MARCADOR DE PUNTA DEMASIADO LENTO
Nunca fue un buen jugador; ya de chico, era uno de los
últimos que elegían en el “pan y queso”; siempre rogaba que de los dos
participantes que iban a dar los 10 pasos para intentar pisar el pie del otro
gane Gaspar, que era su mejor amigo, tan fiel y buen amigo que lo elegía a él
primero para evitarle la humillación de ser el último en ser elegido. No debe
haber en la infancia mas frustración o satisfacción para un chico, que el
resultado de la elección en el “pan y queso”; es la primera sensación de
aceptación que tiene cualquier chico, digamos, entre los 7 y 12 años de edad; y
no solo uno podía saber que lugar ocupaba en cuánto a su habilidad con el
balónpie, sino que también los chicos saben íntimamente que al ser elegidos
también estaban demostrándoles el estima que le tenían y lo populares que eran
en su barra de amigos. Pero para Enrique, salvo Gaspar, por mas que todos le
tenían un gran aprecio, consideraban que ese aprecio tiene un límite, y que no
podían arriesgarse tanto a perder; ya que creían que con él en el equipo era
casi segura la derrota.
Mientras pasaban los años, seguía yendo a probarse a los
diferentes clubes; lo poco que tenia de habilidoso lo compensaba con lo que le
sobraba de insistente. Pero ningún técnico lo aceptaba.
Todo empezó a cambiar una mañana en la que iba caminando por
una calle desierta de la ciudad; una situación de esas que se van
desencadenando de una manera en que todo suceso desgraciado conlleva a otro,
hasta el desenlace final. Todo parecía estar equilibrado durante esa mañana,
caminaba despreocupadamente pensando que en ese momento de su vida no tenía
grandes problemas, aunque tampoco muchas emociones. Se sentía atascado en su
desarrollo personal. Su último pensamiento antes del incidente, había sido un
recuerdo de cuándo era chico y se había ido a probar al club Estrella del sur;
del barrio de Almagro. Antes de la prueba, el técnico juntó a todos los chicos
en el centro de esa cancha en la que era un 90% tierra y el resto pasto
quemado, y puso un bolso grande en el piso con pecheras rojas y azules, todas
con el número atrás. La manera de armar los dos equipos para un picado en el
que iba a servir al técnico para ver las habilidades de los chicos, era la
siguiente: el técnico tomaba una pechera, por ejemplo la número 10, y
preguntaba quién quería jugar de 10, por supuesto esta era la mas codiciada,
entonces entre los chicos que levantaban la mano, a dos de ellos les daba una
diez roja a uno a y la azul a otro. Cuándo llegó el turno de la número 3, un
solo chico levantó la mano, el técnico le dio la 3 azul, como no había otro
postulante para la 3 roja, el viejo técnico lo miró a Gaspar y le tiró la 3
azul; él no la había pedido, pero desde ese momento, sintió que esa iba a ser su
verdadera y única posición dentro de la cancha. Marcador de punta izquierdo.
Por algo se la habían dado esa pechera, era una señal, era el elegido; el
“Mesias” de los marcadores de punta izquierdo. Desde aquel momento se juramentó
hacer honor a ese posición, tenía una imagen que iba a ser su guía espiritual;
era la de ese cásico jugado en cancha de Boca; en dónde el número 3 de River,
Montenegro; que nunca marcaba goles; había pasado al ataque y sacó un zapatazo
desde el lateral izquierdo, que nunca se supo si fue un centro o tiro al arco;
la cuestión era que Gatti, estaba un poco adelantado, y la pelota se coló en el
ángulo superior izquierdo. Ese gol de un número 3 que nunca marcaba iba a ser
su faro. Su lugar en el mundo también iba a ser abajo y a la izquierda.
