HOY SALI A LA CALLE Y....

 

Hoy salí a la calle y olvide olvidarme el celular, si, tendría que haberlo olvidado, dejado sobre la mesa, o sobre donde había quedado la ultima vez que me molesto. Pero todavía no me acostumbro a olvidarme de llevarlo, y eso no es nada bueno, antes uno se olvidaba los documentos, la billetera, el peine, las pastillas, y se podía vivir con eso durante todo el dia sin sentirse perdido, con los documentos nunca pasa nada, no recuerdo que nunca me lo hayan pedido, hasta pude haber pasado toda la jornada sin haberme dado cuenta de ese olvido. La billetera podía ser un problema, pero si quedaban algún vuelto en el bolsillo ya se podía viajar, y sino se caminaba un poco, mas saludable, y mientras tanto se pensaba en la excusa que se le iba a decir al jefe por haber llegado tarde. Y el peine….bueno…ya es del pasado, era común, cuando yo era chico ver a hombres grandes sacar el peine de bolsillo y acomodarse la raya al costado, aunque solo se aplanaban los últimos 4 o 5 pelos largos que quedaban y cruzaban de un  lado a otro de la cabeza.

Seguramente el mismo que pega la vuelta después de haber caminado 4 o 5 cuadras, o se baja del colectivo en medio de su trayecto al trabajo porque se olvido su teléfono, no regresa a buscar un pullover cuando se da cuenta que salio como si fuera primavera, cuando afuera no hace mas de 2 grados. Dependencia absoluta podría llamarse este accionar. Miedo; a sentirse fuera del mundo, solo, con frio, enfermo, nervioso y con efectos secundarios peores a los que se indican en la mayoría de los prospectos de los medicamentos, que en general empiezan con sequedad vocal, leves mareos y que terminan con falta de aire, desmayo y paro cardiorespiratorio.

Hoy sali a calle y escuche bocinas, no, Argentina no había ganado el mundial ni se festejaba el campeonato de nadie; ninguna despedida de soltero ni salía ningún pañuelo que salía de alguna ventanilla por alguna emergencia. Eran bocinas de gente apurada, quizás no llegaban tarde a ningún lugar, pero igual estaban apurados. En el interior de los vehículos vi caras enojadas al volante. Caras que en algún momento rieron, miraron a algún niño tiernamente, o se emocionaron con alguna canción. Tambén vi alguna carita de algún niño sentado atrás, mirando sin entender mucho todo ese movimiento, quizás disfrutándolo desde la mirada inocente, y paciente. Contrariamente, vi caras mas felices; mas relajadas, pero iban en bicicleta, y movían el cuerpo en vez de dejarse dominar por los nervios. Entre tantas de las cosas que tienen poco sentido, una es la desproporción en el uso del espacio público; autos que ocupan un gran espacio en la calle con una sola persona en su interior, muchos autos, que congestionan, molestan, hacen ruido, liberan gases tóxicos, amenazan peatones y ciclistas; con conductores que se insultan unos con miradas, con palabras, con bocinas. Y en cada insulto, en cada bocinazo hay  una frustración, un sueño no cumplido, o peor aún, el no haberlo intentado.

Hoy sali a la calle y todo me parecía incomodo, molesto, tedioso, me costaba moverme con ligereza, me sentí desequilibrado, enojado, con temor de mi y de los demás, todos los que se cruzaban conmigo me miraban mal, o no me miraban pero me pensaban mal, que es aun peor. Los que iban en mi misma dirección también eran una molestia, los que iban adelante no me podían mirar, pero me presentían, sabían que yo iba unos pasos atrás de ellos, y estoy seguro que eso les molestaba, no me iban a dejar pasar, algunos apuraban el paso para que yo no consiga adelantarlos, otros cruzaban la calle para ir por la vereda de enfrente. Me molestaban que vayan adelante mio, porque no los quería seguir mirando; ese andar no me gustaba, algunos no sabían ir derechos; ¿no pueden tomar las líneas de las baldosas si no saben andar derechos?.  Un grandote caminaba de una forma que parecía que iba a tomar velocidad en cualquier momento pero nunca lo hacía, porque se movimiento era exagerado, torpe, pero sus pasos eran cortos, y no despegaba, eso me desquiciaba porque si iba tan rápido como su cuerpo lo anunciaba se me distanciaría y no tendría la necesidad de pasarlo. Asi que acelere la marcha porque ya no soportaba su andar tan contradictorio. Lo pase, estoy seguro que al hacerlo el grandote me insulto, por lo menos por lo bajo o solo pensó el insulto, pero se perfectamente que lo hizo.

