empezaba a poner nervioso y se notaba en el temblequeo de su bandeja mientras le llevaba un wiski doble al hombre junto a la ventana.

Mientras Dante redondeaba el zapato, ya que lo último que escucho lo puso ansioso y decidió que había que terminar rápido el juego de las diferencias, se escucho una explosión que dejo sin palabras a todos los que estaban dentro del

bar. Al mismo tiempo del estruendo se corto la luz. El dueño del bar, que estaba pálido, salió de la barra apurado, mientras exclamaba.

- Todos al sótano!, ahí vamos a estar seguros.

El padre de Dante tomo a su hijo de la mano y siguió al mozo, que de los nervios tiró la bandeja y se apresuró abrir la tapa de madera que estaba en el piso y que conducía al viejo sótano del lugar.

Las explosiones se empezaron a escuchar cada vez mas fuertes y mas cercanas. Los cuatro hombres que habitaban el bar, mas Dante comenzaron a bajar las escaleras siguiendo al dueño, que había prendido una vela e iluminaba la entrada al improvisado refugio.

Una vez adentro se quedaron sentados sobre unas cajas de gaseosas que hacían de banquetas. El primero que habló fue el papa de Dante, que sintió la necesidad de que su hijo no se asustara mas de lo que ya estaba:

- Acá no nos va a pasar nada, solo hay que esperar- lo miro a Dante y le hablo a el – y en casa tu mama y tu hermano ya deben estar en el subsuelo, así que tranquilo que a ellos no les va a pasar nada malo.

Dante, con sus 10 años, quería demostrar valentía, estaba a punto de llorar, y para que no lo noten los demás, abrió el diario que seguía en su poder, e inclinó su cabeza sobre la página en donde estaba su juego de las diferencias y se quedó mirando fijo el dibujo, haciéndose el que no le afectaba lo que pasaba afuera.

-En el 55 yo estaba en la plaza -dijo el dueño del bar- y eso si que fue un bombardeo, pero mucho peor, porque en ese momento eran los milicos nuestros

que estaban bombardeando a su propio pueblo, esos si que eran verdaderos traidores.

De ese comentario derivó una charla sobre lo que había pasado en aquella vez; había que hablar de algo aunque sea para pasar este mal momento. Luego el hombre que antes estaba sentado junto a la ventana quiso cambiar el tema y preguntó como habrá salido el partido, argumentó que era fanático de huracán, pero se ponía muy nervioso si escuchaba el partido, y que se había tomado por costumbre ir al bar a tomarse un escoces mientras se jugaba el partido, además lo utilizaba como cábala.

Había pasado ya una hora sin que se escuche ninguna explosión. Dante se había quedado dormido sin descubrir la séptima y triunfal diferencia. Los hombres hablaron entre ellos y luego de un intercambio de opiniones decidieron salir del sótano. La luz había vuelto. Todo parecía estar en calma. Mientras todos miraban lo que pasaba tras las ventanas, Dante caminaba ya despierto sin entender bien lo que había pasado. El dueño del bar fue hacia la puerta y levantó la persiana, que había cerrado antes de bajar al sótano, todos se dirigieron con mucha precaución a la vereda; el canillita que se había quedado afuera se acercó al encuentro de los cuatro hombres y con su voz mas ronca que nunca y los pocos diarios que le quedaban le preguntó al dueño del bar porque había bajado la persiana. El hombre, sintiéndose un poco culpable le contestó: - Mire para todos lados para decirte que vengas adentro para refugiarte de las bombas pero no te vi

- ¿bombas? -Preguntó el canillita, y continuó:

- -Si, eran bombas de estruendo, no es bueno que festejen antes de tiempo ya se sienten campeones los de huracán.

Todos se quedaron sin palabras, se miraron entre ellos, el primero en reírse fue el hombre del wiski, aliviado mas por el triunfo quemero que por la posibilidad de un bombardeo. El mozo tiro una puteada. El dueño del bar bajó la mirada, y se metió rápido en el bar. El papá de Dante saludó a todos, tomó de la mano a su hijo y comenzó a caminar por Caseros. Dante caminaba pensando con el dibujo en su mente cual podía ser la última diferencia. En todo caso al llegar a su casa se iba a resignar e iba a mirar la solución al pie de la pagina. Al lado de ellos paso un Peugeot 404 con la bandera de huracán tocando bocina y con sus integrantes gritando dale globo. Esa noche, el simulacro ya había terminado, y en Córdoba Huracán había ganado 2 a 0. Con solo empatar de local la próxima fecha sería el nuevo campeón.

EL CANTANTE

-Puede ser que suenen tan desafinados! -Solia quejarse el Director Técnico de Deportivo Sur, el equipo que llevaba su nombre, ya que la sede estaba unos metros antes del Puente Alsina. Su equipo jugaba en la primera C, pero como su presidente tenia conexiones con varios países de Latinoamérica, debido a que en otras épocas traficaba limones a los países de Paraguay, Bolivia y Uruguay, siempre lo invitaban a jugar a algún certamen internacional con equipos de las divisiones inferiores de esos países.

El problema es que como se trataba de torneos internacionales, antes del comienzo de cada partido, como era costumbre en esos tipos de torneos, se entonaban los himnos de los países que se confrontaban.

-Pancho no se preocupe, -le decían los dirigentes del club- que estaban mas preocupados por la cosecha de limones, ya una banda de retractores del limón, pensaban que la vida ya era demasiada agria y les boicoteaban las plantaciones- los muchachos juegan bien y dejan todo por el equipo, mire si se va a hacer mala sangre porque desentonan cuando cantan el himno-

-como no me voy a preocupar- gritaba Pancho- estamos representando al país, nos escuchan todos y algunos se rien, mientras otros optan por taparse los oídos, además, ni siquiera cantan bajito, se creen que son mas argentinos porque cantan mas fuerte, no se puede ser tan intenso durante toda la canción, tienen que mantener el nivel y subir y bajar los notos como corresponde, es nuestro himno, nos podríamos preparar un poco mas, esto asi no puede seguir.

Los dirigentes se miraban entre si, y nadie decía nada debido a que le tenían un gran respeto a Pancho, que que venia trabajando desde las divisiones inferiores. Lo de Pancho era un tema que venia de su infancia, vivía en un pueblo perdido de La Pampa, fue a la única escuela de ese lugar, una escuelita carecía de todo, pero el coro de la escuela era lo mejor que tenia el pueblo; y el era su estrella. Los domingos hacían festivales en donde iban todas las familias y hasta gente de los pueblos cercanos, a escuchar las canciones. Cuando algún compañero desafinaba, Pancho le dejaba de hablar por una semana. A los 10 años le empezó a gustar la hija del gerente del Banco del pueblo. Una chica de pelo castaño claro y muy largo, ojos y boca grande y de las mas bonitas del pueblo. Durante tres años, y en silencio, estaba enamorado de ella. En el aniversario del pueblo se hizo un festival

en donde Panchito algunas zambas románticas y la gente lo aplaudio de pie; Carito, la hija del banquero lo felicitó después de su actuación y lo invitó a comer a su casa esa misma noche, con el permiso de su padre, no solo a el sino a toda su familia. Pero Carito tenía un solo defecto; su voz….Pancho la escuchaba y sentía como le dolían los oídos, no podía apreciar su belleza; trataba de hablar siempre el para no darle la oportunidad de que ella hable, y hablaba continuamente para que de su boca no salga ni siquiera un monosílabo. Un dia, la pareja hizo un picnic al lado del lago y Carito le pidió que le cante su canción preferida; para sorpresa de el, ella se sumo a cantar el estribillo; a Pancho le pareció como que se estaba por descomponer, su estómago empezó a darle puntadas, no sabia que hacer y fingió un ataque de tos para que se interrumpiera la canción y sus oídos no tuvieran que seguir sintiendo esa voz tan desafinada.

Paso el tiempo, no sabemos que paso con esa pareja, pero si que cada vez se vieron menos. Ella se fue a la ciudad y siguió siendo una hermosa mujer, y el se dejo el canto y empezó a jugar en el equipo del pueblo, cuando sus piernas ya no le respondían empezó a dirigir las divisiones inferiores hasta convertirese en el técnico cantante, como lo llamaban todos.

Las cosas comenzaron a ponerse interesante para él, cuando en una de las prácticas apareció un muchacho de unos 20 años, que pocos conocían en el pueblo. Siempre iba a a ver al equipo en todas sus presentaciones y como además le gustaba jugar a la pelota decidió irse a probar. Se apareció en el entrenamiento, hablo con Pancho, y este le dijo pregunto en que posición jugaba:

-en donde me pongan y donde haga falta- contestó el Artemio, con voz suave y tímidamente- cosa que a Pancho le produjo una doble sensación. Por un lado pensó que si ni siquiera sabia de que jugaba no era un buen auspicio, pero por otro

lado valoró su actitud colaborativa, pero sobre todo le llamo la atención el tono de su voz, algo diferente al que estaba acostumbrado a escuchar a sus dirigidos.

La cuestión es que lo vio tan entusiasmado que le dijo que se cambie que ahora empezaban la práctica. En menos de de cinco minutos ya estaba con toda su ropa deportiva, con unos botines relucientes, que todavía no habían pateado ni siquiera alguna piedrita en el piso y con ganas de demostrar al técnico sus cualidades. Se juntó con sus compañeros, que ni lo registraron ya que estaban abocados a burlarse del petiso del equipo, ya que la noche anterior había vuelto borracho a la casa, y llegó sin su llave, ya que tenia la costumbre de revolearla hacia arriba mientras caminaba, solo que ayer se le había quedado colgada de una rama, a la que debido a su corta estaura nunca llego a recuperarla, con la consecuencia de tener que pedirle a su mujer, que ya estaba durmiendo que le abra la puerta, y al verlo en esas condiciones, a la mañana le volvió a poner toda su ropa en un bolso grande y a decirle por quinta vez que no vuelva mas.

Empezaron a trotar, luego se armaron dos equipos y comenzó el picadito. La primer media hora Artemio no la tocó. Un poco porque sus compañeros seguían sin registrarlo y otro tanto porque su característica principal era el manejo del tiempo, llegaba siempre tarde a todas las jugadas, no entendia para nada el juego, nunca sabia bien donde ubicarse, a quien marcar, ni a hacerse ver para que le pasen la pelota. Era muy malo jugando, Pancho se dio cuenta a los cinco minutos cuando la pelota le paso a cinco centímetro de su pie y Artemio dudo tanto sobre si pararla con la izquierda o la derecha que la pelota siguió su camino como si él no existiera.

Una vez terminada la práctica, Artemio se fue al vestuario, no hablo con nadie, un poco por timidez y otro tanto porque sabia que su desempeño había sido flojo,

y que seguramente no habría de pasar la prueba. Pancho ya sabía lo que le tenia que decir, lo de siempre, “pareces un buen muchacho, pero no todos llegan, segui jugando si te gusta, pero las ligas son muy competitivas, para que complicarte, juga con tus amigos, disfruta, y seguramente tu potencial lo tenes en algún otro rubro”. Sabía de memoria ese discurso, es el mismo que le decía a todos los que se probaban y no quedaban.