Los chicos jugaron un partido que duró aproximadamente una
hora; los delanteros contrarios de hicieron un festín sobre la punta que
marcaba Gaspar; lo pasaban todos, llegó a tocar dos o tres pelotas que algún
compañero de la defensa le pasó para salir jugando, pero sus pases fueron
siempre a los piés de un contrario, en una de esas jugadas nació unos de los goles
de ellos. Como el partido terminó empatado, el entrenador los hizo patear
penales a todos, y ahí Gaspar fue donde mostró su mejor desempeño; cuándo le
tocó a él patear su penal, se decidió por tirar fuerte, arriba y al medio; casi
sale, pero la pelota dio en el travesaño y cayó en manos del arquero. Sin
embargó el se convenció asimismo que el
penal había estado bién pateado, y que no era su culpa si cuándo se decidió la
altura de los arcos; alguna arbitraria decisión había acordado el límite
superior en 2,44 metros; porque si ese número hubiera sido 2,50 lo que era mas
lógico por la redondez de ese número, el de el hubiera sido un golazo. Por
supuesto que no fue seleccionado por el técnico, y él se fue pensando que no lo
habían elegido solo por el hecho de haber errado el penal, aunque durante todo
el partido había estado lejos de la pelota, las pocas que tocó fueron a los
contrarios, y hasta le ganó en un pique largo el número 5 de los rivales, un
chico obeso que se agitaba por el solo hecho de caminar.
Sin embargo, una de sus principales virtudes era su
insistencia, creció creyendo que de alguna forma iba a cumplir su sueño de
marcador de punta izquierdo. Y se puede decir que lo consiguió, es verdad, en
un club de la categoría C, y siendo suplente; nunca entraba, ni siquiera cuándo
se lesionaba el tres titular; el técnico, en ese caso confiaba mas en el
defensor suplente de un puesto central, aunque no fuera un lateral que poner a
Enrique, que sería el sustituto natural. Lo que pasaba es que era muy lento,
como tenía mucha voluntad, no se quejaba nunca y le caia bién al técnico lo
mantenían en el plantel, era buen compañero y a pesar de su ineptitud
significaba un elemento positivo para el equipo.
Volviendo a aquella mañana de su juventud en la que se encontraba
plácidamente caminando sobre calles desiertas, sucedió que en la serenidad del
día se le apareció un perro, parecía inofensivo, cuándo se acercó a Enrique se
detuvo ante él, lo olfateó primero, y cuando Enrique bajo la mano para hacerle
una caricia, el perro se habrá sentido atacado, porque su reacción fue una
repentina mordedura en la pantorrilla derecha. Le clavó tres dientes y salió
corriendo a una velocidad inusitada; digna de un perro competidor de carreras.
Luego de 7 inyecciones, antibiótico, y tres marcas que le
quedaran como recuerdo en la pantorrilla derecha, volvió a entrenar en el club.
El primer día se sintió extrañamente motivado, se lo atribuyó a las dos semanas
que tuvo que estar en su casa de reposo con la consecuencia de querer volver a
su vida normal. En el entrenamiento de la mañana corrió como nunca, un nivel de
marcador de punta brasilero, de esos que la rompen en las grandes ligas. No
solo marcó, anticipó, fue una pared contra los delanteros, sinó que pasó muchas
veces al ataque, hizo dos goles y dos asistencias que terminaron en la red. Al
finalizar el partido no podía creer lo que sucedió ese dia, mucho menos el
técnico, que le preguntaba a su ayudante si no será efecto de las inyecciones y
los medicamentos; con lo cual pidió que se le haga urgente un examen de
dopping.
Los estudios dieron normales. El desempeño se fue repitiendo
en las siguientes prácticas; tal es así, que aprovechando que el número 3
titular había tenido un flojo partido en la última fecha, el técnico se animó y
le dio la titularidad en la siguiente jornada.
El sábado, día del partido, el equipo jugaba una chance
importante llegar al primer puesto en la tabla. Enrique estaba muy confiado,
siempre creyó que jugaba mucho mejor de lo que en realidad lo hacía, y a esto
se le sumaba las ganas y la confianza que todos los que estaban a su alrededor
le aportaban. Todas las salidas desde abajo pasaban por él. Dentro de la cancha
se comportaba como un líder natural. Cada vez que un compañero recibía la
pelota, lo primero que hacía era mirar dónde estaba ubicado Enrique; que pasó a
ser “Quique”, de un dia para otro, para sus compañeros….
