DON RAMON

 

Don Ramón era un hombre de pocas palabras, pero las que pronunciaba eran esenciales e irreemplazables, justas y necesarias. En la reuniones familiares, cuándo se almorzaban los ravioles hechos por el mismo la noche anterior; se sentaba en el centro de la mesa de los grandes; (porque los chicos teníamos mesa aparte); y transcurría durante todo el almuezo callado, pero escuchaba a sus hijos, ya adultos, a sus nueras, y a Doña Carmen, su esposa,  Las discusiones, en esos almuerzos dominguero siempre subían de tono; se hablaba  de política, de economía, de futbol, de actores de moda, y de todos esos temas comunes y actuales; todos opinaban sin demasiado fundamento,  pero con la certeza de que estuvieran revelando la verdad absoluta sobre esas cuestiones. El abuelo; ya octogenario, los dejaba hablar, casi ni los miraba, hasta que la discusión ya se tornaba molesta, porque cada uno se cerraba en sus opiniones y ni se escuchaban lo que decían. Entonces levantaba la mirada y empezaba su discurso en tono alto. Todos se callaban de golpe, los chicos que estábamos en la mesa de al lado, también gritando sobre temas tan poco importantes como los que hablaban los grandes, ya presentíamos que había pasado algo. Nosotros entendíamos que se había enojado el abuelo. Y hablaba como enojado, cansado, pausado pero categórico, y lo que mas me llamaba la atención era el silencio y el respeto con el que lo escuchaban todos. Yo, desde mi mirada de un chico de 10 años, lo observaba con admiración, nunca entendí ni una palabra le lo que decía, pero tenía la idea de que él si sabía de lo que hablaba, y de que seguramente sus palabras eran el veredicto final a todo tipo de discusión.

Como tantos otros inmigrantes, sus padres habían venido de Italia a fines de 1900, Ramón nació con el siglo, en 1901, aprendió el oficio de albañil y se construyó su propia casa en el barrio de Chacarita, una casa con un patio en el medio, terraza, un jardín, dos piezas chiquitas sobre el corredor, que desde la puerta de entrada llegaba al patio, la cocina, unida al comedor por una ventana que hacía de pasaplatos, la habitación matrimonial principal, y un living que se usaba muy poco y en dónde nosotros, los chicos íbamos a buscar lo que considerábamos mas valioso de la casa, un frasco de vidrio grande, en cuyo interior había esos torrones de azúcar. Sin que nos vean y silenciosamente, nos metíamos en ese lugar para robarnos unos cuantos y meternos en la boca como si fueran caramelos.  

El único lugar al que teníamos prohibida la entrada era su cuarto de dormir; nunca supimos la causa, pero Don Ramón no dormía con nuestra abuela en la pieza matrimonial. Tenía su cuarto pequeño, apenas entrando a la casa; lo que se veía desde la puerta del cuarto era una cama chica, y en la pared que estaba del fondo colgaba un cuadro del equipo de Chacarita campeón de 1969; era hincha del funebrero, nosotros creíamos que siempre fue de River, y que con el tiempo fue aprendiendo a querer al equipo de su barrio, la casa estaba ubicada a pocos metros de la vía del ferrocarril y pasando esa vía estaba el paredón del cementerio de Chacarita. Una de sus historias que nos contaba nuestro padre, hijo mayor de Don Ramón, era referida a una tarde en cancha de Chacarita. El abuelo gritaba un gol de su equipo, en el festejo, su reloj se salía de su muñeca y cayo debajo de los tablones de la vieja tribuna,  fue él mismo quién se metió debajo de esos tablones; en medio del partido para recuperarlo.  

Ya de grande, y jubilado seguía trabajando de cualquier cosa, todas tareas manuales, con la verdulería de al lado de su casa, o armando diferentes cosas, para algún negocio que fabricaba algún producto que nunca sabíamos de que se trataba, siempre estaba haciendo algo, salvo cuando dormia la siesta o cuándo se sentaba en la mesa a escuchar los partidos, los de la primera B los sábado y los de la A los domingos. Se sentaba en la mesa del comedor con su radio a transistores Spika, y con todas las boletas del Prode; ese antiguo juego de apuestas en el que en una boleta rectangular se ponían 13 partidos; 9 o 10 de la A y el resto de la B; la boleta se dividia en tres columnas; cada una de ellas era para marcar en cada partido lo que el jugador apostaba; podía ser la victoria del local, un empate y un visitante, el que acertaba los 13 partidos se llevaba mucha plata, dependiendo de la cantidad de ganadores; también tenia premio el que lograba acertar 12 partidos; aunque siempre algo menor. Don Ramon jugaba al Prode todos los fines de semanas; pase lo que pase; no sabemos bien cuándo empezó, pero continuó hasta el último de sus días. Se pasaba dos o tres horas escuchando la transmisión de futbol, totalmente desconectado de todo lo que pasaba en la casa. Siempre acompañado del mate y de los cigarrillos negros 43/70, los que fumaba uno atrás del otro.