El vestuario ya estaba quedando vacio, algunos ni se bañaban, por ejemplo el arquero suplente, que como trabajaba de recolector de basura después de las prácticas consideraba que no tenia sentido pasar por el agua y el jabón si en un rato iba a estar atestado de olor nauseabundo y en contacto con los desechos de todo el pueblo, de paso se justificaba diciendo que le hacia un bien a las generaciones futuras ya que el agua era un bien escaso. Pancho era el último en irse, antes pasaba por el vestuario para ver que todo estaba bien y verificar que nadie se olvide nada, ya que una media perdida, podía ser motivo de un debate y hasta de la intervención del presidente del club durante un par de días. Era un pueblo en que pasaban pocas cosas…..

Escucho que una ducha seguía prendida y cuándo se acercaba a cerrar la canilla, mientras pensaba que asi como el arquero-basurero se esmeraba en ahorrar agua había algún otro desconsiderado que se olvidaba de cerrar bien la ducha, pensó en el 9, el goleador egoísta que nunca se la pasaba a nadie y solo le importaba marcar; asi como una se comporta en el juego también lo hace en la vida cotidiana….Pero esta vez no fue así, enseguida comenzó a escuchar un canto mas armonioso y entonado, algo que no escuchaba desde sus épocas de cantante. Era una zamba, la voz dulce y a la vez potente, llegaba bien a las notas altas y no le erraba a ninguna. Se sentó a escuchar en el banco largo de madera. Esperó, y

mientras tanto pensó en Artemio, y no se equivocó, al instante se cerró la ducha y lo vio salir envuelto en toalla.

Pancho no sabia que decirle, luego de unos segundos, miró para otro lado (para evitar el momento en que Artemio se quite la toalla) y le dijo simplemente:

-Cantas bien, te dedicas a eso?

-No –contesto- en la ducha, a veces cuando me levanto si estoy de buen humor.

Pancho se quedó un instante pensativo y luego con voz mas fuerte y decididida le dijo:

-Bueno, mañana arrancamos a la misma hora, hoy fue tu primer dia y quizás estabas algo tenso, tenes que estar atento a tu posición en la cancha, y saber cuándo es el momento en el que te podes soltar sin quedar mal parado.

Artemio no pudo evitar la sonrisa, le agradeció y se fue con la sorprendente noticia de haber pasado la prueba.

Al otro día Pancho, estaba ansioso,apenas llegaron los jugadores los hizo formar, como para cantar el himno antes de un partido les dijo, los jugadores se miraban sorprendidos entre ellos, algunas se queían reir, pero temían que Pancho los viera, y se aguantaban. Se formaron.

Canten el himno bien bajito, todos bien bajito, tratando de afinar lo mas puedan, vos Artemio canta mas fuerte, normal, tiene que sobresalir tu voz.

Cantaron, Pancho los obeservaba y escuchaba pensativo; cuándo terminaron, les dijo que estaba bien, que se pongan a trotar que empezaba la práctica.

Asi fueron todas las prácticas, antes del partido que iban a jugar a Bolivia, Pancho ya casi no les decía nada de táctica o estrategia, pero siempre les hacia sugerencia a los jugadores sobre como entonaban.

Llegó el partido en La Paz, se formaron los dos equipos para cantar los himnos, cantaron y salió mejor que nunca. Hacia mucho tiempo que Pancho no sonreía. A los 15 minutos del partido, Pancho lo sacó a Artemio y asi fue durante todo el tiempo que este estuvo en el club. Solo lo ponía de titular los días que había que cantar el himno y lo sacaba al ratito. Ese día en Bolivia habían perdido 6 a 0. Uno de los colaboradores, cuándo terminó el partido le dijo a Pancho:

-Nos mato la altura….

-Si –le contesto Pancho- puede ser la altura, quizás la próxima haya que hacerla en un tono mas bajo.

EL FEO Y LA MUERTE.

-Cuándo se agachaba y sacaba la joroba ya era medio gol- nos contaba mi viejo, en la sobremesa a mí y a mi hermano, que ya habíamos descubierto que nuestro mundo giraba en torno la pelota. Todas las historias las escuchábamos como ese preciado cuento antes de dormir, pero los de futbol eran los preferidos. Y mientras mi viejo le daba sorbos a su vaso de tinto (con una minúscula dosis de soda) continuaba: - Le decían el feo, y si, galán de cine no iba a ser, pero con la pelota era pura belleza; era una de las cinco piezas claves de esa máquina-, (Muñoz, Moreno, Labruna, Pedernera y Lustau), habíamos aprendido esos nombres

mucho más rápido que los que conformaban los de la junta de mayo, y eso que nos gustaba esa historia que le tanto le contaban en el colegio de la gente con los paraguas, las mazorqueras, el aguatero, y el sereno que prendía las luces cuándo anochecía, pero la palabra del viejo influenciaba más, y entonces lo escuchábamos sentados en el piso con una atención que solo a esa edad las personas tienen la capacidad de entregar, porque después uno crece y la cabeza se empieza a llenar de tantas cosas (tantas como inservibles) que ya no se puede estar más que unos segundos entregados a la recepción absoluto sin que se nos cruce alguna idea, un concepto, otro pensamiento (casi siempre inservible). Y la atención se cortaba cuándo mi madre terminaba de lavar los platos y nos mandaba a dormir: -Vos seguí con las historias, total mañana soy yo la que los tengo que despertar para que vayan a la escuela.

Entonces la historia del feo tenía que seguir mañana, o algún otro día, pero nos íbamos a la cama pensando en cómo iba a terminar en gol esa jugada de Labruna. Me costaba imaginarlo joven, porque eran los 80 y Angelito, ya era como un abuelo, no parecía tan feo de viejo, más bien era como un personaje sabio que ahora era director técnico y no se cansaba de ganar campeonatos con la banda roja.

Una noche de 1983, yo estaba con algún virus de esos que nos agarramos a esa edad y nos dejan 3 o 4 días en cama. Y más que padecerlo se disfrutaban esos días en que teníamos toda la atención exclusiva de nuestros padres, nos sentíamos los preferidos, no había retos, solo había que estar acostado y ver como mis hermanos debían ir a la escuela

Además, durante el día la pasaba en la cama grande de mis padres, para no contagiar a mis hermanos, los tres dormíamos en una pieza chica en dónde solo cabían las camas; entonces en la cama grande era dónde pasábamos esos días.

Esa noche, para pasar el aburrimiento, mi viejo me prestó su radio spika a pila. Como lo único que me interesaba era el futbol, me sintonizó “La Oral Deportiva” aquel clásico programa que era el más escuchado de esos años, conducido por José Maria Muñoz.

Uno de los periodistas contaba que había fallecido Angel Labruna. “Había sido operado de la vesícula y se estaba recuperando. Lo había ido a visitar el arquero Ubaldo Matildo “el Pato” Fillol con quién se aprestaba a salir a caminar pero de repente sufrió un síncope cardíaco y el gran goleador, el máximo de la historia de River Plate, Ángel Amadeo Labruna, que por entonces contaba con 64 años de edad, cayó muerto en los brazos de aquél. Era el 19 de septiembre de 1983”.

Me mantuve entretenido con la transmisión, era mi primer acercamiento a la muerte, a esa edad ese tema no existe, no es causa ni de angustia ni de preocupación.

Aquella muerte me afectó, yo no lo conocía, no era un familiar, pero los relatos de mi viejo sobre su etapa como jugador, sumado a lo que yo mismo veía como técnico de River, hacían que fuera como de mi familia.

Faltaba muy poco tiempo para las elecciones del 83, todavía nos seguían gobernando los militares, pero ya en retirada. Era una época de muchos cambios para el país; pero para mí también; y a partir de la muerte de Labruna, se decretó el fin de mi vida infantil. A partir de ese día la muerte también existe.

-Que lástima que le gusten tanto esos libros –le decía Roque, el padre de Martín al tío Alfredo, mientras lo miraban jugar para el club de barrio por el campeonato infantil interzonal-, es una pena, está todo el día pensando en ese Tom Soyer, Jaquinberri, ese Corsario morocho, y todas esas historias que no sé de donde las saca. Es raro, porque en la familia no tenemos a ninguno que le gusten los libros, es que había que trabajar –y lo decía como justificándose-, no había tiempo para libros, novelas ni nada de eso que lo tienen a uno ahí, inmóvil, rompiéndose los ojos y distrayéndose de la realidad.

- Te acordas de ese tío abuelo que teníamos de chico? –le decía el tío-, ese que se la pasaba contando historias, medio indio, era el raro, cuándo venía a casa nos juntaba a todos los chicos al lado del gallinero y nos contaba unas historias raras que nos daban miedo. Capaz que lo heredó de ahí.

Martín era muy habilidoso, era la estrella del club local de un pueblito perdido del interior de la Argentina. Le gustaba mucho jugar a la pelota, no tanto cuando había que jugar el torneo; es que una cosa es “jugar a la pelota”, que para el representaba ir al campito que estaba frente a su casa, armar un picado con los amigos y otra “jugar el interzonal”. Ahí sentía la presión del padre, del tío, del entrenador y de todo el pueblo que los iba a ver. Y había que hacer quedar bien al pueblo, no se podía perder. Pero a los 12 años un chico no sabe mucho todavía eso de ser competitivo, ni de egos ni de sentirse mejor que otro porque gano su equipo. A ese edad un chico quiere jugar, “jugar a la pelota”, en el potrero, sin los grandes, poniendo las camperas haciendo de los palos del arco y sin un tiempo estipulado, simplemente hasta que se cansen de jugar.

A Martín le gustaban los días que no hacía frío porque asi iba al colegio con los pantaloncitos cortos debajo del guardapolvo, entonces cuándo llegaba a su casa

luego de pasar el día en la escuela, solo tenía que sacarse guardapolvo, ponerse la camiseta con el 10 en la espalda y ya estaba listo para cruzar al potreroi para jugar a la pelota con los chicos de ahí.

Pero a la noche, luego de cenar, mientras todos en la casa se quedaban viendo en la televisión los programas de moda, el se iba a su cuarto, se acostaba y con la luz del velador al lado de su cama se ponía a leer historietas. Su mundo a partir de ese momento no era el de los demás, era el de los personajes y las aventuras de esas historias. Hasta que se quedaba dormido con la revista sobre su pecho, y en sus sueños continuaba viviendo en su mundo de ficción.

