LAS OLIMPIADAS EN PARQUE PATRICIOS
Muy pocos lo saben, solo unas pocas personas que hoy rondan
los 50 años, pero en el año 1983 se celebraron en el barrio de Pompeya, al
límite de Parque Patricios los juegos olímpicos mas porteños de la historia.
La historia cuenta que, en ese año, unos meses antes de las
elecciones que devolverían la democracia al país, un grupo de jóvenes
adolescentes que vivían en ese barrio, puntualmente en la calle Almafuerte
entre Achala y Puna, inventaron el evento olímpico, cuya sede fue enfrente de
la avenida Almafuerte, el viejo y conocido Parque Uriburu, cuna de legendarios
picados de barrio durante muchos años. Cada sector de ese parque tenía lo que
nosotros llamábamos diferentes canchas, que no eran más que porciones de parque
de forma irregular cuyos límites eran los caminitos de piedras rojizas, los
bancos de plaza de piedra, y los faroles altos de iluminación del parque
Uriburu; si, así se llama ese parque que estaba y aun lo está, entre los
hospitales Pena y Churruca. Cabe mencionar que el hospital Churruca pertenece a
la Policía Federal, y el hospital Pena, como su nombre lo indica es el que
acude mucha gente de los barrios cercanos y de zona sur de la provincia, muchos
de ellos, gente de bajos recursos, aunque también algunos malandras heridos en algún
hecho delictivo; con la cual el parque, muchas veces separaba a los
participantes de alguna contienda entre las fuerzas de la ley y sus oponentes.
Por eso la última estación de la nueva línea H de subte se llama Hospitales, a todos
nosotros nos hubiera gustado que se llame de otra forma, podría ser Parque
Uriburo, pero muy pocos lo conocen. Además, ahora después de mucho tiempo y con
el conocimiento de la historia de nuestro país, caemos en la realidad de que el
General Uriburo no era del bando de los que nosotros, llamamos héroes
populares. El mencionado general fue el que el 6 de setiembre de 1930 organizó
el primer golpe de estado del país al presidente radical que había sido
legítimamente elegido por el pueblo. Fue uno de los precursores de la llamada
década infame. Ahora, quizás hubiéramos preferido que se llame Parque Diego Maradona
o Mario Kempes….y no el de un tipo al que ni conocíamos y ahora nos venimos a
enterar que era del bando de los malos. Pero en fin, que se llame Uriburu en
ese momento tenía una gran ventaja, porque resulta ser que el pibe más matón
del barrio, el más grandote y al que
todos le teníamos un poco de miedo, tenía algún tipo de problema de dicción, es
decir, le costaba pronunciar algunas palabras, particularmente la palabra
Uriburu, será porque tiene 3 “u”, y cuando mencionaba el nombre del parque le
salía algo como “Parque ubiuru” cosa que a nosotros nos causaba mucha gracia, y
de paso era una forma de burlarnos de aquel aspirante a barra brava de la 12,
aquel que ya cuando estaba en las ultimas se animó a agarrarse a piñas con un
canguro para sacar algo de plata en uno de esos espectáculos bizarros que
alimentan el morbo de mucha gente.
En ese parque pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo
libre, que era todo aquel tiempo en que no dormíamos, no comíamos o íbamos al
colegio. La barra estable éramos 4 pares de hermanos: Todos vivíamos en la
calle Almafuerte, nombre del que, si estaremos siempre orgullosos, como para
compensar la vergüenza del otro nombre. Y casi siempre jugando a la pelota, a
la que no siempre tratábamos del todo bien. Muchas veces terminaba colgada
arriba de alguna de esas palmeras gigantes, con lo cual para bajarla el único
recurso era tirarle piedras sacadas de las ruinas de una vieja escuelas que se
había incendiado y estaba emplazada en medio del parque; esta práctica de tiro
al blanco para descolgar la pelota muchas veces termino con la cara
ensangrentada de alguno de los que estábamos bajo la palmera. La otra forma más
común de perder, pero ya para siempre, la preciada número cinco de gajos
blancos y negros era cuando terminaba debajo de las ruedas de un colectivo de
la línea 32 o 28, ambos pasaban por la avenida Almafuerte. Y fue precisamente
la perdida de una pelota lo que dio origen a las Olimpiadas de Parque Patricios.
Esta vez fue culpa del Cabezón; lo llamábamos así no solo por lo grande de su
cabeza, que parecía aún más debido a los rulos que no se cortaba tan seguido,
ya que a principio de los 80 aún estaban de moda, sino porque era el que mejor
cabeceaba; y también el que más fuerte le pegaba. Del grupo era el que pudo
haber llegado a jugar en primera, y de alguna forma estuvo cerca, llego a jugar
en la tercera de Tristán Suarez, su último partido fue en la bombonera contra
la tercera de Boca en el partido de reserva. La cancha se estaba llenando, pero
aún estaba en silencio, hasta que el cabezón, fanático de boca, una vez
terminado el partido de reserva que el mismo jugo para Tristán Suarez, se acercó
a la cabecera xeneise se sacó la camiseta del equipo para el cual jugaba y se dejó
ver la camiseta de boca, con lo cual se escuchó la primera ovación de la noche.