Una vez sumo 12 puntos, pero su objetivo era llegar al primer premio, algo muy difícil de conseguir. En la mesa siempre había unas 5 o 6 boletas; las posibilidades seguían siendo bajas; pero ya el sábado a la tarde se instalaba en su mesa, para ver como le iba con los partidos de la B;  y el domingo era el turno de los  partidos de la A. Siempre parecía estar cerca de conseguirlo, y en uno de esos fines de semana sucedió algo no previsto, que lo mantuvo unos días en vilo y que le ocasiono un dilema muy peculiar, en el que estaba involucrada su familia. Las apuestas que nunca cambiaban, eran poner ganador a River a Chacarita y nunca perder a Argentinos Juniors; a los dos primeros por la sencilla razón de que era hincha; y a Argentinos Juniors; porque en ese equipo atajaba el novio de su hija, Edgardo, un hombre que se parecía mas a un gorila, de esos de que trabajan en seguridad, que un deportista. Como arquero, dejaba bastante que desear, le costaba mucho salir en los centros, era lento, sus reflejos no eran los de un arquero de primera; pero en esa época el club estaba en crisis y no podían traer a otro. Era un tipo bueno, callado; un poco torpe en sus movimientos y de su boca nunca salían palabras muy trascendentes; pero la hija de Ramón  lo quería y este le tenia un poco de simpatía y otro tanto de lástima, por eso en general ponía empate en los partidos de Argentinos; sabía que eran muy altas las posibilidades de que le metan un gol, pero confiaba en la defensa y en el resto de los jugadores. La historia que pudo haber cambiado su vida fue aquella vez, que en una de sus boletas ya tenía 12 puntos; era un domingo cerca de las 6 de la tarde, había tirado a la basura  todas las que ya no tenían posibilidades, ahora en su mesa estaba solo la boleta que podía llegar a ganar, el mate y dos paquetes cerrados de cigarrillos; como siempre estaba con su musculosa blanca y el viejo ventilador chico  que le daba en la espalda, aquel con el que renegaba mi abuela diciéndole  todo el tiempo que le iba a hacer mal el aire en la espalda; pero a mi abuelo, no le hacia mal ni el ventilador, ni los cigarrillos, ni la inflación. Lo único que le importaba era que el ultimo partidos que faltaba terminar, se  había suspendido por un corte de luz en la cancha. Lo mas sorprendente, preocupante, angustioso e inédito de toda esta situación es que ese partido que faltaba terminar era Platense contra el Argentinos Juniors de su futuro yerno. Ganaba Argentinos 1 a 0, faltaban 15 minutos; Platense era el equipo que menos goles había marcado durante ese campeonato; si no  empataba se iba a la B.

Ramón necesitaba que Platense empate ese partido para llegar a los 13 puntos. Su esperanza era que el novio de su hija salga mal en ese córner que tenían que patear los calamares justo antes que se corte la luz, y termine en gol. Es decir que la suerte de Don Ramón estaba en manos de su yerno; mejor dicho, si éste no utilizaba sus manos ni ninguna parte de su cuerpo para impedir el gol.

Pasaban los minutos y la tarde empezaba a oscurecer; la luz no volvió y el partido se suspendió. Don Ramón se quedó mirando la boleta de prode sobre la mesa. Llegó la hija y cuándo lo saludó, el no pronunció palabra; ella le mencionó lo del partido y se quejó diciendo que su novio ya no iba a tener el lunes libre para poder a salir a pasear, ya que iba a tener que seguir entrenando los días subsiguientes con el equipo hasta que se complete el partido; que seguramente se postergaría  para miércoles. El abuelo no hizo ningún comentario, esa noche se fue a su cuarto a dormir sin comer. La hija le pregunto a la abuela el motivo por el cual estaba tan raro y ella le contesto que siempre se ponía asi cuando terminaban los partidos, ella creía que su marido sufria una depresión post-partidos que coincidía con el momento en que se muere el domingo y con la consecuente amenaza de otra rutinaria semana.