Cuándo cumplo 13 años le hicieron una pequeña fiesta en su casa, invitando a los chicos vecinos y a algunos del 7° grado. Recibió muchos regalos ese diá, un jabón en forma de jugador de futbol, que nunca lo quizo usar para que no empiece a perder su forma, unas medias con el escudo de River, una pelota que le regaló su tío Alfredo, pero no con gajos hexagonales, sino esas que los gajos eran rectangulares, un poco mas baratas, pero al poco tiempo empezaban a tomar forma de huevo, sino llegaban a reventar antes, todos los regalos tenían que ver con el futbol, menos uno que fue el que mas valoró y el que lo alegró mas que cualquier otro. Era un libro ilustrado, con hojas de buena calidad, cuyo contenido era en forma de historieta y contaba las aventuras de Robin Hood.

Mientras fue creciendo siguió con sus dos pasiones, el futbol y la pelota; en esos tiempos, esas actividades no interferían entre sí; podía escribir sus historias durante el tiempo que estaba en la escuela, ya que no necesitaba prestar toda su atención a sus maestros porque le resultaban fáciles los contenidos de la mayoría de las materias; en la única que sí debía atender sin distracciones, era en matemática, con los números no tenía la misma facilidad que con las letras.

Llegó a primera y para su familia fue como recibirse en la facultad, o mejor aún, porque no solo estaba en juego ser el orgullo de la familia, sino también ser su “sostén” económico. Pero para Martín, no llegar a primera también era como recibirse, aunque no estaba demasiado seguro de que era lo que realmente quería para su vida. Durante las inferiores, poco a poco fue dejando de escribir, pero nunca de leer; de a poco fue cambiando de género, a las novelas de aventuras de su ápoca infantil le habían seguido los géneros policiales y de suspenso; había pasado por Poe y Doyle, luego tuvo su período revolucionario y se dedicó a autores latinoamericanos como Neruda, Cortazar, Bennedetti, y Garcia Marquez, de ahí paso por una etapa espiritual y filosófica en dónde se adentró en la literatura de Herman Hesse, y en el momento de llegar a la primera división estaba inmerso en la literatura rusa; tanto es así que la noche anterior debutar en primera no podía dejar de pensar en los tormentos que le aquejaban a Rakelinkov, resultando que se durmió mas preocupado por pensar en la forma en la que podría llegar a zafar de la cárcel el pobre y atormentado ruso que de la suerte que le depararía a él en su primer partido en primera.

No tardó en convertirse en la figura y capitán del equipo; el manejo del grupo para el no era ninguna tarea difícil; siempre que surgía algún problema de convivencia recurría a un viejo libro en el que un avión caía en medio de una montaña y los sobrevivientes debían convivir en las peores condiciones para poder superar todo tipo de adversidades. Martín no solo era un lector pasivo que luego de leer alguna novela, estaba quedaba algo del pasado que había servido para pasar buenos momentos de lectura; cada lectura que terminaba se incorporaba a su esencia y formaba parte de su ser; las enseñanzas que le dejaba esa historia o las vivencias

por las que pasaban sus personajes, de aquí en mas le iban a servir a él para aplicarlas en su vida cotidiana y en las relaciones con su entorno.

Cuándo un compañero de su equipo no ponía la garra suficiente en los partidos, se le acercaba en el vestuario, siempre lejos de los otros compañeros y le contaba las aventuras de Robinson Crosoe, si notaba que algún otro jugador se bajoneaba tras una derrota le hablaba sobre la Don Quijote, y cuándo se daba cuenta que había un habilidoso en el equipo, que jugaba de manera egoísta, y solo para lucirse él; lo torturaba durante varios días con la historia de Los tres mosqueteros; y cada vez que el equipo se perdía de convertir por alguna maniobra individualista de su compañero morfón, se le acercaba y le decía tapándose la boca: “Todos para uno y uno para todos”.

En su momento de mayor exposición, las presiones comenzaron a aumentar en su vida. Su representante le hablaba todo el tiempo de cambiar de club, tenía ofertas del exterior, pero Martín estaba arraigado mucho a su territorio y no quería irse a ninguna otra ciudad, y mucho menos a otro país. Su familia también lo presionaba para que acepte ir a un club de Primera División. En ese momento había tres clubes de Buenos Aires que estaban interesados en su contratación. Pero el dudaba mucho de partir a la ciudad, por un lado creía que irse, era una forma de conocer nuevos lugares, otras personas, y alejarse un poco de todo lo que lo rodeaba, que por momentos lo hastiaba; pero tampoco le quería dar el gusto a los demás y ser la moneda de cambio, comprometiéndose a jugar en la máxima liga del país; temía que haciendo eso, ya no podría conseguir su sueño de escritor; y que iba a terminar siendo una de esas estrellas, llenas de plata y famosa pero infeliz.

Su representante, su padre y su tío se reunieron e idearon un plan para que Martín acepte la oferta de ir a jugar al equipo de Buenos Aires que haga la mejor oferta para llevarlo.

El plan consistía en regalarle libros, cuya temática sea la ciudad de Buenos Aires; historias de sus calles, sus personajes, las leyendas, el arrabal. Tanto prosa como poesía. La otra parte del plan era no insistirle mas con que cambie de club, sabían muy bien que Martín tenía una personalidad rebelde y que siempre intentaba hacer lo contrario a lo que le aconsejaban los demás. El primer relato que llegó a sus manos fue las Aguafuertes porteñas; lo fue a comprar el tío a la librería mas grande del pueblo. Cuándo el Tío le pidió una sugerencia y orientación al vendedor; y este último le recomendó estas crónicas de Arlt; el inculto familiar le dijo al vendedor que si las aguafuertes se trataban de una inundación en Buenos Aires no creía que fuera una recomendación positiva, para que Martín tenga una buena impresión de esa ciudad.

A ese libro le siguieron algunos de Leopoldo Marechal, Borges y hasta una guía con las principales atracciones culturales, que bien se lo podía recomendar a algún turista extranjero.

No se sabe si fue ese plan, o el hastío de Martín de su entorno que lo presionaba todo el tiempo, pero decidió aceptar la oferta de la capital del país y al poco tiempo ya vestía la remera roja de independiente; River y Boca le ofrecían mejores contratos, pero se decidió por el equipo de Avellaneda para evitar una posible riña familiar, ya que su padre era del club de la banda roja y su tio el de la franja amarilla.

Mientras volvia al departamento que el club le había conseguido en la gran ciudad, escribió de puño y letra en un cuaderno de hojas rayadas escolar que llevaba siempre a todos lados:

“En esta gran y “pobre”ciudad se escuchan bocinas, no, Argentina no había ganado el mundial ni se festejaba el campeonato de nadie; ninguna despedida de soltero ni salía ningún pañuelo que salía de alguna ventanilla por alguna emergencia. Eran bocinas de gente apurada, quizás no llegaban tarde a ningún lugar, pero igual estaban apurados. En el interior de los vehículos vi caras enojadas al volante. Caras que en algún momento rieron, miraron a algún niño tiernamente, o se emocionaron con alguna canción. Tambén vi alguna carita de algún niño sentado atrás, mirando sin entender mucho todo ese movimiento, quizás disfrutándolo desde la mirada inocente, y paciente. Contrariamente, vi caras mas felices; mas relajadas, pero iban en bicicleta, y movían el cuerpo en vez de dejarse dominar por los nervios. Entre tantas de las cosas que tienen poco sentido, una es la desproporción en el uso del espacio público; autos que ocupan un gran espacio en la calle con una sola persona en su interior, muchos autos, que congestionan, molestan, hacen ruido, liberan gases tóxicos, amenazan peatones y ciclistas; con conductores que se insultan unos con miradas, con palabras, con bocinas. Y en cada insulto, en cada bocinazo hay una frustración, un sueño no cumplido, o peor aún, el no haberlo intentado”.

Podría haber seguido escribiendo muchas cosas; pero ya tenía que bajar del colectivo; además, se estaba poniendo demasiado triste; no sabía cuál iba a ser su futuro; la pelota o la lapicera; lo que si estaba seguro es que se le iba a hacer difícil acostumbrarse a tanta locura urbana.

EXTREMO IZQUIERDO

-Los hombres son mezquinos, individualistas y egoístas por naturaleza. Afirmó Ramiro, mientras hacia jueguito con la pelota en la mitad de la cancha, durante el entrenamiento matutino del club de Saavedra. Enseguida se corrigió: -Bueno, no se si por naturaleza, cuando uno nace no tiene muchas posibilidades de mostrar su verdadera cara, un bebe no habla, aunque ya manifiesta cierto egoísmo; pero cuando crece y se desarrolla en esta sociedad capitalista, consumista y competitiva, se convierte en un ser mezquino, individualista y egoísta. El panza Garcia lo miraba con los brazos cruzados y hacia un esfuerzo para tratar de entender que es lo que quiso decir. Garcia lo admiraba a Ramiro; no entendia ni una sola palabra de lo que decía, pero lo escuchaba y trataba de recordar lo que decía para después preguntárselo a la esposa que estaba cursando el secundario de adultos y para el panza era todo un orgullo contar con tal eminencia. En cambio el Flaco Altamirano, el 9 del equipo siempre lo interrumpia y le decía: -Dale….deja de hablar comunista! Tenemos que estar al 100% para el partido del sábado y vos venis con esos discursos!....ademas no se que tiene que ver lo que decis si estamos hablando de futbol; yo lo único que dije es que el tano es un morfon, nunca la pasa porque se quiere lucir el, te digo que no le importa ganar ni ascender ni nada mas que ser el goleador del torneo. Ramiro venía de una familia clase media de la ciudad; hincha fanático de Platense desde chico. Siempre decía que su primer recuerdo; era el de un anochecer de sábado, en el cual su padre lo llevaba a upa, a

la calesita del parque, y mientras lo llevaba le cantaba canciones de hinchada: ….-soy del puente Saavedra….yo soy calamar…...- esa era la que recordaba. Y ya de chico tenia sus principios de solidaridad y justicia social: -Es injusta la calesita, los que tienen brazos mas largos son los que tienen mas posibilidades de agarrar la sortija. Los mas altos siempre tienen ventaja en todo. El padre lo escuchaba y trataba de calmarlo diciendole que tenga paciencia, que a la larga las cosas siempre tienden al equilibrio. Pero Ramiro ya se estaba cansando de ese mundo en el que los chicos son corrompidos por sus padres desde que tienen 7 años, exigiendoles y tratando de volcar sus propias frustraciones, de los entrenadores, que los miden como si fueran frutas para ver si estan verdes, maduras o pasadas, de los diregentes que no les preocupan lo que piensan, ni como se sienten mientras sean efectivos para el equipo, de los periodistas, que van desde las críticas mas impiadosas hasta los halagos desmedidos de acuerdo a las actuaciones mas o menos buenas o mas o menos malas. Y hasta de los hinchas, aunque enojarse con ellos era lo que mas les costaba, sabía que sufrían cuando perdía el equipo, pero también estaba seguro de que no les pasaba nada cuándo veían chicos pidiendo en la calle, o gente que perdía sus trabajos, o hasta algunos que ni siquiera se angustiaban un poco cuando tenían algún familiar enfermo, pero que no dormían cuándo perdía su equipo. Cúando llego al día siguiente al entrenamiento se enteró de la noticia; su club había aceptado, por una suma importante de dinero, ser el sponsor de una empresa multinacional que hace unos años se habia fusionado, y tras unas turbias negociaciones había dejado a mas de 500 empleados sin trabajo. En su camiseta número 7, el domingo del partido iba figurar el nombre de la empresa; y por supuesto, Ramiro no estaba dispuesto a aceptar. Al final la práctica, reunió a todos lso jugadores, hablo mas de media hora