Segui caminando y note a la distancia a la esa señora con sus dos perros y esas sogas largas que seguramente bloquearían todo el ancho de la vereda cuando yo tenga que cruzarla. Ya veía como a medida que se acercaban a mi la mujer iba dándole rienda suelta a sus caninos, no iba a hacer nada para hacerme fácil el cruce. Y efectivamente asi fue; como siempre, y para no sentir culpa actuo un reto reto a los perros; claro que ellos no entienden las normas del transito; ni tendrían que saberlo; ellos solo andan por donde quieran, y después de todo ya tienen que estar soportando ser conducidos por una persona que si entiende las normas tacitas del andar cotidiano sobre las veredas, pero que no le importa demasiado molestar a sus semejantes. Tuve ganas de decirle que no me creí el acting de retar a sus sabuesos, y que además los canes no entienden el castellano, ni el alemán, ni el ingles ni el jeringozo, asi que no tenía sentido hacerse la enojada, que el que tiene todo el derecho a enojarse soy yo. Además yo ya estaba enojado desde que puse un pie la vereda, al salir de mi casa; y ese dia yo tendría el monopolio de la contrariedad, nadie tenía derecho a arrebatármelo, es asi, tan injusto y arbitrario que prefiero ni pensarlo mucho.

Todas las personas tenían algo que me molestaba y a todas algo les molestaba de mi. Algunos pensaban que yo presumía en mi de andar, por eso me miraban despectivamente, y los otros también pensaban mal de mi, que no me quedaba bien la ropa, que caminaba mal, que solo pensaba en mi, que era muy rubio, que intentaba hacerles creer que tenia mas cabello del que en realidad tenia en mi cabeza, que creía que mis zapatos era mejores que los de los demás, y muchas otras cosas que realmente me afectaban mucho, y como yo pensaba esas y muchas cosas peores que los demás, decidí sentarme en el banco de una plaza para cerrar los ojos hasta que se me pase semejante ataque de estupidez.

Todos los días de nuestras vidas debería ser una aventura. Un dia deberíamos salir a la calle como si fueramos un Tom Sawer urbano para descubrir que nos depara el día. Podríamos empezar por maravillarnos con cosas que parecen insignificantes, creer que en cada esquina puede haber un riesgo y que cada uno de ellos los enfrentaremos y venceremos con valentía.

Hoy salí a la calle y no me molestó tanto la modernidad, hasta podría decir que me sentí a gusto. A pesar de que cuando pase por la esquina de Montevideo y Corrientes, descubrí que el legendario bar La Paz, aquel en el que se podía ir un sábado a la noche luego de ver alguna película o de algún recital a tomar café y a debatir sobre que debería hacer la izquierda para ganar alguna elección, o simplemente ir solo pero en compañía de un libro, se haya convertido en un modernoso local de sushi.

Camine dos cuadras en dirección opuesta al obelisco y me senté y en la esquina de Rodríguez Peña y Corrientes entre a otro moderno bar con todo su exterior vidriado, me senté en una mesa redonda de mármol, y me di cuenta que nunca vendría un mozo con delantal blanco, un trapo en la mano, a preguntar que iba a consumir. En estos lugares uno debe pasar por la caja ver la amplia variedad de nombres en inglés que se ofrecen y llevar lo que va a consumir a su mesa, para sentirme acorde a los nuevos tiempos, pedí una simpática botella de vidrio reciclable en cuyo interior contenía un jugo de limón con jengibre y menta, nada mal teniendo en cuenta que ya en la ciudad hacia un calor insoportable, y no sería una buena opcion el clásico Cafe con leche con medialunas. No me molestó tanto pensar que en esa equina funcionan anteriormente un local de venta de películas en VHS, libros y discos.

Hoy salí a la calle y vi mucha gente perdida en sus pensamientos, cabezas gachas, ojos desorbitados, entre una mezcla de melancolía y ansiedad.

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