Pero esta vez era distinto, su destino estaba estaba en las manos (literalmente) de un robusto hombre bondadoso; y muy probablemente futuro pariente cercano. Cuándo se acostó pensó en todas las posibilidades. Prendió la radio a galena que estaba sobre su mesa de luz, sintonizó el programa deportivo que cerraba la jornada y se mantuvo expectante ante las novedades. El partido se había suspendido; se resolvió que los 15 minutos que faltaban  se iban a completar el martes. Ramón pensó en hablar con su hija, había que convencer a Edgardo que se deje hacer un gol, y  ella tenía que realizar la tarea de persuación. No le iba a costar tanto; Edgardo, como todos los buenachos, tenía el si fácil; y mucho mas cuándo el pedido venía de Ines; su mujer y la partícipe necesaria para que Don Ramón logre su objetivo.

No era solo la plata; Don Ramón tenía con el Prode una relación muy particular. No era un adicto al juego; ni siquiera un común apostador; de esos que se cada tanto, con o mas o menos frecuencia juega algún número a la quiniela para llegar mas tranquilo a fin de mes, o para poder reparar las mancha de humedad que su esposa le recuerda todos los dias. A Ramón nunca le intereso el juego como una mera forma de ganar dinero fácil. Lo suyo era una combinación de su pasión por el futbol; una forma de mantenerse informado acerca de la actualidad de los equipos; y un pasatiempo en el que ponía su intuición y razonamiento en juego. Al marcar la cruz en el recuadro de la boleta, no solo lo hacía de una manera instintiva; como algo que presentía; también en muchos casos pensaba con algo de lógica; miraba las tablas de posiciones, la performance de los equipos involucrados en los útimos partidos; y hasta la formación de los equipos; por ejemplo si en un equipo no podía jugar su principal estrella o el goleador, ya era una razón por la cual podía dejar de ser su favorito para apostar. 

Ramón no solo queria ganar el Prode; aspiraba a ganarle "AL Prode". Era algo muy personal. Quizas en algún momento pensó que el primer ganador de el concurso en 1972; año en que comenzaron las apuestas, también se llevaba su nombre; Mercedez Ramón Navarrete; y su primer nombre fue motivo de confusión; en un momento se pensó que se trataba de una ganadora; su segundo nombre "Ramón" fué el que despejó la duda; también coincidía el hecho de que era un albañil; al igual que mi abuelo, que realizó ese trabajo cuándo era jóven, y hasta llegó a construir su propia casa en Chacarita.

La relacion con su hija no siempre era del todo buena, discutían mucho,  desde temas generales hasta  de cosas cotidianas que surgían en la convivencia. Ella estaba cómoda viviendo en la casa familiar, no sabía con certeza sus planes con Edgardo. La plata que estaba en juego en esa boleta también podía ser  algo bueno para ella y podía ser mucha, ya que en los partidos que habían terminado se habían dado muchos resultados sorpresivos; era una típica jornada en la que el Prode podía quedar vacante, Don Ramón creía, con buen criterio; que no habría muchos ganadores, quizás solo el se quede con todo el botín, eso representaba mucha plata. Como no pensaba en mudarse a una mejor casa;  no menejaba auto, y tampoco lo gustaba viajar, el dinero, en caso de ganar iba a favorecer a su hija y a Edgardo.

 La decisión fue la siguiente: Don Ramón iba a hablar con su hija; para que a su vez ella hable con Edgardo y le diga directamente que se deje hacer un gol;  que con la plata del premio, Ramón los iba a ayudar para la compra de una casa; el plan no era nada difícil; ya que a Edgardo le habían  convertido varios goles que cualquier otro arquero mediocre hubiese salvado,  sumado a que su punto débil eran los centros, y el partido se iba a reanudar con un tiro de esquina para el rival. Ló único que no dejaba tranquilo a Ramón era aquella conversación que había tenido una vez con Edgardo en la que este le decía que si quería seguir de titular no se podía permitirse mas errores.

Don Ramón durmio poco la noche de ese Domingo Se levanto como siempre a la salida del sol; le gustaba contemplar esa tranquilidad y esa atmósfera que se se siente en esas horas en que muere la noche y nace el día; la gran mayoría  de las personas aún duermen y el silencio para él es una buena forma de empezar el día, el mate y la radio bajita. A esas horas se siente con mas energía y puede pensar mejor las cosas, o por lo menos verlas mas claras. Luego de los primeros mates una idea llega a  a su mente, quizás el nuevo día se la revelaba. La hija no debía participar de este asunto, la cuestión era solo entre él y Edgardo, no solo pensó que no podía ayudar en nada la participación de ella en el conflicto, sino que podía llegar a ser un obstacáculo, además si el se negaba, quizás ella no aceptase esa decisión y podía sucederse un problema de relación de pareja; Don Ramón no iba a querer cargar con semejante culpa. Entonces decidió ir a esperar a Edgrado a la puerta del lugar donde entrenaban. Esperó un rato y a eso de las 8 salió de su casa, iba a ir caminando, ese era su medio de transporte preferido, la caminata iba a durar aproximadamente dos horas, teniendo en cuenta su paso lento, y mientras tanto podía ir pensando bien su estrategia. El tema era tener bien clara la situación a la hora de hablar, debía sonar convincente, y sobretodo hacerle entender que el beneficio iba a ser para ellos, ya que para él, a esa edad, la plata ya no tenía tanta importancia.

