27 de Junio de 1982
Decir que el dia en que empezó el proceso de mi propia
muerte fue el 27 de junio de 1982 es solo un dato. Por convención y por esa
necesidad imperiosa que tiene el ser humano en clasificar todo, decidimos, que
el tiempo lo fraccionamos es siglos, años, meses y días. Pero podría haber
pasado que desde que se empezaron a contar los días, se hubiera hecho en forma
sucesiva y númerica, o sea que en vez de 27 de junio de 1982, podríamos decir
el día número 738.665, (despúes de cristo), mantengamos ese criterio, para no
perdernos en las estériles suposiciones del tiempo y del infinito. Podríamos
suponer que la niñez es hasta el dia 5000, la juventud hasta el dia 10000 y la
vejez empezaría en el dia 20000 (se aclara que no se hizo cálculo alguno,
simplemente se pusieron números al azar solo a modo de ejemplo).
Ese día tuve el primer contacto cercano con la muerte.
Estaba en una de esas calles silenciosas de Valentín Alsina, calle de casas
viejas, muchas fábricas curtiembres, y se respiraba ese olor a Riachuelo, que
uno nunca sabe porque en ese momento parecía agradable. Será que los olores que
nos recuerdan momentos de nuestra infancia siempre nos resultan así. Era
domingo a la tarde, la casa de mi abuela materna, ya habíamos almorzado, y con
mis primos, que a esa edad eran como nuestros mejores amigos, aunque 10 años
después solo nos volvamos a ver en algún casamiento, o en el velorio de alguien
de la familia; jugábamos en la vereda, esta vez armando aviones de papel y
escribirles nombres de personas sobre sus alas, haciendo de cuenta que somos los dueños de una gran flota
de aviones. Uno de esos juegos de niños que tienen sus días de moda, y que
después nunca mas se vuelven a jugar. Como si fuera una canción de moda, tienen
sus días contados. Nunca llegan al nivel de la escondida, la mancha, la bolita,
las figuritas, y mucho menos al del picado en la vereda; esos juegos serían como las
canciones clásicas que nunca pasan de moda y se van pasando a través de las
genreraciones.
La mañana del domigo había empezado con una revelación de mis padres; se anticipaban al triste desenlace. La abuela; no la de Valentín Alsina; sino la madre de mi padre estaba por morir. Recien nos levantábamos, junto a mis hermanos desyanubamos en piyama, con la tranquilidad de un domingo, sin tener la pesada carga de ir a la escuela como todos los dias de la semana. Esa palabra que empieza con C solo existía en la revista del diario del domingo; en una de las últimas páginas, la del horóscopo; para mi solo era un signo mas; como Virgo, Escorpio o Sagitario; y Cancer era un signo mas, no era hasta ese momento la enfermedad que mataría a mi abuela. A esa edad ningún chico es consciente de lo que está a punto de perder, y yo no era la excepción; es que la muerte solo existía en aquellas películas de Dráculas que mirábamos algún vierenes a la noche; porque ese día se podía trasnochar y nos dejaban quedarnos ver esas películas de terror, aunque después nos aparescamos llorando a un costado de la cama de nuestros psdres porquer tenemos miedo y no nos podemos dormir. Encima era una muerte no tan mala, porque en ella los muertos resucitaban, una muerte no del todo eterna; asi que tampoco me la podía tomar como tan definitiva; y además, estábamos en plena época de las clasaes de catequesis, con lo cual no creíamos el argumento que desúes de la muerte había otra vidaen el cielo y en algun momento todos nos encontariamos en ese lugar.
De todas formas no entendí bien el mensaje de mis padres; o no quise entender, pero mi domingo continuó como cualquier otro; nos llevaron a lo de mi otra abuela; y por la tarde jugamos con mis primos a aquel innovador juego de aviones de papel con nombre de persona.
Era una tarde de definiciones, algo importante pasaba por Caballito, el verdolaga, el Ferro de Griguol, aquel equipo que no pertenecia a los llamados grandes estaba a punto de hacer historia; el año anterior había salido subcampeón dos veces; el metropolitano se lo sacó el Boca de Maradona y el nacional perdió la final con el River de Kempes.
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