De ser un jugador que su posición natural era la primer
butaca del banco de suplentes, paso a ser la superestrella del equipo. Varios equipos
de primera se enteraron de que en el ascenso había un marcador de punta que la
venía rompiendo y fueron a verlo y algunos le hicieron tentadoras ofertas a los
dirigentes para llevárselo. Los dirigentes estaban en la disyuntiva entre
venderlo o aprovecharlo para el equipo, ya que gracias a Enrique, este año se
podía producir el ascenso a la primera B. Lo que mas le impresionaba a todos
los que lo veían jugar es la velocidad que tenía. Corria 80 metros por el lado
izquierdo la cancha y los superaba a todos; tanto cuando subía como cuándo
bajaba. Además tenía un absoluto dominio del balón cuando estaba en sus pies.
Entretanto, la herida que le había dejado el perro iba
cicatrizando muy lentamente, seguramente le quedaría una cicatriz de por vida.
Por todo lo que le estaba sucediendo, casi ya se había olvidado de ese
incidente, hasta que un día sonó su teléfono. Era del Instituto Pasteur, en
dónde había hecho la denuncia cuando lo mordió el perro. Le avisaban que ya lo
habían encontrado, el perro tenía un dueño, este, les había solicitado su
teléfono para contactarlo y pedirle disculpas por el incidente. Asi es que recibió
otro llamado del dueño; además de pedirle disculpas por el incidente, le contó
que el perro se llamaba Cafú, como el marcador de punta de la selección
brasilera, el único en jugar tres finales de Mundial seguidas; en dos de ellas
saliendo campeón. Además de llevar ese nombre el canino era competidor de
carreras, siendo campeón mundial en tres oportunidades. Actualmente, y debido a
que ya estaba mayor, no competía mas, con lo cuál estaba atravesando una
depresión mezclada con momentos de agresividad; siendo este el motivo,
argumentaba el dueño, por el cuál descargo su instinto violento contra la
pantorrilla de Enrique. Este no solo le acepto las disculpas, sinó que le
agradeció, diciéndole que quizás ese suceso había cambiado su destino; no le
dio detalles de las consecuencias que habían hecho efecto sobre su persona
aquel incidente, aunque el dueño del perro también comprendió la situación, ya
que seguía las noticias del futbol y se había enterado de que Enrique, que era
un jugador suplente de un equipo del ascenso, en poco tiempo había sido
convocado a la Selección Nacional y era codiciado por varios equipos de Europa.
En la conversación ninguno de los dos tocó el tema, aunque ambos sabían bien de
que venía el asunto. Enrique le pidió visitar al perro, y eso hizo que los tres
entablaran una relación de amistad que permaneció para siempre. Paso un año y
Enrique ya jugaba en la selección y en el Real Madrid; cada vez que volvía a
Argentina, además de visitar a su familia se tomaba un tiempo para ir a ver a
Cafú; el dueño se lo prestaba para que lo saque a pasear; y el lo llevaba a la
plaza, mientras tanto firmaba autógrafos y se sacaba fotos con la gente que lo
reconocía y le demostraba su admiración.
Estando otra vez en Europa recibió un llamado del dueño del
perro informándole la triste noticia de que Cafú había sido atropellado por un
auto y había muerto al instante.
Enrique se tomó unos días antes de volver a entrenar; cuándo
volvió no solo se notaba su tristeza, sino que además se lo notaba cansado,
lento, falto de reacción y de precisión. Los partidos siguientes los jugó muy
mal, en el último, el delantero contrario se hizo un festín en el sector
izquierdo, al técnico no le quedó otra alternativa que sacarlo.
Enrique entendió todo; al día siguiente de ese partido
anunció su retiro del futbol profesional. Con la plata que había ganado durante
su corta carrera, volvió al país y puso una escuelita de futbol para niños, la
llamó “CAFÚ”.
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