LAS COSAS EN SU LUGAR

 

23 de Junio de 2012. 

Hacía casi un año (3 dias menos), que había sucedido lo peor; El monumental estaba en llamas, eran las 6 de la tarde de un domingo que moría, así como se moría la esperanza. Quién lo iba a pensar, pero hasta el mas grande tiene su talón de Aquiles.  

Ese sábado me senté con el mate frente a aquel viejo y cuadrado televisor que tenía el tamaño de un lavarropas; en ese mismo vi caer al grande de a poco. Pero hoy era el día en que la historia nos iba a poner en su lugar. Comandados por un titán, un luchador de la vida como Matías Almeida, que había confesado que cuándo dejó el futbol había días en  no tenía ánimo ni para levantarse de la cama; pero era de acero, un luchador que prometió quedarse en las malas y llevar a su equipo a primera. En el banco contrarió estaba sentado un referente Xeneize, Blas Armando Giunta, como para darle un condimento mas al partido. Otro gladiador del mediocampo boquense, que iba a ser todo lo posible para impedir el ascenso de River. Treseguet, un Argentino, que se había hecho ciudadano francés para jugar para esa selección y salir campeón del mundo en Francia 1998, hincha de River desde siempre, vino para dar una mano, y si que la dio, convirtió los dos goles con los que River se impuso a Almirante Brown y le permitió consagrarse campeón del Nacional B para conseguir el ascenso.

 27 de Junio de 2011

 "River se fue a la B, así titulaban  los diarios del país y del mundo. Y si River se había ido a la B el mundo ya no sería igual que antes, mi vida continuaría igual que el día anterior, con los mismos problemas y con la misma rutina de siempre; nada en mi vida iba a cambiar por el hecho de que River se haya ido al descenso. River se fue a la B, y hay algo que cambió para siempre; hasta los de Boca se miraban sorprendidos entre ellos, ni siquiera cargaban demasiado (...si les pasó a ellos también nos podría pasar a nosotros...) El Shock fue terrible, a partir de ahora cualquier cosa impensada puede suceder, y si, las cosas extraordinarias suceden, y no solo en los cuentos de Poe; en la vida real también.

Lo que sí iba a cambiar para siempre es mi relación con la infancia. El golpe más duro lo sufrió ese niño de 12 años, que existe en algún lugar de mí. Ese niño, a quien no dejo de extrañar nunca, recuerda esos sábados al anochecer, cuándo iba con mi viejo al bar a acompañarlo con su Vermut del sábado a la noche. El viejo se quedaba parado en la barra, mientras tomaba su aperitivo, conversaba un poco con los mozos, con el mesero o con algún cliente ocasional   que concurría al lugar. Yo me sentaba en la mesa más próxima a la barra, y mi viejo me compraba una gaseosa que venía acompañada de palitos y papas saladas. Cuándo aparecía el canillita anunciando que salía la sesta de ese tabloide que a veces tiene la razón y otras no tanto, mi viejo compraba un ejemplar, leía los títulos y me lo pasaba para que yo me dedique a hacer el juego de las diferencias y a leer una de las cosas que más esperaba del diario: La formación river que iba a salir al día siguiente. Y al otro día con la portátil al oído, o jugando a la pelota en el parque, pero saliendo del partido a cada rato para preguntarle a alguien que tenga una radio como iba River. También  esas noches de miércoles, por el  metropolitano o Nacional, metido en mi cama con la radio debajo de la almohada. Siempre River, desde aquella vez que mi viejo todavía me llevaba a upa porque apenas caminaba y me cantaba “El camaleón cambia los colores de River campeón”. Y a medida que fui creciendo, en la cocina de mi casa, después de comer mi viejo me contaba historias de algunos héroes; a veces eran de la mitología griega, otras de Fangio o de Gattica, pero la mayoría de las veces eran esos héroes que llevaban la banda roja en el pecho. Muñoz, Moreno, Labruna, Pedernera y Lustau. A mi corta edad sabía de memoria esa parte de la historia; me hablaba de la máquina y yo me imaginaba a un grupo de gladiadores con el pecho inflado saliendo a barrer con todo lo que se le oponía. Y yo me iba a dormir con esas imágenes de ganadores, y si mi viejo los admiraba, también merecían mi admiración. También me contaba que hubo una época en que los llamaban caballeros de la angustia, porque ganaban todos los partidos con sufrimiento, pero siempre eran historias de ganadores. Hasta que un día me abrió los ojos al mundo, me preparó para la vida real, no todo era gloria; 18  años sin salir campeón es lo peor que le puede pasar a un hincha de River, o perder 2 finales de la Libertadores, y una de ellas después de estar ganando 2 A 0. Igual esa parte de la historia no me importaba mucho, ni siquiera la creía demasiado, eran finales de los 70, el país se desbastaba, pero River no paraba de ganar. Jota Jota-Merlo-Alonso, esa era mi máquina, ¿y quién la comandaba?, el mismo ídolo de mi viejo que la rompía adentro de la cancha cansándose de hacer goles: Angelito Labruna, ese era el ídolo que unía a las dos generaciones.

“que nunca te pase lo que nos pasó a los de mi generación, 18 años es demasiado”, me decía mi viejo; y lo primero que pensé después de aquel fatídico partido de promoción que nos mandó a la B fue: “que diría mi viejo si aún estaría vivo”. O que debe estar diciendo en algún bar del cielo parado en la barra tomando su vermut.

Y después vinieron los campeonatos cortos ganados, las copas y siempre se ganaba algo.  Pero en algún momento que me perdí, ya sea por tener la cabeza en el trabajo, en la novia, en el estudio, en la salida con amigos, comenzó el descenso a los infiernos, un descenso largo, lleno de golpes y oscuridad, hasta tocar fondo, hasta la B.  

Después de casi un año de jugar con equipos del ascenso, algunos desconocidos de remotas partes del país, de sufrir cada minuto como se sufrió el partido con Belgrano; después de gritar goles con bronca más que con alegría, de no poder dormir pensando en cómo nos empataron en el último minuto o como perdimos con Aldosivi, o Atlanta, o Patronato, llegó el fin de este camino tortuoso. Y al final, subió, a lo grande, a lo Campeón, haciendo justicia a la historia de River; y yo volví a pensar en mi viejo. “Quedate tranquilo, las cosas ya están en su lugar. Y además después de ese traspié volvió para demostrar que es cada vez mas grande….otro día, con mas tiempo te cuento lo que pasó en Madrid".

 

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