EL FEO Y LA MUERTE
-Cuándo se agachaba
y sacaba la joroba ya era medio gol- nos contaba mi viejo, en la sobremesa a mi
y a mi hermano, que ya habíamos descubierto que nuestro mundo giraba en torno
la pelota. Todas las historias las escuchabamos como ese preciado cuento antes
de dormir, pero los de futbol eran los preferidos. Y mientras mi viejo le daba
sorbos a su vaso de tinto (con una minúscula dosis de soda) continuaba: - Le
decían el feo, y si, galán de cine no iba a ser, pero con la pelota era pura
belleza; era una de las cinco piezas claves de esa máquina-, (Muñoz, Moreno,
Labruna, Pedernera y Lustau), habíamos
aprendido mucho mas rápido esos nombres que los que conformaban los de la junta
de mayo, y eso que nos gustaba esa historia que le tanto le contaban en el
colegio de la gente con los paraguas, las mazorqueras, el aguatero, y el sereno
que prendía las luces cuándo anochecía, pero la palabra del viejo influenciaba
mas, y entonces lo escuchabamos sentados en el piso con una atención que solo a
esa edad las personas tienen la capacidad de entregar, porque después uno crece
y la cabeza se empieza a llenar de tantas cosas (tantas como inservibles) que
ya no se puede estar mas que unos segundos entregados a la recepción absoluto
sin que se nos cruce alguna idea, un concepto, otro pensamiento (casi siempre
inservible). Y la atención se cortaba cuándo mi madre terminaba de lavar los
platos y nos mandaba a dormir: -Vos seguí con las historias, total mañana soy
yo la que los tengo que despertar para que vayan a la escuela soy yo.
Entonces la
historia del feo tenía que seguir mañana, o algún otro día, pero nos íbamos a la cama pensando en como iba a terminar en
gol esa jugada de Labruna. Me costaba imaginarlo joven, porque eran los 80 y
Angelito, ya era como un abuelo, no parecía tan feo de viejo, mas bién era como
el personaje sabio que ahora era director técnico y no se cansaba de ganar
campeonatos con la banda roja.
Una noche de 1983, yo estaba con algún virus de
esos que nos agarramos a esa edad y nos dejan 3 o 4 dias en cama. Y mas que
padecerlo se disfrutaban esos días en que teníamos toda la atención exclusiva
de nuestros padres, nos sentíamos los preferidos, no había retos, solo había
que estar acostado y ver como mis hermanos debían ir a la escuela y hacer algunas
tareas de la casa.
Además durante el dia la pasaba en la cama grande de mis
padres, para no contagiar a mis hermanos, los tres dormíamos en una pieza chica
en dónde solo cabían las camas; entonces en la cama grande era dónde pasábamos
esos días.
Esa noche, para pasar el aburrimiento, mi viejo me prestó su
radio spika a pila. Como lo único que me interesaba era el futbol, me sintonizó
“La Oral Deportiva” aquel clásico programa que era el mas escuchado de esos
años, conducido por José Maria Muñoz.
Uno de los periodistas contaba que había fallecido Angel
Labruna. “Había
sido operado de la vesícula y se estaba recuperando. Lo había ido a visitar el
arquero Ubaldo Matildo “el Pato” Fillol con quién se aprestaba a salir a
caminar pero de repente sufrió un síncope cardíaco y el gran goleador, el
máximo de la historia de River Plate, Ángel Amadeo Labruna, que por entonces
contaba con 64 años de edad, cayó muerto en los brazos de aquél. Era el 19 de
septiembre de 1983”.
Me mantuve entretenido con la transmisión, era mi primer acercamiento
a la muerte, a esa edad ese tema no existe, no es causa ni de angustia ni de
preocupación. Sin embrago si me causó impresión la foto de la portada de la
sexta edición de La Razón, en dónde se veía un primer plano de su cara en el
ataúd.
Aquella muerte me afectó, yo no lo conocía, no era un
familiar, pero los relatos de mi viejo sobre su etapa como jugador, sumado a lo
que yo mismo veía como técnico de River, hacían que fuera como de mi familia.
Yo había cumplido 12 años hacía solo 5 días, el 14 de
setiembre, día del boxeador; nos había contado mi viejo en otras de sus
anécdotas que se dia 14 de septiembre de
1923, Luis Ángel Firpo perdia
por nocaut en el 2° round contra Jack
Dempsey, en el Polo Ground de Nueva York. “Firpo tuvo un
legítimo triunfo entre sus manos cuando sacó
del ring al “Matador de Manassa”, quien volvió recién a
los 17 segundos y,
dicen los que tuvieron presentes en el estadio, lo hizo ayudado por terceros.
Sin embargo, el árbitro Jack Gallaher no decretó la victoria de Firpo, que se
hubiera consagrado campeón mundial pesado”; relataban las crónicas de ese día.
Faltaba muy poco tiempo para las elecciones, todavía nos
seguían gobernando los militares, pero ya en retirada. Era una época de muchos
cambios para el país; pero para mí también; y a partir de la muerte de Labruna,
se decretó el fín de mi vida infanti. A
partir de ese día la muerte también existe.
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