EL PIBE DEL INTERIOR

 

-Que lástima que le gusten tanto esos libros –le decía Roque, el padre de Martín al tío Alfredo, mientras lo miraban jugar para el club de barrio por el campeonato infantil interzonal-, es una pena, está todo el día pensando en ese Tom Soyer, Jaquinberri, ese Corsario morocho, y todas esas historias que no sé de donde las saca. Es raro, porque en la familia no tenemos a ninguno que le gusten los libros, es que había que trabajar –y lo decía como justificándose-, no había tiempo para libros, novelas ni nada de eso que lo tienen a uno ahí, inmóvil, rompiéndose los ojos y distrayéndose de la realidad.

- Te acordas de ese tío abuelo que teníamos de chico? –le decía el tío-, ese que se la pasaba contando historias, medio indio, era el raro, cuándo venía a casa nos juntaba a todos los chicos al lado del gallinero y nos contaba unas historias raras que nos daban miedo. Capaz que lo heredó de ahí.

Martín era muy habilidoso, era la estrella del club local de un pueblito perdido del interior de la Argentina. Le gustaba mucho jugar a la pelota, no tanto cuando había que jugar el torneo; es que una cosa es “jugar a la pelota”, que para el representaba ir al campito que estaba frente a su casa, armar un picado con los amigos y otra “jugar el interzonal”. Ahí sentía la presión del padre, del tío, del entrenador y de todo el pueblo que los iba a ver. Y había que hacer quedar bien al pueblo, no se podía perder. Pero a los 12 años un chico no sabe mucho todavía eso de ser competitivo, ni de egos ni de sentirse mejor que otro porque gano su equipo. A ese edad un chico quiere jugar, “jugar a la pelota”, en el potrero, sin los grandes, poniendo las camperas haciendo de los palos del arco y sin un tiempo estipulado, simplemente hasta que se cansen de jugar.

A Martín le gustaban los días que no hacía frío porque asi iba al colegio con los pantaloncitos cortos debajo del guardapolvo, entonces cuándo llegaba a su casa luego de pasar el día en la escuela, solo tenía que sacarse guardapolvo, ponerse la camiseta con el 10 en la espalda y ya estaba listo para cruzar al potreroi para jugar a la pelota con los chicos de ahí.

Pero a la noche, luego de cenar, mientras todos en la casa se quedaban viendo en la televisión los programas de moda, el se iba a su cuarto, se acostaba y con la luz del velador al lado de su cama se ponía a leer historietas. Su mundo a partir de ese momento no era el de los demás, era el de los personajes y las aventuras de esas historias. Hasta que se quedaba dormido con la revista sobre su pecho, y en sus sueños continuaba viviendo en su mundo de ficción.

Cuándo cumplo 13 años le hicieron una pequeña fiesta en su casa, invitando a los chicos vecinos y a algunos del 7° grado. Recibió muchos regalos ese diá, un jabón en forma de jugador de futbol, que nunca lo quizo usar para que no empiece a perder su forma, unas medias con el escudo de River, una pelota que le regaló su tío Alfredo, pero no con gajos hexagonales, sino esas que los gajos eran rectangulares, un poco mas baratas, pero al poco tiempo empezaban a tomar forma de huevo, sino llegaban a reventar antes, todos los regalos tenían que ver con el futbol, menos uno que fue el que mas valoró y el que lo alegró mas que cualquier otro. Era un libro ilustrado, con hojas de buena calidad, cuyo contenido era en forma de historieta y contaba las aventuras de Robin Hood.

Mientras fue creciendo siguió con sus dos pasiones, el futbol y la pelota; en esos tiempos, esas actividades no interferían entre sí; podía escribir sus historias durante el tiempo que estaba en la escuela, ya que no necesitaba prestar toda su atención a sus maestros porque le resultaban fáciles los contenidos de la mayoría de las materias; en la única que sí debía atender sin distracciones, era en matemática, con los números no tenía la misma facilidad que con las letras.

Llegó a primera y para su familia fue como recibirse en la facultad, o mejor aún, porque no solo estaba en juego ser el orgullo de la familia, sino también ser su “sostén” económico. Pero para Martín, no llegar a primera también era como recibirse, aunque no estaba demasiado seguro de que era lo que realmente quería para su vida. Durante las inferiores, poco a poco fue dejando de escribir, pero nunca de leer; de a poco fue cambiando de género, a las novelas de aventuras de su ápoca infantil le habían seguido los  géneros policiales y de suspenso; había pasado por Poe y Doyle, luego tuvo su período revolucionario y se dedicó a autores latinoamericanos como Neruda, Cortazar, Bennedetti, y Garcia Marquez, de ahí paso por una etapa espiritual y filosófica en dónde se adentró en la literatura de Herman Hesse, y en el momento de llegar a la primera división estaba inmerso en la literatura rusa; tanto es así que la noche anterior  debutar en primera no podía dejar de pensar en los tormentos que le aquejaban a Rakelinkov, resultando que se durmió mas preocupado por pensar en la forma en la que podría llegar a zafar de la cárcel el pobre y atormentado ruso que de la suerte que le depararía a él en su primer partido en primera.

No tardó en convertirse en la figura y capitán del equipo; el manejo del grupo para el no era ninguna tarea difícil; siempre que surgía algún problema de convivencia recurría a un viejo libro en el que un avión caía en medio de una montaña y los sobrevivientes debían convivir en las peores condiciones para poder superar todo tipo de adversidades. Martín no solo era un lector pasivo que luego de leer alguna novela, estaba quedaba algo del pasado que había servido para pasar buenos momentos de lectura; cada lectura que terminaba se incorporaba a su esencia y formaba parte de su ser; las enseñanzas que le dejaba esa historia o las vivencias por las que pasaban sus personajes, de aquí en mas le iban a servir a él para aplicarlas en su vida cotidiana y en las relaciones con su entorno.