sin parar, algunos ni lo miraban, otros ni lo escuchaban. Poco a poco noto el poco apoyo, dejó de hablar y se fue camino al vestuario. Faltó a la siguiente práctica, la del viernes, última antes del partido. Los que lo conocen dicen que no hablo por dos dias, que estuvo muy raro, ni siquiera hablo con su familia. El domingo del partido, llegó, miró la camiseta con asco y se la puso. Salió a la cancha y no levantó la cabeza para mi mirar a sus hinchas ni siquiera cuándo coreaban su nombre. Al empezar el partido cuándo movía su equipó ya era costumbre que el flaco Altamirano se la pase a él; y asi fué, solo que esta vez, Ramiro comenzo a correr con la pelota en contra se su propio arco, ante al mirada atónita de todos los jugadores, que se quedaron parado al ver esa acción. Cuándo llego a su arco, el arquero creyó que se la iba a pasar para que la revolee arriba, en vez de esto Ramiro pateó con furia hacia la red y gritó su propio gol en contra con toda la furia; luego comenzo a reirse, se sacó la camiseta, la tiró al piso, y se fue del estadio solo y sin haber pasado por el vestuario; ese fue su último partido.

DON RAMON Y EL PRODE

Don Ramón era un hombre de pocas palabras, pero las que pronunciaba eran esenciales e irreemplazables, las justas y necesarias. En la reuniones familiares, cuándo se almorzaban los ravioles hechos por el mismo la noche anterior; se sentaba en el centro de la mesa de los grandes; (porque los chicos tenían mesa aparte); y transcurría durante todo elalmuezo callado, pero escuchaba a sus hijos, ya adultos, a sus nueras, y a Doña Carmen, su esposa, Las discusiones, en esos almuerzos dominguero siempre subían de tono; se hablaba de política, de

economía, de futbol, de actores de moda, y de todos esos temas comunes y actuales; todos opinaban sin demasiado fundamento, pero con la certeza de que estuvieran revelando la verdad absoluta sobre esas cuestiones. El abuelo; ya octogenario, los dejaba hablar, casi ni los miraba, hasta que la discusión ya se tornaba molesta, porque cada uno se cerraba en sus opiniones y ni se escuchaban lo que decían. Entonces levantaba la mirada y empezaba su discurso en tono alto. Todos se callaban de golpe, los chicos que estábamos en la mesa de al lado, también gritando sobre temas casi tan poco importantes como los que hablaban los grandes, ya presentíamos que había pasado algo. Nosotros entendíamos que se había enojado el abuelo. Y hablaba como enojado, cansado, pausado pero enérgico, y los que mas me llamaba la atención era el silencio y el respeto que se producía en el lugar. Yo, desde mi mirada de un chico de 10 años, lo observaba con admiración, nunca entendí ni una palabra le lo que decía, pero tenía la idea de que él si sabía de lo que hablaba, y de que seguramente sus palabras eran el veredicto final a todo tipo de discusión.

Como tantos otros inmigrantes, sus padres habían venido de Italia a fines de 1900, Ramón nació con el siglo, en 1901, aprendió el oficio de albañil y se construyó su propia casa en el barrio de Chacarita, una casa con un patio en el medio, terraza, un jardín, dos piezas chiquitas sobre el corredor, que desde la puerta de entrada llegaba al patio, la cocina, unida al comedor por una ventana que hacía de pasaplatos, la habitación matrimonial principal, y un living que se usaba muy poco y en dónde nosotros, los chicos íbamos a buscar lo que considerábamos mas valioso de la casa, un frasco de vidrio grande, en cuyo interior había esos torrones de azúcar que todavía hay en algunos bares antiguos. Sin que nos vean y

silenciosamente, nos metíamos en ese lugar para robarnos unos cuantos y meternos en la boca como si fueran caramelos,

El lugar al que teníamos prohibida la entrada era su cuarto de dormir; nunca supimos porque, pero Don Ramón no dormía con nuestra abuela en la pieza matrimonial. Tenía su cuarto pequeño, apenas entrando a la casa; lo que se veía de afuera era una cama chica, y en la pared que estaba del fondo colgaba un cuadro del equipo de Chacarita campeón de 1969; era hincha del funebrero, nosotros creíamos que siempre fue de River, y que con el tiempo fue aprendiendo a querer al equipo de su barrio, la casa estaba ubicada a pocos metros de la vía del ferrocarril y pasando esa vía estaba el paredón del cementerio de Chacarita. Una de sus historias que nos contaba nuestro padre, hijo mayor de Don Ramón, era referida a una tarde en cancha de Chacarita. El abuelo gritaba un gol de su equipo, en el festejo su reloj se salía de su muñeca y caía debajo de los tablones de la vieja, y fue él mismo quién se metió debajo de esos tablones; en medio del partido para recuperarlo.

Ya de grande y jubilado seguía trabajando de cualquier cosa, todas tareas manuales, con la verdulería de al lado de su casa, o armando diferentes cosas, para algún negocio que fabricaba algún producto que nunca sabíamos de que se trataba, siempre estaba haciendo algo, salvo cuando dormia la siesta o cuándo se sentaba en la mesa a escuchar los partidos, los la B los sábado y los de la A los domingos. Se sentaba en la mesa del comedor con su radio a transistores Spika, y con todas las boletas del Prode; ese olvidado juego de apuestas en el que en una boleta rectangular se ponían 13 partidos; 9 o 10 de la A y el resto de la B, la boleta se dividia en tres columnas; cada una de ellas era para marcar en cada partido lo que el jugador apostaba; podía ser la victoria del local, un empate y un visitante,

el que acertaba los 13 partidos se llevaba mucha plata, dependiendo de la cantidad de ganadores; también tenia premio el que lograba acertar 12 partidos; aunque siempre algo menor. Don Ramon jugaba al Prode todos los fines de semanas; pase lo que pase; no sabemos bien cuándo empezó, pero continuó hasta el último de sus días. Se pasaba dos o tres horas escuchando la transmisión de futbol, totalmente desconectado de todo lo que pasaba en la casa. Siempre acompañado del mate y de los cigarrillos negros 43/70, los que fumaba uno atrás del otro.

Una vez sumo 12 puntos, pero su objetivo era llegar al primer premio, algo muy difícil de conseguir. En la mesa siempre había unas 10 boletas; las posibilidades seguían siendo bajas; pero ya el sábado a la tarde se instalaba en su mesa, para ver como le iba con los partidos de la B; que completaban la boleta con 3 o 4 partidos; y el domingo era el turno de los 10 partidos de la A. Siempre parecía estar cerca de conseguirlo, y en uno de esos fines de semana sucedió algo no previsto, que lo mantuvo unos días en vilo y que le ocasiono un dilema muy peculiar, en el que estaba involucrada su familia. Las apuestas que nunca cambiaban, eran poner ganador a River a Chacarita y nunca perder a Argentinos Juniors; a los dos primeros por la sencilla razón de que era hincha; y a Argentinos Juniors; porque en ese equipo atajaba el novio de su hija, Edgardo, un hombre que se parecía mas un gorila, de esos de que trabajan en seguridad, que un deportista.*** Como arquero, dejaba bastante que desear, le costaba mucho salir en los centros, era lento, sus reflejos no eran los de un arquero de primera; pero en esa época el club estaba en crisis y no podían traer a otro. Era un tipo bueno, callado; un poco torpe en sus movimientos y de su boca nunca salían palabras muy trascendentes; pero la chica lo quería y Don Ramón le tenia un poco de simpatía y otro tanto de lástima, por eso en general ponía empate en los partidos de Argentinos; sabía que eran

muy altas las posibilidades de que le metan un gol, pero confiaba en que los delanteros; también mucha veces la tiraban afuera. La historia que pudo haber cambiado su vida fue en aquella oportunidad, que en una de sus boletas ya tenía 12 puntos; era un domingo cerca de las 6 de la tarde, había tirado a la basura todas las que ya no tenían posibilidades, ahora en su mesa estaba solo la boleta que podía llegar a ganar, el mate y dos paquetes cerrados de cigarrillos; como siempre estaba con su musculosa blanca y el viejo ventilador chico que le daba en la espalda, aquel con el que renegaba mi abuela diciéndole todo el tiempo que le iba a hacer mal el aire en la espalda; pero a mi abuelo, no le hacia mal ni el ventilador, ni los cigarrillos, ni la inflación. Lo único que le importaba era que el ultimo partidos que faltaba terminar. Se había suspendido por un corte de luz en la cancha. Lo mas sorprendente, preocupante, angustioso e inédito de toda esta situación es que ese partido que faltaba terminar era Platense contra el Argentinos Juniors de su futuro yerno. Ganaba Argentinos 1 a 0, faltaban 15 minutos; Platense era el equipo que menos goles había marcado durante ese campeonato; un record que mantenía hacía dos años. Si no se empataba iba a la B.

Ramón necesitaba que Platense empate ese partido para llegar a los 13 puntos. Su esperanza era que el novio de su hija salga mal en ese córner que tenían que patear los calamares justo antes que se corte la luz, y termine en gol. Es decir que la suerte de Don Ramón estaba en manos de su yerno; mejor dicho, si éste no utilizaba sus manos ni ninguna parte de su cuerpo para impedir el gol.

