LAS ISLAS QUE DESCUBRIMOS

 

 La mañana había amanecido fresca, caminamos esas siete cuadras al colegio pisando las primeras hojas secas color ocre de otoño, mientras disfrutábamos del crujido que hacían al deshacerse.

Ya en el aula, aún sin despertar del todo, vimos entrar al maestro mas temido del colegio. Aquel hombre de enorme cuerpo y de cabeza chiquita, que fumaba sin parar, y que para justificar su vicio nos decía que las colillas, las tiraba a las pantas así crecen mejor, ya a estaba punto de retirarse. Igual le teníamos miedo, aunque nos decían que ya lo agarramos en las últimas y que era inofensivo.

Pero esta vez entró al aula con una energía diferente, el día lo había sorprendido, ¿cuántos acontecimientos importantes le habrá tocado vivir?; seguro aquel día del 45 cuándo el pueblo llenó la plaza para pedir por su líder, o el 55 cuándo ese mismo pueblo fue atacado con bombas por su propia fuerza aérea, y dos o tres sucesos más de una historia que siempre se debatía entre la libertad y la opresión. Sus palabras, las que no llegamos a darle el valor que representaban fueron “Recuperamos las Malvinas”; y enseguida por primera vez en nuestros años escolares vimos prenderse aquel viejo televisor blanco y negro durante una mañana en la escuela. Esa televisión-mueble, era solo parte de la decoración del aula; estaba ahí, siempre apagado y solo lo utilizaban para apoyar algún libro, registro o papeles sobre su techo. Las islas, para nosotros, solo representaban los últimos trazos del mapa que hacíamos en hoja de calcar, o que pintábamos en los que ya venían impresos. Como si fueran un par de zapatos sueltos, ahí abajo a la derecha del gran territorio; la sensación era que estaban como perdidas, sueltas y sin conexión; pero ahí estaban; nadie preguntaba que hacían allí, quién viviría, ni siquiera sabíamos si nos pertenecían, pero estaban en el mapa, en silencio, esperando que llegue este día.

El día ya sería atípico, los maestros no daban clases, entusiasmados y sorprendidos hablaban entre ellos, nosotros nos aprovechábamos de la situación y nos comportábamos como si fuera un día de fiesta; pero la historia nos demuestra que nada de eso era para festejar. La Plaza de mayo se llenaba otra vez, y a pesar de que quienes nos conducían eran los mismos que nos oprimían, que nos mataban y nos desaparecían, el pueblo los vivaba; pero las masas no piensan, actúan por impulso. Solo mi madre, con su habitual pesimismo, nos decía que era toda una locura, nos aguaba la fiesta, pero con su instinto de madre era la única de la familia que tenía razón.

Eran años de confusión, cuándo parecía que la noche terminaba, unos pocos oportunistas vieron la posibilidad de quedarse y seguir violentando a su pueblo. “Mamá, la libertad, siempre la llevaras de dentro del corazón, te pueden corromper, te puedes olvidar, pero ella siempre está”. La canción estaba saliendo, y solo un año después una maestra de música desafiaba a las viejas costumbres y nos hacía ver lo que no nos contaban.

A partir de ese día todo fue una larga mentira; porque no eran “los chicos de la guerra” eran los hijos de sus madres, hermanos de sus hermanos e hijos de la vida, esa vida  que se les iba a acabar en poco tiempo. Ellos si fueron héroes, pero hay otros que los maltrataron, que se vestían de militares y alababan la guerra, pero ya habían torturado y matado a los nuestros. Mataban por matar, no por la libertad ni por un justo derecho. Para llenarse el pecho de medallas, para mostrar que son los mas fuertes y ganadores. Pero en una guerra nadie gana. ¿Vamos ganando?, eso nos decía la tapa de la revista de grasa de las capitales (Gente); pero veníamos perdiendo ya desde hace muchos años. Ya habíamos perdido la libertad, ahora íbamos a perder a los chicos. “Y luego vendrá una premier de cine, dónde cuenta los flagelos de la guerra y los hombres, se emocionarán y aplaudirán su buen final, pero madre; ¿Qué esta pasando aca?”. No solo se lo preguntaban los ingleses a su reina madre. Nosotros también le preguntamos a nuestras madres, a las que ya no tenemos, a las de los pañuelos, a las que siempre tienen razón.

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