Cuándo un compañero de su equipo no ponía la garra suficiente en los partidos, se le acercaba en el vestuario, siempre lejos de los otros compañeros y le contaba las aventuras de Robinson Crosoe, si notaba que algún otro jugador se bajoneaba tras una derrota le hablaba sobre la Don Quijote, y cuándo se daba cuenta que había un habilidoso en el equipo, que jugaba de manera egoísta, y solo para lucirse él; lo torturaba durante varios días con la historia de Los tres mosqueteros; y cada vez que el equipo se perdía de convertir por alguna maniobra individualista de su compañero morfón, se le acercaba y le decía tapándose la boca: “Todos para uno y uno para todos”.

En su momento de mayor exposición, las presiones comenzaron a aumentar en su vida. Su representante le hablaba todo el tiempo de cambiar de club, tenía ofertas del exterior, pero Martín estaba arraigado mucho a su territorio y no quería irse a ninguna otra ciudad, y mucho menos a otro país. Su familia también lo presionaba para que acepte ir a un club de Primera División. En ese momento había tres clubes de Buenos Aires que estaban interesados en su contratación. Pero el dudaba mucho de partir a la ciudad, por un lado creía que irse, era una forma de conocer nuevos lugares, otras personas, y alejarse un poco de todo lo que lo rodeaba, que por momentos lo hastiaba; pero tampoco le quería dar el gusto a los demás y ser la moneda de cambio, comprometiéndose a jugar en la máxima liga del país; temía que haciendo eso, ya no podría conseguir su sueño de escritor; y que iba a terminar siendo una de esas estrellas, llenas de plata y famosa pero infeliz.

Su representante, su padre y su tío se reunieron e idearon un plan para que Martín acepte la oferta de ir a jugar al equipo de Buenos Aires que haga la mejor oferta para llevarlo.

El plan consistía en regalarle libros, cuya temática sea la ciudad de Buenos Aires; historias de sus calles, sus personajes, las leyendas, el arrabal. Tanto prosa como poesía. La otra parte del plan era no insistirle mas con que cambie de club, sabían muy bien que Martín tenía una personalidad rebelde y que siempre intentaba hacer lo contrario a lo que le aconsejaban los demás. El primer relato que llegó a sus manos fue las Aguafuertes porteñas; lo fue a comprar el tío a la librería mas grande del pueblo. Cuándo el Tío le pidió una sugerencia y orientación al vendedor; y este último le recomendó estas crónicas de Arlt; el inculto familiar le dijo al vendedor que si las aguafuertes se trataban de una inundación en Buenos Aires no creía que fuera una recomendación positiva, para que Martín tenga una buena impresión de esa ciudad.

A ese libro le siguieron algunos de Leopoldo Marechal, Borges y hasta una guía  con las principales atracciones culturales, que bien se lo podía recomendar a algún turista extranjero.

No se sabe si fue ese plan, o el hastío de Martín de su entorno que lo presionaba todo el tiempo, pero decidió aceptar la oferta de la capital del país y al poco tiempo ya vestía la remera roja de independiente; River y Boca le ofrecían mejores contratos, pero se decidió por el equipo de Avellaneda para evitar una posible riña familiar, ya que su padre era del club de la banda roja y su tio el de la franja amarilla.

Mientras volvia al departamento que el club le había conseguido en la gran ciudad, escribió de puño y letra en un cuaderno de hojas rayadas escolar que llevaba siempre a todos lados:

“En esta gran y “pobre”ciudad se escuchan bocinas, no, Argentina no había ganado el mundial ni se festejaba el campeonato de nadie; ninguna despedida de soltero ni salía ningún pañuelo que salía de alguna ventanilla por alguna emergencia. Eran bocinas de gente apurada, quizás no llegaban tarde a ningún lugar, pero igual estaban apurados. En el interior de los vehículos vi caras enojadas al volante. Caras que en algún momento rieron, miraron a algún niño tiernamente, o se emocionaron con alguna canción. Tambén vi alguna carita de algún niño sentado atrás, mirando sin entender mucho todo ese movimiento, quizás disfrutándolo desde la mirada inocente, y paciente. Contrariamente, vi caras mas felices; mas relajadas, pero iban en bicicleta, y movían el cuerpo en vez de dejarse dominar por los nervios. Entre tantas de las cosas que tienen poco sentido, una es la desproporción en el uso del espacio público; autos que ocupan un gran espacio en la calle con una sola persona en su interior, muchos autos, que congestionan, molestan, hacen ruido, liberan gases tóxicos, amenazan peatones y ciclistas; con conductores que se insultan unos con miradas, con palabras, con bocinas. Y en cada insulto, en cada bocinazo hay  una frustración, un sueño no cumplido, o peor aún, el no haberlo intentado”.

 

Podría haber seguido escribiendo muchas cosas; pero ya tenía que bajar del colectivo; además, se estaba poniendo demasiado triste; no sabía cuál iba a ser su futuro; la pelota o la lapicera; lo que si estaba seguro es que se le iba a hacer difícil acostumbrarse a tanta locura urbana.

Comentarios

Entradas populares de este blog

MINUSCULO

SOLO

MARIMACHO