LA VENGANZA DEL JUEZ DE LINEA
LA VENGANZA DEL JUEZ DE LINEA.
-Ya sé que te parecerá raro que
justo yo te venga a visitar; no sabes lo que me costó convencer a tu familia
que me dejen entrar; pero tu hermano fue el que habló con tu esposa, claro,
ella apenas me vio se puso como loca; me insultó de arriba abajo, pero estuvo bien
tu hermano, él se dio cuenta de que yo estaba arrepentido de lo que te hice.
Ramiro yacía en la cama del
cuarto de aquel hospital hacía tres días, dos costillas rotas, hematomas por
toda la cara y un diente menos; pero se le complicó porque hace tiempo venía sufriendo
problemas respiratorios; trabajaba en dos escuelas, diez horas por día, era muy
comprometido con su trabajo y nunca se tomaba un día para hacerse los estudios;
su estado físico tenía 20 años más que sus cuarenta reales, hasta le costaba
subir los escalones de la tribuna; es por eso que cada vez se ubicaba más
abajo, hasta que se acostumbró a mirar el partido desde atrás del alambrado, en
la platea lateral, siempre del lado del ataque
de su equipo.
Entró la enfermera con el carrito
en dónde venía la comida del paciente, lo dejó a un costado de la cama y salió.
Ricardo, su inesperado visitante se hizo cargo de la situación, ayudó a Ramiro
a incorporarse, levantando un poco la cabecera de la cama y se dispuso a
ayudarlo con su comida; Ramiro le hizo un gesto de negación, lo seguía mirando
con desconfianza; pero Ricardo, que notaba el miedo latente del yaciente, le
aclaró:
-Mira Ramiro, Tenes que comer;
cuando llegue algún familiar esto ya va a estar frío; y no creo que este
“restaurant” tenga servicio de recalentado, así que confía en mí.
-Sabes Ramiro, siempre me gustó
la pelota; y correr atrás de ella;
cuándo era chico no pensaba en otra cosa; no me importaba la escuela, ni la
familia, ni la tele; pero no podía era
estar demasiado tiempo quieto; yo veía a mis hermanos y pensaba; “estos como
hacen para estar ahí tan quietecitos durante horas”, yo no podía, entonces
cuándo no aguantaba más, me levantaba de la silla, y como no me dejaban salir a
la calle cuándo ya empezaba a anochecer, me iba al patio, agarraba la pelota
“pulpito” y empezaba a darle como un loco contra la pared; y después corría
como podía por el poco espacio que había, tratando de dominar el balón y hacía
de cuenta que estaba en medio de un partido de verdad, relataba mis jugadas
imaginarias y siempre terminaba de rodillas gritando un golazo.
Ramiro escuchaba, pero no parecía
muy entusiasmado con el relato, por momento lo miraba, y en sus ojos había algo
de indignación, después miraba hacia el techo como preguntándole al cielo
porque tenía que sufrir este doble castigo, el de haber recibido una paliza, y
encima tener que aguantar que su verdugo le cuente cosas de su infancia. En su
interior sentía la culpa de haber hostigado tanto al hombre que ahora estaba
sentado frente a su “verdugo”.
-Me probé en varios clubes, y en
no pasé ninguna de esas pruebas; todos los entrenadores me decían lo mismo:
“Vos corres mucho; pero el futbol no es solo correr, la que tiene que correr es
la pelota. Asi fue que empecé en el referato. Ricardo hizo una pausa porque
sintió un gemido por parte de Ramiro; era
de dolor, aunque lo más probable era que el paciente ya no soportaba más el
relato; y con los ojos parecía pedirle que le siga pegando, y que cuándo haya
saciado su instinto violento se vaya de una vez por todas. Pero Ramiro tenía un
incontrolable deseo de contar su historia; nunca sabremos si su intención era
lograr el perdón por parte de su víctima o si el mismo se iba se podía perdonar
a través de sus propias palabras, como si fuera una sesión de terapia.
-no iba a llegar nunca a jugador
profesional; pero iba a estar dentro de una cancha; corriendo por la raya; y
admito que siempre es un poco frustrante correr por atrás de la raya, pero por
momentos cuando corro junto a la par de los jugadores que atacan, me creo que
soy parte del equipo; a veces hasta pido que me la pasen, claro en voz bajita,
yo solo me escucho, y si la jugada termina en gol, salgo corriendo hacia la
mitad de la cancha y lo grito por dentro; si hacer ningún gesto, para que nadie
piense que me puse contento y que soy hincha del equipo que acaba de hacer el
gol, es un poco ingenuo lo mío, pero
disfruto en el momento y hace que el partido sea más pasable; porque
después hay que soportar todo lo demás; y no solo los jugadores que protestan,
a esos se los tiene que aguantar más el árbitro principal; pero yo me tengo que
soportar a los hinchas que están pegados al alambrados; pero la verdad que
nunca me tocó uno como vos; todo el segundo tiempo; además de nombrar las
partes íntimas de mi hermana y de mi vieja cada cinco minutos, me dijiste:
Pelado, puto, gordo, ciego, rengo, ladrón, corrupto y cornudo.
Cuando Ricardo empezó a hablar de
lo que había sucedido aquella tarde en la cancha, Ramiro lo empezó a escuchar
con más atención. Lo miraba de otra forma; quizás empezó a entender que después
de todo, un poco tenía merecido el estar en la cama de un hospital
recuperándose de una feroz golpiza. Casi que quería hablar, pedirle perdón,
pero entre los analgésicos que lo tenían un poco dopado y el dolor que todavía
tenía en la boca no le hubieran salido las palabras; Ricardo también lo
entendió así, lo adivinó en sus ojos; entonces se adelantó y antes de irse le
dejó sus últimas palabras.
No, no digas nada; no vine a que
me pidas perdón; soy yo el que te tiene que pedir perdón a vos. Yo nunca le
pegue a nadie, pero cuando escuché tu voz no me pude contener; quien iba a
decir que vos eras el maestro en el colegio dónde va mi hijo, y que justo vos
seas el que pronuncie el discurso de despedida de los chicos de séptimo grado;
y encima con esa voz grave y un poco ronca imposible de no reconocer. Por eso
me saqué, yo no te conocía la cara; vos estabas atrás del alambrado y yo nunca
me doy vuelta para mirar a los que me insultan; como te dije antes juego mi
propio partido, aunque sin la pelota. Cuándo te escuché hablar dando el
discurso estaba casi seguro que era esa la voz que me había insultado tanto; para
estar seguro fue que me acerque cuándo terminó el acto, me presenté y te hice
todo el verso de que te había visto en la cancha aquella tarde e invente que yo
era otro hincha; entonces vos me confirmaste que mirabas el partido atrás del
alambrado, y cuándo te pregunté por el juez de línea, o sea por mí, me dijiste
que lo volviste loco todo el segundo tiempo. Y bueno, ahí te empecé a insultar,
vos me insultaste a mí y entonces y terminamos a las piñas, seguro no te acordes
de nada porque quedaste inconsciente unos minutos. Te vuelvo a decir, perdóname
y la próxima vez que discutas con tu mujer, o hayas pasado una semana mala en
el trabajo, no te la agarres con un pobre tipo como yo; que alguna vez soñó ser
el siete de la selección y terminó como un simple juez de línea.
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