Pero aquella tarde en el parque, el Cabezón le pego muy
fuerte en el picado que hacíamos en la parte del parque que daba a la avenida,
frente a una estatua. Esa porción de parque era la que llamábamos la cancha
auxiliar; porque la principal era la que jugaban los grandes los domingos a la
mañana, esos partidos domingueros que nos encantaba mirar, aunque los que jugaban
eran tipos pasados en kilos, y en los que se trataba bastante mal a la pelota,
aunque a nosotros que mirábamos desde
afuera, se nos cumplía el sueño del pibe cuando algún veterano, que ya le
costaba respirar o se desgarraba, salía y nos decía esa frase que tanto
esperábamos “pibe entra que no puedo más”. Pero aquella mañana jugando en la
calle auxiliar el cabezón se enojó con el turco; que le pego una patada en los
tobillos. El mismo se cobró el faul, y sin mirar a nadie y con la sangre en el
ojo pateó el tiro libre con tanta bronca que la pelota terminó a 10 metros del
arco y fue a parar a la calle Uspallata, la calle que corta Almafuerte, justo
cuando una ambulancia llegaba al hospital Churruca con una urgencia por algún
policía malherido. Se escuchó reventar la pelota bajo las ruedas de la
ambulancia y nos quedamos todos en silencio escuchando la sirena, con la cabeza
gacha, pensando que es lo que íbamos a hacer el resto del día.
Alejandro se puso a correr alrededor la estatua, caminito
de asfalto que circundaba la estatua que representaba a la madre cuidando a sus
dos pequeños hijos, uno de ellos siempre acéfalo debido a los actos de
vandalismo que siempre terminaban con una de las cabezas robada. Para Alejandro
era su pista de carreras, nosotros lo mirábamos tratando de descifrar que es lo
que lo llevo a tomar esa determinación, hoy le preguntamos y nos dice que no lo
recuerda, lo cierto es que ese día empezó su gran carrera que hoy lo lleva a
ser uno de los maratonistas más importantes del país.
Hernán se levantó, tomo unas piedras y empezó a arrojarlas
contra un de las palmeras, quizás pensando que le habían arrebatado algo, que
esta vez no había sido él, el que colgaba o pinchaba la pelota, alguien le
había sacado el monopolio de ultimador de balones.
Los hermanos Valiente, hijos del ex jugador Coco Valiente
se pusieron a jugar con dos grandes ramas largas que habían caído de otra de
las palmeras.
Alguno que se puso a observar toda esta situación, que en
este momento no voy a nombrar por no tener la certeza de quien era, y para no
verme afectado de algún tipo de reclamo de propiedad intelectual, pensó que el
mundo no giraba todo en torno a una pelota; y nos propuso realizar algunos
otros juegos, para los cuales no necesitábamos el esférico. Es así que nos
reunió alrededor de la estatua de la madre con su niña y niño acéfalo en sus
brazos, y nos propuso organizar en ese mismo momento los juegos olímpicos de
barrio.
Empezamos con lo más común: carrera lisa y llana; la pista
era el caminito circular alrededor de la estatua; serían unos 50 metros. Pero
se podían dar varias vueltas, cosa de no hacerla demasiado fácil la cosa.
Siguiendo con Atletismo, con las ramas de las palmeras, a las cuales les
sacábamos las hojas hacíamos lo más parecido a unas jabalinas, con eso
cubríamos el lanzamiento de jabalina. Luego de haber realizado los primeros
lanzamientos, y una vez superado el percance con el hombre que volvía del
hospital Pena recién enyesado, y recibió un golpe de jabalina por alguno con
poca puntería, nos abocamos al salto en largo. La pista era un caminito de
piedras rojizas, bastante trituradas. En ese camino podíamos marcar la línea
desde donde saltar y quedaba bien marcado el lugar al que había logrado llegar
el atleta saltador. Lanzamiento de disco, martillo o cualquier otra cosa que se
lanza en las olimpiadas, los unificamos en una novedosa disciplina a la que
llamamos, lanzamiento de cascote; los insumos eran la gran cantidad de piedras
grandes que encontrábamos en las ruinas de aquella vieja escuela derribada que
estaba en el medio del parque. Para esto procuramos realizar los lanzamientos
hacia el interior del parque para no volver a lastimar a algún pobre
transeúnte.