Pasaban los minutos y la tarde empezaba a oscurecer; la luz no volvió y el partido se suspendió. Don Ramón se quedó mirando la boleta de prode sobre la mesa. Llegó la hija y cuándo lo saludó, el no pronunció palabra; ella le mencionó lo del partido y se quejó diciendo que su novio ya no iba a tener el lunes libre para poder

a salir a pasear, ya que iba a tener que seguir entrenando los días subsiguientes con el equipo hasta que se complete el partido; que seguramente se postergaría para miércoles. El abuelo no hizo ningún comentario, esa noche se fue a su cuarto a dormir sin comer. La hija le pregunto a la abuela el motivo por el cual estaba tan raro y ella le contesto que siempre se ponía asi cuando terminaban los partidos, ella creía que su marido sufria una depresión post-partidos que coincidía con el momento en que se muere el domingo y con la consecuente amenaza de otra rutinaria semana.*****

Pero esta vez era distinto, su destino estaba estaba en las manos (literalmente) de un robusto hombre bondadoso; y muy probablemente futuro pariente cercano. Cuándo se acostó pensó en todas las posibilidades. Prendió la radio a galena que estaba sobre su mesa de luz, sintonizó el programa deportivo que cerraba la jornada y se mantuvo expectante ante las novedades. Se resolvió que los 15 minutos que faltaban del partido se iban a completar el martes; pensó en hablar con su hija y que fuera ella la que medie con él. La relacion con su hija no siempre era del todo buena, discutían seguido desde temas profundos como de cosas cotidianas que surgían en la convivencia. Ella estaba cómoda viviendo en la casa familiar, no sabía cuales eran exactamente sus planes con Edgardo. Pero sea lo que sea, la plata que estaba en juego también era algo bueno para ella; en los partidos que ya se habían jugado hubo muchos resultados sorpresivos; era una típica jornada en la que el Prode podía quedar vacante, Don Ramón creía, con buen criterio; que no habría muchos ganadores, quizás él solo, eso representaba mucha plata; ya no se iba a ir de esa casa; auto no menejaba y tampoco lo gustaba viajar, asi que si se le daba el primer premio, su hija, y su novio por carácter transitivo, iban a ser los mas favorecidos. Entonces la decisión fue la siguiente:

Don Ramón iba a hablar con su hija; para que ella lo encare a Edgardo directamente que se deje hacer un gol; y que con la plata ganada, su padre los iba a ayudar para la compra de una casa; el plan no era nada difícil; ya que Edgardo se había comido varios goles que cualquier arquero mediocre hubiera salvado. Encima su punto débil eran los centros y el partido se iba a reanudar con un tiro de esquina para el rival. Ló único que no lo dejaba tranquilo era aquella conversación que había tenido una vez con Edgardo en la que este le decía que si quería seguir de titular no se podía permitir mas errores.

Durmio poco esa noche se levanto como siempre a la salida del solo; le gustaba contemplar esa tranquilidad y esa atmósfera que se se siente en esas horas en que muere la noche y nace el día; la gran mayoría de las personas aún duermen y el silencio para él es una buena forma de empezar el día, el mate y la radio bajita. A esas horas se siente con mas energía y puede pensar mejor las cosas, o por lo menos verlas mas claras. Luego de los primeros mates una idea a su mente, de la nada, quizás el nuevo día la tenía ya reservada para revelársele en ese momento. La hija no debía participar de este asunto, la cuestión era solo entre él y Edgardo, no solo pensó que no podía ayudar en nada la participación de ella en el conflicto, sino que podía llegar a ser un obstacáculo, además si el se negaba, quizás ella no aceptase esa decisión y podía sucederse un problema de relación de pareja; Don Ramón no iba a querer cargar con semejante culpa. Entonces decidió ir a esperar a Edgrado a la puerta del lugar donde entrenaban. Esperó un rato y a eso de las 8 salió de su casa, iba a ir caminando, ese era su medio de transporte preferido, mas en este momento, la caminata iba a durar aproximadamente dos horas, teniendo en cuenta su paso lento, y mientras tanto podía ir pensando bien su estrategia. El tema es tenerlo bien claro a la hora de hablar, debía sonar convincente, y

sobretodo hacerle entender que el beneficio mayor iba a ser para ellos, ya que para él a esa edad, la plata ya no tenía importancia, y en en parte era verdad, ya no viajaba, no necesitaba ni usaba automóvil, y no pensaba irse a otra casa. Lo que si era verdad era su desafío que tenia con el Prode, era mas que nada, una satisfacción personal el lograr ganar, como una meta cumplida que se debía antes de partir de este mundo. Y no era un juego de azar como la quiniela o cualquier otro en el que solo interviene la pura suerte. En este juego, él no solo ponía a prueba su intuición sinó también su razón. Es que en cada cruz que marcaba en el casillero tenía en cuenta las verdaderas posibilidades de acertar en esa decisión, por eso estaba toda la semana atento al programa deportivo radial; tenía muy en cuenta la formación de los equipos, y sabía que si algún delantero de esos que andaban en buena racha no jugaban ese equipo tenía menos posibilidad de anotar, o si algún jugador defensor de esos que ordenan la defensa y contribuyen a la solidez den el fondo tampoco jugaba, ese equipo iba a ser mas permeable. Claro que también tenía sus pálpitos, y a siempre algún confiaba en algún batacazo, pero guiado por ciertas hipótesis que el manejaba. Por ejemplo, si un equipo venía perdiendo 3 partidos seguidos, el próximo no lo perdía, ya era demasiado, según él los jugadores de ese equipo no iban a permitir que los sigan humillando e iban a dar la vida en el próximo partido, para él ahí estaba el batacazo de la fecha; y no le iba mal en esas decisiones.

Salió de su casa y comenzó a caminar lentamente, respiraba el fresco de la mañana, el sol tibio ya comenzaba a iluminar el dia, y Don Ramón absorbía esa luz y ese aire fresco para sentirse mas lúcido y tener mas claros sus pensamientos. Mientras caminaba se fue sorprendiendo con nuevas posibilidades; ¿y si Edgardo se negaba rotundamente? Peor aún, ¿si se ofendía? Eso podía ser para Ramón el

comienzo de la pérdida de respeto de su futuro yerno, podía significar el traspasar un límite del que ya no podría regresar. Justo en ese momento, la única nube que se dejaba ver, comenzó lentamente a tapar el sol; miró hacia arriba al ver que todo se oscurecía un poco y lo sintió como un mal presagio; pero la nube no tardó mucho en pasar y volvió la luz. “Bueno , si se niega –especulaba Ramón- puede salirle mal; porque quizás haga todo lo posible para que no le conviertan el gol, pero igual se lo terminen haciendo; y en ese caso, además de ganar el Prode, no iba a deberle ningún favor. Es mas, podía seguir con la idea de ayudarlos económicamente, y así iba a consolidar el respeto que ya le tenía su yerno.

En un momento se dio cuenta de que lo estaba traicionando su ansiedad y caminaba casi al doble del ritmo habitual. Miró la hora, se sintió cansado, y se detuvo, entró a un bar y se tomó un café, se dejó ganar por los nervios, y mientras miraba por la ventana del bar como los niños iban al colegio, que estaba en esa cuadra, sintió también un poco de vergüenza por lo que estaba por emprender; “Debería dejar que se den las cosas como se tengan que dar”, pensó en aquel viejo cuento en el que cuando le pasaba algo bueno al personaje, la consecuencia de ese suceso terminaba siendo algo malo; pero ese suceso malo, a su vez era la antesala de otro hecho a su favor, y asi sucesivamente; por ejemplo, podía pasar que Edgardo acepte la propuesta, que se gane ese dinero, que con ese dinero ayude a su hija a comprar su casa, pero que una maldición aceche a la nueva familia y que de ahí en mas, aparezcan enfermedades, discordia, y alguna que otra tragedia familiar. Y todo por haber forzado un suceso; como que el destino no le perdonaría ese intento de modificación por un simple ser humano.

Le duraron poco esas sensaciones; y decidió seguir adelante con su plan, era su oportunidad histórica de sentirse ganador; mas teniendo en cuenta que sabia bien

que mucho mas no iba a vivir. Que mejor que irse como ganador, además sería como ganar en el último minuto; es verdad, manipulando un poco la situación, pero justaba ahí radicaba su incentivo, no solo era el azar y sus predicciones; ahora iba a intervenir el en el destino, era su estrategia, además, si eso significaba lo mismo que hacer un gol con la mano, mejor todavía. Sufrió tantas injusticias durante su vida, y habia trabajado tanto para no tener todo lo que se merecía, que era como su manera de vengarse.

Llegó mas o menos a la hora que entraban los jugadores; lo vió venir a Edgardo y fue directo a encararlo; como si fuera un 9 en una embestida y dónde no podía dudar; había que clavarla al ángulo. Sin esquivar palabras, fue directo. Se lo dijo de una, le explicó toda la situación. Edgardo se quedó inmóvil y si saber que decir; cuándo iba a soltar alguna palabra, Don ramón lo frenó:

- No tenes que contestarme nada, pensalo y hacé lo que creas correcto. Sea cual sea la decisión, todo va a seguir igual entre nosotros, lo único que te pido es que de esto ni una palabra a nadie, muere aca entre nosotros dos.

Le deseó suerte y se fue caminando despacio. Edgardo, bastante turbado entró al club. Su día ya iba a ser bastante diferente, y quizás su vida también.

El día del partido Don Ramón salió con su radio pórtatil y se dirigió a la plaza del barrio, se sentó, se puso el viejo audífono en el oído derecho y se dispuso a escuchar lo poco que quedaba del partido.

Edgardo, no se había vuelto a comunicar con él, asi que no podía saber cual iba a ser su decisión. Su intuición le indicaba que Edgardo iba a dejar hacerse el gol; confiaba mucho en su intuición, tanto que fue la que hizo que aquel muchacho que no tenía nada mas que sus dos manos para trabajar, haya logrado establecerse

a principios de siglo, hacer su casa, formar su familia y salir siempre adelante, dejando “todo en la cancha”. Había sobrevivido a tantas luchas en sus épocas de anarquista, muchas veces pudo haber caído en alguna huelga, lo reprimieron, lo encerraron, pero se hizo cada vez mas fuerte, y con esa rudeza vivió hasta ahora, confiando en el mismo. Y ahora estaba a punto de ganar; es verdad, no era una lucha social, pero era un logro personal; tanta insistencia, tantas tardes mateando con todas las boletas sobre la mesa, solo él y la radio. Ese era su mundo ahora y se lo merecía. Ya no le debía nada a nadie, su esposa, sus hijos y sus nietos estaban bien, y el era el responsable de todo eso; había sido la piedra fundamental de la familia.

El partido ya se jugaba, habían pasado diez minutos y ninguna llegada de Ferro. “Esta complicado” pensó, si los verdes no llegan al arco, va a ser imposible. Partido trabado en la mitad, muy cortado, pero cuánto podrían adicionar, quizás dos minutos. Estaba perdiendo las esperanzas cuándo hubo faul en mitad de la cancha a favor de Ferro. El 5, el que mejor pateaba, sabiendo que su equipo no tenia llegada intento algo sin mucha esperanza, pateó la pelota como sacándosela de encima hacia el arco. Edgrado estaba parado casi en el punto penal; adelantado; solo tenia que levantar sus manos para tomar el balón, las levantó…pero al mismo tiempo las abrió y la pelota paso entre ellas colándose el arco en la parte superior de la red. “Es el gol mas ridículo que me toco relatar” dijo Parnisari, el relator de Radio Colonia. Don Ramón ni se inmutó, estaba tranquilo, contento, no solo por el premio, sino por la decisión de Edgardo, “Es de buena madera”, pensó, y se alegró por su hija.