Salió de su casa y comenzó a caminar lentamente, respiraba el aire fresco de la mañana, el sol tibio  comenzaba a iluminar el dia, y Don Ramón absorbía esa luz y ese aire  para sentirse mas lúcido y lograr tener mas claros sus pensamientos. Mientras caminaba se iba sorprendiendo con nuevas posibilidades; ¿y si Edgardo se negaba rotundamente? Peor aún, ¿si se ofendía? Eso podía ser para Ramón el comienzo de la pérdida de respeto por parte de su futuro yerno, podía significar traspasar un límite del que ya no podría regresar.  En ese preciso momento, la única nube que se dejaba ver, comenzó lentamente a tapar el sol; miró hacia arriba, y al ver que se oscurecía el cielo, presintió que algo no saldría bien; pero la nube no tardó mucho en pasar y volvió la luz. “Bueno , si se niega  –especulaba Ramón- igual pueden convertirle un gol; y en ese caso, mi triunfo valdra mucho mas; ya que será todo legitimo y sin la necesidad de tener que "sobornar" a un pariente; aunque... -y se volvió a oscurecer el cielo- quizas mi propuesta haga que Edgardo, se sienta tocado en su amor propio  y se esfuerze mas de lo habitual para que no le conviertan.

En un momento se dio cuenta de que lo estaba traicionando su ansiedad y caminaba casi al doble del ritmo habitual. Miró la hora, se sintió cansado, y se detuvo, entró a un bar y se tomó un café, se dejó ganar por los nervios, y mientras miraba por la ventana del bar como los niños iban al colegio que estaba en esa cuadra; sintió también un poco de vergüenza por lo que estaba por hacer; “debería dejar que  las cosas se den como se tengan que dar”; recordó aquel cuento en el que cuando le pasaba algo bueno al personaje, la consecuencia de ese suceso terminaba siendo algo malo.  Lo asoció a su coyuntura. Por ejemplo, podía pasar que Edgardo acepte la propuesta, que se gane el premio, que con ese dinero ayude a su hija a comprar su casa, pero que una maldición aceche a la nueva familia y que de ahí en mas, aparezcan enfermedades, discordia, y alguna que otra tragedia familiar. Y todo por haber forzado un suceso; como que el destino no le perdonaría ese intento de modificación por un simple ser humano. Es que a veces a la suerte hay que ayudarla un poco; el azar existe, pero no trata a todos por igual. La cuestión era: Dejar que las cosas se den de manera natural o meter mano. 

Ramón recordó aquel partido en el que el equipo completo de Racing de Córdoba habia confeccionado una boleta de Prode; y que se habían dado los resultados de tal manera que habían conseguido sacar 12 puntos; claro faltaba uno; pero jsutamente ese punto que les faltaba pertenecia al partido que ellos mismos deberían jugar el domingo a la noche; en esa época se jugaba un último partido mas tarde que todo el resto de la fecha, y daba la casualidad, que Racing de Córdoba jugaría ese partido contra Ferro; por supuesto los jugadores cordobeces se tenían fe y habian puesto la cruz en el casillero local; y ellos eran lo locales. Si Racing ganaba ese partido los jugadores ganaban el premio; y asi fue. Luego de ir ganando 1 a 0; Ferro les empató con aquel gol de Cuper, pero faltando 5 minutos, el mejor jugador cordobes, Gasparini les dio el triunfo y el así consiguieron quedarse con el premo; que al final no fue tanto ya que en esa fecha muchos apostadores habian ganado el pozo, por o tanto lo que le quedo a cada jugador fue una suma menor; algunos dicen que gastaron mas en la cena que hicieron para festejar el logro.