En el único lugar del parque cuyo suelo estaba más o menos
plano y de tierra improvisamos la cancha de tenis. La red de la misma era un
pasacalle que bajamos de la Avenida Almafuerte en donde decía la fórmula
presidencial radical “Alfonsin Presidente Víctor Martínez Vice”. De paso, este
sabotaje a la campaña radical no nos venía nada mal sacar esa propuesta de
campaña de la calle, ya que la mayoría de nosotros teníamos raíces peronistas.
Al pasar los días se incorporaron otros deportes, y
empezaron a venir otros chicos que no jugaban en el parque porque no les
gustaba el futbol, pero que si tenían habilidades para otros deportes. Y llego
el día que comenzó la competencia internacional. Resulta que mientras se
disputaba lanzamiento de disco, o mejor dicho de cascote, paso el coreano,
dueño del supermercado del barrio, caminando junto a su hijo. El hombre se
detuvo y se quedó observando nuestras acciones. El coreanito, hijo del coreano
y futuro dueño del supermercado, (cabe destacar que el niño ya a los 7 años
manejaba la caja registradora), nunca venía a jugar al parque. Se la pasaba en
el supermercado intercalando sus horas entre trabajos en las góndolas
acomodando los productos, haciendo la tarea del colegio sentado en un cajón de
manzanas y un improvisado escritorio hecho con cajones de gaseosas y una tabla
en donde apoyaba sus útiles y cuadernos, trabajando un rato en la caja cuando
el padre salía a fumar, barriendo, cuidando a su hermanita menor o haciendo
alarde con su cubo mágico, que lo armaba de forma magistral.
Al otro día se apareció el coreano con sus tres hermanos y
tres primos, secundados por su padre y su tío que venía atrás con bolsos, y
serios como si estuvieran realizando una negociación en relación a la guerra
entre las dos Coreas. Se nos plantaron, sacaron de los bolsos pelotas, paletas,
jabalinas, y otros artículos deportivos de cuales nunca habíamos visto en
nuestras vidas. De todo lo que habló uno de los coreanos adultos solo
entendimos la palabra “Desafío”. Como pudimos y con nuestros rudimentarios
instrumentos aceptamos la contienda.
Durante tres días se sucedieron las batallas deportivas, en
las cuales alternábamos triunfos y derrotas. Pero al cuarto día, mientras los
coreanos estaban más entusiasmados y mejoraban su rendimiento al máximo,
nosotros empezamos a perder el interés. La variedad de juegos era muy
atractiva. Desarrollamos partes del cuerpo, sobre todo de brazos, que nunca
antes le habíamos prestado tanta atención. El momento del ping-pong fue el
punto de quiebre. Trajeron una mesa con su red y la armaron los únicos 20
metros de superficie plana que había en todo el parque. Si bien algunos de
nosotros practicábamos ese juego en los recreos de nuestra escuela primaria, no
alcanzo ni siquiera para poder pasar del quinto punto a favor, mientras los
coreanitos siempre llegaban a los 21.
Pero ya se había acabado nuestro entusiasmo, y se notaba en
la caída abrupta en la mayoría de los deportes. No reíamos, no poníamos ganas.
Solo seguíamos porque creíamos que estábamos representando a nuestra bandera,
creo que fue durante esta etapa donde desarrollamos la idea de patria.
Mientras promediaba la tarde del quinto día de olimpiadas,
nuestro hastio era un hecho, nos faltaba alegría, ganas, nos faltaba nuestra
esencia. Hasta que, en el medio de una competencia de martillo con piedras, el
que iba a lanzar de los nuestros de detuvo con la piedra en la mano. Se quedó
mirando a lo lejos, todos seguimos su mirada y todos cambiamos la expresión de
la cara, cuando vimos venir de lejos al gordito ese, hijo del dueño la fábrica
de helados del barrio. Venia caminando despacio, pesado, disfrazado de arquero
con el buzo verde del pato Fillol, con el 5 en la espalda. Y traía lo más
preciado en sus manos. Las miradas nuestras se concentraron en un solo lugar,
en ese donde brillaba con sus gajos negros sobre el blanco perfecto y la
redondez de un mundo de felicidad. Era la pelota más linda que habíamos vista
en nuestras vidas. Cuando se acercó todos los fuimos a saludar, hasta el más
caradura ensayó una especie de abrazo, ante la mirada incrédula de los coreanos
que empezaban a guardar sus cosas en los bolsos y a retirarse, victoriosos,
pero con la certeza que ya nada tenían que hacer en nuestro parque.
Rápidamente se armaron los arcos con las camperas y algunas
piedras, se hizo el clásico pan y queso, y todos nosotros volvimos a sonreír.
Porque las olimpiadas ya eran parte de la historia. Pero en nuestro pasado,
presente y futuro solo había un deporte; ni siquiera lo llamábamos futbol. Era
pelota, si, jugar a la pelota.
Maravilloso relato !
ResponderEliminarBuenísimo Marian me encantó 💫
ResponderEliminarMe encantó!!😍
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