Se levantó y comenzó a caminar despacio hacia su casa, se terminaba el partido; quedaba un minuto del descuento. Todo había salido bien salvo un detalle que no

fue insignificante. El “tanque” Gutierrez, el 9 de Argentinos; Edgardo siempre decía que algún dia iba a llegar a la selección, porque cuándo nunca pasaba nada inventaba algo. Y faltando 30 segundos, se la llevo de arremetida aprovechando su cuerpo, remato y rompió la red para decretar el 2 a 1 final. Don Ramón siguió inmutable, y pensó: “Quizas tendría que haber hablado también con el “Tanque Gutierrez”.

LA NOCHE DEL DIEZ.

“Lo quería Barcelona, lo quería River Plate; Maradona es de boca, porque gallina no es”. Asi cantaba la “12” por aquellos oscuros días de 1981. Se dicen muchas cosas acerca de su pase; el pibe de oro que la rompía en Argentinos Juniors, tenía ofrecimientos de todos lados. Y entre esas historias que se tejen alrededor de una mesa de café, algunos sostienen que Diego ya tenía el pase de palabra con River, pero no se llegó a firmar por un problema con el presidente Aragón Cabrera. Tampoco pudieron los catalanes y finalmente se puso la camiseta de Boca.

Yo tenía 9 años y ya entendía la pasión. Porque mi infancia transcurrió en un parque rodeado de pasto no tan parejo, lleno de pozos y una pelota siempre en el medio.

Aquella noche de Abril, el otoño ya se hacía notar, era un viernes lluvioso y la bombonera era epicentro de una ciudad que se preparaba para un fin de semana no tan futbolero, es que el domingo era el gran premio de Fórmula 1 y corría Lole Reuteman, el argentino tenía muchas posibilidades se ser campeón mundial y por eso se decidió que el superclásico no se superponga con la carrera que tenía al país en vilo.

-Quedate tranquilo –me decía mi viejo- ellos tienen a Maradona pero nosotros tenemos al matador; a Mario Alberto Kempes, y el arco está Ubaldo Matildo Fillol; y como si eso fuera poco está Leopoldo Jacinto Luque; 4 campeones del mundo; por mas que tengan al pibe les ganamos fácil.

Y nombrándolos así, con su primer y segundo nombre a mí me daba mas seguridad; esos hombres gigantes y con esos nombres, nada podía salir mal.

Esa noche mi vieja no estaba en casa, y el clima era de libertad, de una noche especial, como si nos dejaran solos, porque mi viejo era nuestro cómplice, la autoridad caía sobre “la Tacher” como la llamábamos con mis hermanos, aludiendo a la “Dama de hierro”, que era la autoritaria primer ministro del país pirata. Mi hermano mas grande tampoco estaba; con mi viejo y mi hermano mellizo, que a esa altura todavía no había cometido la terrible traición de hacerse de Huracán, nos quedamos en la cocina, y mientras se escuchaba la lluvia pegar sobre el toldo de chapa en el patio cerrado, escuchábamos la radio sobre la heladera mientras cenábamos. Una velada íntima, una noche especial. La voz de Victor Hugo, el relator recién llegado de Uruguay, que ya se estaba quedando con la audiencia que lideraba el relator de América, José María Muñoz, nos empezaba a contar las primeras incidencias del partido.

El primer tiempo fue muy peleado, se luchaba en el barro; hubo expulsados, uno de cada lado; en Boca Escudero y en River, nada extraño, Mostaza Merlo. Me venció el sueño, me quede dormido en la mesa y apenas arrancó el segundo tiempo me fui a dormir. El sueño fue maravilloso; Tarantini y Passarella no dejaron que se acerquen mucho al arco; las veces que llegaron el Pato se lució como en el mundial 78; arriba el Beto Alonso se cansó de asistir a Mario Kempes, y el matador hizo dos goles; con los que le dieron el triunfo a la banda roja.

Al despertar el sábado a la mañana, y mientras me preparaba los botines para el primer picado en el parque, lo primero que pregunte fue cual había sido el desenlace del partido.

- No se puede hacer nada con este pibe – me dijo mi viejo con aire de resignación refiriéndose al diez de Boca- por algo se lo quieren llevar a Europa, y encima con Brindisi al lado, sí, el que jugaba en Huracán y vimos en el Ducó hace poco todavía jugando en el globo.

3 a 0 abajo. Ni el Pato nos pudo salvar. Vayan a jugar al parque; está un poco embarrado todavía. Como el partido de ayer…

Mi sueño no había tenido nada que ver con la realidad; salvo por una sola cosa. En mi sueño también Maradona había jugado de maravillas; es que ni siquiera en el sueño mas surrealista el pibe de rulos puede llegar a jugar mal.

LAS OLIMPIADAS EN PARQUE PATRICIOS.

Muy pocos lo saben, solo unas pocas personas que hoy rondan los 50 años, pero en el año 1983 se celebraron en el barrio de Pompeya, al límite de Parque Patricios los juegos olímpicos mas porteños de la historia.

La historia cuenta que, en ese año, unos meses antes de las elecciones que devolverían la democracia al país, un grupo de jóvenes adolescentes que vivían en ese barrio, puntualmente en la calle Almafuerte entre Achala y Puna, inventaron el evento olímpico, cuya sede fue enfrente de la avenida Almafuerte, el viejo y

conocido Parque Uriburu, cuna de legendarios picados de barrio durante muchos años. Cada sector de ese parque tenía lo que nosotros llamábamos diferentes canchas, que no eran más que porciones de parque de forma irregular cuyos límites eran los caminitos de piedras rojizas, los bancos de plaza de piedra, y los faroles altos de iluminación del parque Uriburu; si, así se llama ese parque que estaba y aun lo está, entre los hospitales Pena y Churruca. Cabe mencionar que el hospital Churruca pertenece a la Policía Federal, y el hospital Pena, como su nombre lo indica es el que acude mucha gente de los barrios cercanos y de zona sur de la provincia, muchos de ellos, gente de bajos recursos, aunque también algunos malandras heridos en algún hecho delictivo; con la cual el parque, muchas veces separaba a los participantes de alguna contienda entre las fuerzas de la ley y sus oponentes. Por eso la última estación de la nueva línea H de subte se llama Hospitales, a todos nosotros nos hubiera gustado que se llame de otra forma, podría ser Parque Uriburo, pero muy pocos lo conocen. Además, ahora después de mucho tiempo y con el conocimiento de la historia de nuestro país, caemos en la realidad de que el General Uriburo no era del bando de los que nosotros, llamamos héroes populares. El mencionado general fue el que el 6 de setiembre de 1930 organizó el primer golpe de estado del país al presidente radical que había sido legítimamente elegido por el pueblo. Fue uno de los precursores de la llamada década infame. Ahora, quizás hubiéramos preferido que se llame Parque Diego Maradona o Mario Kempes….y no el de un tipo al que ni conocíamos y ahora nos venimos a enterar que era del bando de los malos. Pero en fin, que se llame Uriburu en ese momento tenía una gran ventaja, porque resulta ser que el pibe más matón del barrio, el más grandote y al que todos le teníamos un poco de miedo, tenía algún tipo de problema de dicción, es decir, le

costaba pronunciar algunas palabras, particularmente la palabra Uriburu, será porque tiene 3 “u”, y cuando mencionaba el nombre del parque le salía algo como “Parque ubiuru” cosa que a nosotros nos causaba mucha gracia, y de paso era una forma de burlarnos de aquel aspirante a barra brava de la 12, aquel que ya cuando estaba en las ultimas se animó a agarrarse a piñas con un canguro para sacar algo de plata en uno de esos espectáculos bizarros que alimentan el morbo de mucha gente.

En ese parque pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo libre, que era todo aquel tiempo en que no dormíamos, no comíamos o íbamos al colegio. La barra estable éramos 4 pares de hermanos: Todos vivíamos en la calle Almafuerte, nombre del que, si estaremos siempre orgullosos, como para compensar la vergüenza del otro nombre. Y casi siempre jugando a la pelota, a la que no siempre tratábamos del todo bien. Muchas veces terminaba colgada arriba de alguna de esas palmeras gigantes, con lo cual para bajarla el único recurso era tirarle piedras sacadas de las ruinas de una vieja escuelas que se había incendiado y estaba emplazada en medio del parque; esta práctica de tiro al blanco para descolgar la pelota muchas veces termino con la cara ensangrentada de alguno de los que estábamos bajo la palmera. La otra forma más común de perder, pero ya para siempre, la preciada número cinco de gajos blancos y negros, era cuando terminaba debajo de las ruedas de un colectivo de la línea 32 o 28, ambos pasaban por la avenida Almafuerte. Y fue precisamente la perdida de una pelota lo que dio origen a las Olimpiadas de Parque Patricios. Esta vez fue culpa del Cabezón; lo llamábamos así no solo por lo grande de su cabeza, que parecía aún más debido a los rulos que no se cortaba tan seguido, ya que a principio de los 80 aún estaban de moda, sino porque era el que mejor cabeceaba; y también el que más fuerte le

pegaba. Del grupo era el que pudo haber llegado a jugar en primera, y de alguna forma estuvo cerca, llego a jugar en la tercera de Tristán Suarez, su último partido fue en la bombonera contra la tercera de Boca en el partido de reserva. La cancha se estaba llenando, pero aún estaba en silencio, hasta que el cabezón, fanático de boca, una vez terminado el partido de reserva que el mismo jugo para Tristán Suarez, se acercó a la cabecera xeneise se sacó la camiseta del equipo para el cual jugaba y se dejó ver la camiseta de boca, con lo cual se escuchó la primera ovación de la noche.

Pero aquella tarde en el parque, el Cabezón le pego muy fuerte en el picado que hacíamos en la parte del parque que daba a la avenida, frente a una estatua. Esa porción de parque era la que llamábamos la cancha auxiliar; porque la principal era la que jugaban los grandes los domingos a la mañana, esos partidos domingueros que nos encantaba mirar, aunque los que jugaban eran tipos pasados en kilos, y en los que se trataba bastante mal a la pelota, aunque a nosotros que mirábamos desde afuera, se nos cumplía el sueño del pibe cuando algún veterano, que ya le costaba respirar o se desgarraba, salía y nos decía esa frase que tanto esperábamos “pibe entra que no puedo más”. Pero aquella mañana jugando en la calle auxiliar el cabezón se enojó con el turco; que le pego una patada en los tobillos. El mismo se cobró el faul, y sin mirar a nadie y con la sangre en el ojo pateó el tiro libre con tanta bronca que la pelota terminó a 10 metros del arco y fue a parar a la calle Uspallata, la calle que corta Almafuerte, justo cuando una ambulancia llegaba al hospital Churruca con una urgencia por algún policía malherido. Se escuchó reventar la pelota bajo las ruedas de la ambulancia y nos quedamos todos en silencio escuchando la sirena, con la cabeza gacha, pensando que es lo que íbamos a hacer el resto del día.