Ramón decidió  decidió seguir adelante con su plan, era la oportunidad histórica de sentirse ganador; mas teniendo en cuenta que sabia bien que mucho mas no iba a vivir. Podría irse de este mundo como ganador, además sería como hacer el gol de la vitoria  en el último minuto; es verdad, manipulando un poco la situación, pero justo ahí estaba  su incentivo, no solo era el azar y sus predicciones; ahora iba a intervenir el en el destino, era su estrategia, además, si eso significaba lo mismo que hacer un gol con la mano, mejor todavía.  Antes de llegar al predio; también recordó a otro Ramón; y ese recuerdo lo llenó de optimismo; se trataba de Mercedez Ramón Navarrete; el primer ganador del Prode. Un paraguayo que se había venido a trabajar a Buenos Aires; igual que mi abuelo tambíen era albañil. Al principio; cuándo las noticias no abundaban tanto como en la actualidad; no se sabía bien si se trataba de un hombre u una mujer; ya que su primer nombre era Mercedez; pero el segundo era Ramón; y eso mi abuelo lo tomó como un buen augurio.

Llegó  a la hora que entraban los jugadores; lo vió venir a Edgardo y fue directo hacia él; como si fuera un 9 que iba directo al gol en una embestida fatal; había que clavarla al ángulo. Sin escatimar palabras, fue directo. Se lo dijo de una, le explicó toda la situación. Edgardo se quedó inmóvil y si saber que decir; cuándo iba a soltar alguna palabra, Don ramón lo frenó: 

-          "No tenes que contestarme nada, pensalo y hacé lo que creas correcto. Sea cual sea la decisión, todo va a seguir igual entre nosotros, lo único que te pido es que de esto ni una palabra a nadie, muere aca entre nosotros dos".

Le deseó suerte y se fue caminando despacio. Edgardo, quedó bastante turbado. Su día iba a ser  diferente, y quizás su vida también.

El día del partido Don Ramón salió con su radio pórtatil y se dirigió a la plaza del barrio, se sentó, se puso el viejo audífono en el oído derecho y se dispuso a escuchar lo poco que quedaba del partido.

Edgardo, no se había vuelto a comunicar con él, asi que no podía saber cual iba a ser su decisión. Su intuición le indicaba que Edgardo iba a dejar hacerse el gol; confiaba mucho en su intuición; se sintió seguro; repaso los logros de su vida; como cauándo siendo apenas un muchacho, y lo único que poseía eran sus dos manos para trabajar, había logrado establecerse a principios de siglo, hacer su casa, formar su familia y salir siempre adelante, dejando “todo en la cancha”. Había sobrevivido a tantas luchas en sus épocas de anarquista, participando en numerosas huelgas durante la época infame, lo reprimieron, lo encerraron, pero se hizo cada vez mas fuerte, y con esa rudeza vivió hasta ahora, confiando en si mismo. Y ahora estaba a punto de ganar; es verdad, no era una lucha social, pero era un logro personal; tanta insistencia, tantas tardes mateando con todas las boletas sobre la mesa, solo él y la radio. Ese era su mundo ahora, y se lo merecía. Ya no le debía nada a nadie, su esposa, sus hijos y sus nietos estaban bien, y el era el responsable de todo eso; había sido la piedra fundamental de la familia.

El partido ya se jugaba, habían pasado diez minutos y ninguna llegada de Platense. “Esta complicado” pensó, si los calamares no llegan al arco, va a ser imposible. Partido trabado en la mitad, muy cortado, y se terminaba el tiempo ¿cuánto podrían adicionar, quizás dos minutos?. Estaba perdiendo las esperanzas cuándo hubo faul en mitad de la cancha a favor de Platense. El 5, el que mejor pateaba, sabiendo que su equipo no tenia llegada intento algo sin mucha esperanza, pateó la pelota como sacándosela de encima hacia el arco. Edgrado estaba parado casi en el punto penal; adelantado; solo tenia que levantar sus manos para tomar el balón, las levantó…pero al mismo tiempo las abrió y la pelota paso entre ellas colándose el arco en la parte superior de la red. “Es el gol mas ridículo que me toco relatar” dijo Parnisari, el relator de Radio Colonia. Don Ramón ni se inmutó, estaba tranquilo, contento, no solo por el premio, sino por la decisión de Edgardo, “Es de buena madera”, pensó, y se alegró por su hija.

Se levantó y comenzó a caminar despacio hacia su casa, se terminaba el partido; quedaba un minuto del descuento. Todo había salido bien salvo un detalle que no fue insignificante. El “tanque” Gutierrez, el 9 de Argentinos; Edgardo siempre decía que algún dia iba a llegar a la selección, porque cuándo nunca pasaba nada inventaba algo. Y faltando 30 segundos, se la llevo de arremetida aprovechando su cuerpo, remato y rompió la red para decretar el 2 a 1 final. Don Ramón siguió inmutable, y pensó: “Quizas tendría que haber hablado también con el “Tanque Gutierrez”.

 

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