Alejandro se puso a correr alrededor la estatua, caminito de asfalto que circundaba la estatua que representaba a la madre cuidando a sus dos pequeños hijos, uno de ellos siempre acéfalo debido a los actos de vandalismo que siempre terminaban con una de las cabezas robada. Para Alejandro era su pista de carreras, nosotros lo mirábamos tratando de descifrar que es lo que lo llevo a tomar esa determinación, hoy le preguntamos y nos dice que no lo recuerda, lo cierto es que ese día empezó su gran carrera que hoy lo lleva a ser uno de los maratonistas más importantes del país.

Hernán se levantó, tomo unas piedras y empezó a arrojarlas contra un de las palmeras, quizás pensando que le habían arrebatado algo, que esta vez no había sido él, el que colgaba o pinchaba la pelota, alguien le había sacado el monopolio de ultimador de balones.

Los hermanos Valiente, hijos del ex jugador Coco Valiente se pusieron a jugar con dos grandes ramas largas que habían caído de otra de las palmeras.

Alguno que se puso a observar toda esta situación, que en este momento no voy a nombrar por no tener la certeza de quien era, y para no verme afectado de algún tipo de reclamo de propiedad intelectual, pensó que el mundo no giraba todo en torno a una pelota; y nos propuso realizar algunos otros juegos, para los cuales no necesitábamos el esférico. Es así que nos reunió alrededor de la estatua de la madre con su niña y niño acéfalo en sus brazos, y nos propuso organizar en ese mismo momento los juegos olímpicos de barrio.

Empezamos con lo más común: carrera lisa y llana; la pista era el caminito circular alrededor de la estatua; serían unos 50 metros. Pero se podían dar varias vueltas, cosa de no hacerla demasiado fácil la cosa. Siguiendo con Atletismo, con

las ramas de las palmeras, a las cuales les sacábamos las hojas hacíamos lo más parecido a unas jabalinas, con eso cubríamos el lanzamiento de jabalina. Luego de haber realizado los primeros lanzamientos, y una vez superado el percance con el hombre que volvía del hospital Pena recién enyesado, y recibió un golpe de jabalina por alguno con poca puntería, nos abocamos al salto en largo. La pista era un caminito de piedras rojizas, bastante trituradas. En ese camino podíamos marcar la línea desde donde saltar y quedaba bien marcado el lugar al que había logrado llegar el atleta saltador. Lanzamiento de disco, martillo o cualquier otra cosa que se lanza en las olimpiadas, los unificamos en una novedosa disciplina a la que llamamos, lanzamiento de cascote; los insumos eran la gran cantidad de piedras grandes que encontrábamos en las ruinas de aquella vieja escuela derribada que estaba en el medio del parque. Para esto procuramos realizar los lanzamientos hacia el interior del parque para no volver a lastimar a algún pobre transeúnte.

En el único lugar del parque cuyo suelo estaba más o menos plano y de tierra improvisamos la cancha de tenis. La red de la misma era un pasacalle que bajamos de la Avenida Almafuerte en donde decía la fórmula presidencial radical “Alfonsin Presidente Víctor Martínez Vice”. De paso, este sabotaje a la campaña radical no nos venía nada mal, ya que la mayoría de nosotros teníamos raíces peronistas.

Al pasar los días se incorporaron otros deportes, y empezaron a venir otros chicos que no jugaban en el parque porque no les gustaba el futbol, pero que si tenían habilidades para otros deportes. Y llego el día que comenzó la competencia internacional. Resulta que mientras se disputaba lanzamiento de disco, o mejor dicho de cascote, paso el coreano, dueño del supermercado del barrio, caminando

junto a su hijo. El hombre se detuvo y se quedó observando nuestras acciones. El coreanito, hijo del coreano y futuro dueño del supermercado, (cabe destacar que el niño ya a los 7 años manejaba la caja registradora), nunca venía a jugar al parque. Se la pasaba en el supermercado intercalando sus horas entre trabajos en las góndolas acomodando los productos, haciendo la tarea del colegio sentado en un cajón de manzanas y un improvisado escritorio hecho con cajones de gaseosas y una tabla en donde apoyaba sus útiles y cuadernos, trabajando un rato en la caja cuando el padre salía a fumar, barriendo, cuidando a su hermanita menor o haciendo alarde con su cubo mágico, que lo armaba de forma magistral.

Al otro día se apareció el coreano con sus tres hermanos y tres primos, secundados por su padre y su tío que venía atrás con bolsos, y serios como si estuvieran realizando una negociación en relación a la guerra entre las dos Coreas. Se nos plantaron, sacaron de los bolsos pelotas, paletas, jabalinas, y otros artículos deportivos de cuales nunca habíamos visto en nuestras vidas. De todo lo que habló uno de los coreanos adultos solo entendimos la palabra “Desafío”. Como pudimos y con nuestros rudimentarios instrumentos aceptamos la contienda.

Durante tres días se sucedieron las batallas deportivas, en las cuales alternábamos triunfos y derrotas. Pero al cuarto día, mientras los coreanos estaban más entusiasmados y mejoraban su rendimiento al máximo, nosotros empezamos a perder el interés. La variedad de juegos era muy atractiva. Desarrollamos partes del cuerpo, sobre todo de brazos, que nunca antes le habíamos prestado tanta atención. El momento del ping-pong fue el punto de quiebre. Trajeron una mesa con su red y la armaron los únicos 20 metros de superficie plana que había en todo el parque. Si bien algunos de nosotros practicábamos ese juego en los recreos de

nuestra escuela primaria, no alcanzo ni siquiera para poder pasar del quinto punto a favor, mientras los coreanitos siempre llegaban a los 21.

Pero ya se había acabado nuestro entusiasmo, y se notaba en la caída abrupta en la mayoría de los deportes. Ya no estábamos motivados, no poníamos ganas. Solo seguíamos porque creíamos que estábamos representando a nuestra bandera, creo que fue durante esta etapa donde desarrollamos la idea de patria.

Mientras promediaba la tarde del quinto día de olimpiadas, nuestro hastio era un hecho, nos faltaba alegría, ganas, nos faltaba nuestra esencia. Hasta que, en el medio de una competencia de martillo con piedras, el que iba a lanzar de los nuestros de detuvo con la piedra en la mano. Se quedó mirando a lo lejos, todos seguimos su mirada y todos cambiamos la expresión de la cara, cuando vimos venir de lejos al gordito ese, hijo del dueño la fábrica de helados del barrio. Venia caminando despacio, pesado, disfrazado de arquero con el buzo verde del pato Fillol, con el 5 en la espalda. Y traía lo más preciado en sus manos. Las miradas nuestras se concentraron en un solo lugar, en ese donde brillaba con sus gajos negros sobre el blanco perfecto y la redondez de un mundo de felicidad. Era la pelota más linda que habíamos vista en nuestras vidas. Cuando se acercó todos los fuimos a saludar, hasta el más caradura ensayó una especie de abrazo, ante la mirada incrédula de los coreanos que empezaban a guardar sus cosas en los bolsos y a retirarse, victoriosos, pero con la certeza que ya nada tenían que hacer en nuestro parque.

Rápidamente se armaron los arcos con las camperas y algunas piedras, se hizo el clásico pan y queso, y todos nosotros volvimos a sonreír. Porque las olimpiadas ya eran parte de la historia. Pero en nuestro pasado, presente y futuro solo había un deporte; ni siquiera lo llamábamos futbol. Era pelota, si, jugar a la pelota.

MARCADOR DE PUNTA DEMASIADO LENTO

Nunca fue un buen jugador; ya de chico, era uno de los últimos que elegían en el “pan y queso”; siempre rogaba que de los dos participantes que iban a dar los 10 pasos para intentar pisar el pie del otro gane Gaspar, que era su mejor amigo, tan fiel y buen amigo que lo elegía a él primero para evitarle la humillación de ser el último en ser elegido. No debe haber en la infancia mas frustración o satisfacción para un chico, que el resultado de la elección en el “pan y queso”; es la primera sensación de aceptación que tiene cualquier chico, digamos, entre los 7 y 12 años de edad; y no solo uno podía saber que lugar ocupaba en cuánto a su habilidad con el balónpie, sino que también los chicos saben íntimamente que al ser elegidos también estaban demostrándoles el estima que le tenían y lo populares que eran en su barra de amigos. Pero para Enrique, salvo Gaspar, por mas que todos le tenían un gran aprecio, consideraban que ese aprecio tiene un límite, y que no podían arriesgarse tanto a perder; ya que creían que con él en el equipo era casi segura la derrota.

Mientras pasaban los años, seguía yendo a probarse a los diferentes clubes; lo poco que tenia de habilidoso lo compensaba con lo que le sobraba de insistente. Pero ningún técnico lo aceptaba.

Todo empezó a cambiar una mañana en la que iba caminando por una calle desierta de la ciudad; una situación de esas que se van desencadenando de una manera en que todo suceso desgraciado conlleva a otro, hasta el desenlace final.

Todo parecía estar equilibrado durante esa mañana, caminaba despreocupadamente pensando que en ese momento de su vida no tenía grandes problemas, aunque tampoco muchas emociones. Se sentía atascado en su desarrollo personal. Su último pensamiento antes del incidente, había sido un recuerdo de cuándo era chico y se había ido a probar al club Estrella del sur; del barrio de Almagro. Antes de la prueba, el técnico juntó a todos los chicos en el centro de esa cancha en la que era un 90% tierra y el resto pasto quemado, y puso un bolso grande en el piso con pecheras rojas y azules, todas con el número atrás. La manera de armar los dos equipos para un picado en el que iba a servir al técnico para ver las habilidades de los chicos, era la siguiente: el técnico tomaba una pechera, por ejemplo la número 10, y preguntaba quién quería jugar de 10, por supuesto esta era la mas codiciada, entonces entre los chicos que levantaban la mano, a dos de ellos les daba una diez roja a uno a y la azul a otro. Cuándo llegó el turno de la número 3, un solo chico levantó la mano, el técnico le dio la 3 azul, como no había otro postulante para la 3 roja, el viejo técnico lo miró a Gaspar y le tiró la 3 azul; él no la había pedido, pero desde ese momento, sintió que esa iba a ser su verdadera y única posición dentro de la cancha. Marcador de punta izquierdo. Por algo se la habían dado esa pechera, era una señal, era el elegido; el “Mesias” de los marcadores de punta izquierdo. Desde aquel momento se juramentó hacer honor a ese posición, tenía una imagen que iba a ser su guía espiritual; era la de ese cásico jugado en cancha de Boca; en dónde el número 3 de River, Montenegro; que nunca marcaba goles; había pasado al ataque y sacó un zapatazo desde el lateral izquierdo, que nunca se supo si fue un centro o tiro al arco; la cuestión era que Gatti, estaba un poco adelantado, y la pelota se coló en el

ángulo superior izquierdo. Ese gol de un número 3 que nunca marcaba iba a ser su faro. Su lugar en el mundo también iba a ser abajo y a la izquierda.

Los chicos jugaron un partido que duró aproximadamente una hora; los delanteros contrarios de hicieron un festín sobre la punta que marcaba Gaspar; lo pasaban todos, llegó a tocar dos o tres pelotas que algún compañero de la defensa le pasó para salir jugando, pero sus pases fueron siempre a los piés de un contrario, en una de esas jugadas nació unos de los goles de ellos. Como el partido terminó empatado, el entrenador los hizo patear penales a todos, y ahí Gaspar fue donde mostró su mejor desempeño; cuándo le tocó a él patear su penal, se decidió por tirar fuerte, arriba y al medio; casi sale, pero la pelota dio en el travesaño y cayó en manos del arquero. Sin embargó el se convenció asimismo que el penal había estado bién pateado, y que no era su culpa si cuándo se decidió la altura de los arcos; alguna arbitraria decisión había acordado el límite superior en 2,44 metros; porque si ese número hubiera sido 2,50 lo que era mas lógico por la redondez de ese número, el de el hubiera sido un golazo. Por supuesto que no fue seleccionado por el técnico, y él se fue pensando que no lo habían elegido solo por el hecho de haber errado el penal, aunque durante todo el partido había estado lejos de la pelota, las pocas que tocó fueron a los contrarios, y hasta le ganó en un pique largo el número 5 de los rivales, un chico obeso que se agitaba por el solo hecho de caminar.

Sin embargo, una de sus principales virtudes era su insistencia, creció creyendo que de alguna forma iba a cumplir su sueño de marcador de punta izquierdo. Y se puede decir que lo consiguió, es verdad, en un club de la categoría C, y siendo suplente; nunca entraba, ni siquiera cuándo se lesionaba el tres titular; el técnico, en ese caso confiaba mas en el defensor suplente de un puesto central, aunque no

fuera un lateral que poner a Enrique, que sería el sustituto natural. Lo que pasaba es que era muy lento, como tenía mucha voluntad, no se quejaba nunca y le caia bién al técnico lo mantenían en el plantel, era buen compañero y a pesar de su ineptitud significaba un elemento positivo para el equipo.

Volviendo a aquella mañana de su juventud en la que se encontraba plácidamente caminando sobre calles desiertas, sucedió que en la serenidad del día se le apareció un perro, parecía inofensivo, cuándo se acercó a Enrique se detuvo ante él, lo olfateó primero, y cuando Enrique bajo la mano para hacerle una caricia, el perro se habrá sentido atacado, porque su reacción fue una repentina mordedura en la pantorrilla derecha. Le clavó tres dientes y salió corriendo a una velocidad inusitada; digna de un perro competidor de carreras.

Luego de 7 inyecciones, antibiótico, y tres marcas que le quedaran como recuerdo en la pantorrilla derecha, volvió a entrenar en el club. El primer día se sintió extrañamente motivado, se lo atribuyó a las dos semanas que tuvo que estar en su casa de reposo con la consecuencia de querer volver a su vida normal. En el entrenamiento de la mañana corrió como nunca, un nivel de marcador de punta brasilero, de esos que la rompen en las grandes ligas. No solo marcó, anticipó, fue una pared contra los delanteros, sinó que pasó muchas veces al ataque, hizo dos goles y dos asistencias que terminaron en la red. Al finalizar el partido no podía creer lo que sucedió ese dia, mucho menos el técnico, que le preguntaba a su ayudante si no será efecto de las inyecciones y los medicamentos; con lo cual pidió que se le haga urgente un examen de dopping.

Los estudios dieron normales. El desempeño se fue repitiendo en las siguientes prácticas; tal es así, que aprovechando que el número 3 titular había tenido un

flojo partido en la última fecha, el técnico se animó y le dio la titularidad en la siguiente jornada.

El sábado, día del partido, el equipo jugaba una chance importante llegar al primer puesto en la tabla. Enrique estaba muy confiado, siempre creyó que jugaba mucho mejor de lo que en realidad lo hacía, y a esto se le sumaba las ganas y la confianza que todos los que estaban a su alrededor le aportaban. Todas las salidas desde abajo pasaban por él. Dentro de la cancha se comportaba como un líder natural. Cada vez que un compañero recibía la pelota, lo primero que hacía era mirar dónde estaba ubicado Enrique; que pasó a ser “Quique”, de un dia para otro, para sus compañeros….

De ser un jugador que su posición natural era la primer butaca del banco de suplentes, paso a ser la superestrella del equipo. Varios equipos de primera se enteraron de que en el ascenso había un marcador de punta que la venía rompiendo y fueron a verlo y algunos le hicieron tentadoras ofertas a los dirigentes para llevárselo. Los dirigentes estaban en la disyuntiva entre venderlo o aprovecharlo para el equipo, ya que gracias a Enrique, este año se podía producir el ascenso a la primera B. Lo que mas le impresionaba a todos los que lo veían jugar es la velocidad que tenía. Corria 80 metros por el lado izquierdo la cancha y los superaba a todos; tanto cuando subía como cuándo bajaba. Además tenía un absoluto dominio del balón cuando estaba en sus pies.

Entretanto, la herida que le había dejado el perro iba cicatrizando muy lentamente, seguramente le quedaría una cicatriz de por vida. Por todo lo que le estaba sucediendo, casi ya se había olvidado de ese incidente, hasta que un día sonó su teléfono. Era del Instituto Pasteur, en dónde había hecho la denuncia cuando lo mordió el perro. Le avisaban que ya lo habían encontrado, el perro tenía un dueño,

este, les había solicitado su teléfono para contactarlo y pedirle disculpas por el incidente. Asi es que recibió otro llamado del dueño; además de pedirle disculpas por el incidente, le contó que el perro se llamaba Cafú, como el marcador de punta de la selección brasilera, el único en jugar tres finales de Mundial seguidas; en dos de ellas saliendo campeón. Además de llevar ese nombre el canino era competidor de carreras, siendo campeón mundial en tres oportunidades. Actualmente, y debido a que ya estaba mayor, no competía mas, con lo cuál estaba atravesando una depresión mezclada con momentos de agresividad; siendo este el motivo, argumentaba el dueño, por el cuál descargo su instinto violento contra la pantorrilla de Enrique. Este no solo le acepto las disculpas, sinó que le agradeció, diciéndole que quizás ese suceso había cambiado su destino; no le dio detalles de las consecuencias que habían hecho efecto sobre su persona aquel incidente, aunque el dueño del perro también comprendió la situación, ya que seguía las noticias del futbol y se había enterado de que Enrique, que era un jugador suplente de un equipo del ascenso, en poco tiempo había sido convocado a la Selección Nacional y era codiciado por varios equipos de Europa. En la conversación ninguno de los dos tocó el tema, aunque ambos sabían bien de que venía el asunto. Enrique le pidió visitar al perro, y eso hizo que los tres entablaran una relación de amistad que permaneció para siempre. Paso un año y Enrique ya jugaba en la selección y en el Real Madrid; cada vez que volvía a Argentina, además de visitar a su familia se tomaba un tiempo para ir a ver a Cafú; el dueño se lo prestaba para que lo saque a pasear; y el lo llevaba a la plaza, mientras tanto firmaba autógrafos y se sacaba fotos con la gente que lo reconocía y le demostraba su admiración.

Estando otra vez en Europa recibió un llamado del dueño del perro informándole la triste noticia de que Cafú había sido atropellado por un auto y había muerto al instante.

Enrique se tomó unos días antes de volver a entrenar; cuándo volvió no solo se notaba su tristeza, sino que además se lo notaba cansado, lento, falto de reacción y de precisión. Los partidos siguientes los jugó muy mal, en el último, el delantero contrario se hizo un festín en el sector izquierdo, al técnico no le quedó otra alternativa que sacarlo.

Enrique entendió todo; al día siguiente de ese partido anunció su retiro del futbol profesional. Con la plata que había ganado durante su corta carrera, volvió al país y puso una escuelita de futbol para niños, la llamó “CAFÚ”.

NOSTALGIA DE UN DOMINGO A LA TARDE.

Hoy es Domingo y mientras tomaba mate con mi vieja radio Spika frente a mi; esperando que alguna emisora me informara los los 11 titulares que hoy serian de la partida, evitando la tentación de buscar la formación en algún buscador de internet; algo que sería mucho mas rápido; pero que todavía no podía aceptar como método; me puse a reflexionar sobre como era un domingo hace 40 años; los ravioles del mediodía; la casa de los abuelos, el parque donde nos juntábamos a jugar a la pelota; o alguna caminata por el barrio en calles silenciosas, porque después del almuerzo, y de los debates interminables, algunos se iban a dormir la siesta, otros se sentaban comodamente en los sillones confortables a disfrutar de alguna de esas películas clásicas que daban en alguno de los cuatro únicos canales

de televisión. Y yo con mis 10 años si no encontraba a ningún amigo de la cuadra salía a explorar el mundo lejano; y esa lejanía podían ser unas 4 manzanas que rodeaban mi casa; ya que dar la vuelta la esquina significaba, a esa edad, entrar en un mundo desconocido en dónde se podrían suceder aventuras maravillosas. Y las calles casi desiertas, algunas señoras sentadas con sus sillas en las veredas de sus casas hablando de como aumentaban los lácteos; algunos chicos, que yo no conocía porque ya pertenecían a otra “región” dándole a una pelota gastada, y usando el porton de algún taller mecánico como arco, y algún hombre lavando su auto, mientras desde adentro del mismo se escuchaba la radio que anunciaba la formación de los equipos; porque hace 40 años todos los partidos arrancaban a las 15:30, y uno podía escuchar a su equipo, si lo relataban en alguna radio; y sino, escuchaba cualquier otra partido con la expectativa de que en algún momento llamen al relator desde otra cancha para anunciar el gol de su cuadro.

Necesitaba volver a vivir ese momento; asi que decidí ir a comprar unos ravioles; comer en la mesa grande; aparentar que estaba sentado en una gran mesa con mis padres, mis hermanos y mis abuelos; y evocar esas discusiones familiares sobre cualquier tema de actualidad de aquellos años. Termine de comer; pedí permiso a mis padres imaginarios y salía a caminar por las calles de Parque Patricios. Pero solo un partido se estaba jugando en ese momento; no encontré a nadie lavando el auto en la puerta de su casa; en el parque no había chicos jugando a la pelota; seguramente todos estaban en las modernas escuelitas de futbol en donde se suprime la imaginación de los chicos, impidiendo que armen la cancha, elijan los equipos y las reglas como a ellos se les ocurriera. Llegue al parque y me sente en un banco; escuche el partido que se estaba jugando a través de una plataforma con mi celular; por suerte, cada tanto se anunciaban los goles de los partidos de

campeonatos europeos y de algunos partidos de la B. Entonces me imaginé que estábamos en el 2050, y yo podía revivir una tarde de domingo del año 2024.

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